Memoria de una matanza de hace 50 años
Recordar el asesinato de cinco obreros en Vitoria el 3 de marzo de 1976 debe servir a la sociedad presente, no a la que dejó de existir hace decenios

La de aquel Miércoles de Ceniza era la asamblea número 241 desde que el conflicto laboral comenzara en la primera semana de enero en Forjas Alavesas y acabara sumando a otras empresas del metal con unos 6.000 huelguistas. Como tantas otras localidades de reciente industrialización, la clase obrera vitoriana se estaba conformando entonces y lo hizo de manera abrupta y, finalmente, dramática. Los trabajadores rechazaron la mediación del sindicato vertical y se dotaron de procedimientos básicos de reunión, representación y decisión: la asamblea, las comisiones representativas y el voto a mano alzada. En la tercera huelga general del conflicto, aquel 3 de marzo, no debería haber pasado nada nuevo, pero, a diferencia de las anteriores, la respuesta obrera y ciudadana fue desde primera hora masiva, y la intervención policial muy violenta. A la tarde, cuando varios miles de obreros se reunían en la iglesia de San Francisco de Asís y otros tantos no podían entrar en aquel recinto abarrotado, la Policía Armada recibió del gobernador civil la orden de desalojar. Lo intentó lanzando botes de humo dentro. La salida despavorida de los del interior fue recibida con porrazos. Los que estaban fuera, para facilitarla, comenzaron a lanzar piedras y objetos a una policía que, con poca dotación de efectivos y recursos, se vio atrapada entre dos masas humanas. Acostumbrada a soluciones extremas, una vez agotados los medios antidisturbios, hizo uso de sus armas de fuego. De resultas, cinco obreros fueron asesinados y casi un centenar resultaron heridos. Como dijo por radio uno de aquellos policías, habían contribuido a “la paliza más grande de la historia”.
De Vitoria se recuerda la entidad de la masacre y su conexión en el tiempo con dos decisiones clave para la Transición: la unificación en la Platajunta de las dos coordinadoras de fuerzas antifranquistas y el fracaso definitivo de la reforma Arias-Fraga con la sustitución del primero por Adolfo Suárez al frente del Gobierno (y el inicio de la vía que finalmente resultó exitosa). La revista Triunfo tituló: “El fracaso de un reformismo”. En ese sentido, Vitoria sería uno más de los hitos dramáticos y de los pulsos entre fuerzas contrarias que permitieron acceder a un régimen de libertades.
Sin embargo, la experiencia real vivida, el proceso huelguístico desarrollado y la construcción memorial llevada a cabo confrontan ese relato complaciente. Lo de Vitoria resulta excéntrico a todos los efectos, y contradice el relato hegemónico de la Transición. Sería la inversa de la otra masacre de los abogados de Atocha. No era una localidad principal, sino periférica. No preocupó el conflicto hasta muy tarde. “En Vitoria nunca pasa nada”, dijo en la víspera del 3 de marzo el enviado de Fraga. Se llevó a cabo mediante un enfrentamiento directo de clase contra clase. Era escasa la presencia e influencia de formaciones implicadas en el proceso transicional (el PCE e incluso las Comisiones Obreras bajo su órbita; los socialistas eran de la facción más radical del partido y del sindicato). En contraste, eran muy superiores las de partidos de extrema izquierda (ORT, MC, OICE, LCR-ETA VI…) y, sobre todo, la dirección y estilo que cobró la huelga respondió a los esquemas de la autonomía obrera, ya fuera la línea purista antisindical y espontaneista, ya la vanguardista y consejista. Lo resumió muy bien uno de estos líderes: “Una clase obrera más explotada por el capitalismo y menos domesticada por el reformismo”.
¿Cómo se ha articulado el recuerdo de esos hechos en estos 50 años? Su construcción memorial enfrenta a la misma ciudadanía que los protagonizó. Su impacto orbita sobre aquella generación. Todos los sesenteros y setenteros vitorianos saben dónde estaban y qué hacían aquella tarde, y coinciden sin fisuras en la versión de lo ocurrido: básicamente, la del párrafo inicial de este texto. La historia, entonces, es común; no así la memoria. Como resultado de una batalla por esta, quienes en este tiempo han hecho suya la democracia liberal presente fueron abandonando las celebraciones anuales al no identificarse con su sentido. Enfrente, los conformadores finales de esa memoria la han definido a su criterio, incorporando cada año lemas y motivos ajenos al carácter original de lo sucedido. En un proceso de ocupación del vacío dejado —o de vampirización del recuerdo, según se mire—, este ha quedado para un izquierdismo contumaz —que sí protagonizó aquello hace cinco decenios— y para la cultura política de ETA, la izquierda abertzale, que entonces no estaba ni allí ni en eso.
Una contradicción ciudadana tan sentida resulta difícil de desentrañar y armonizar, pero es necesario y obligado intentarlo. Es una preocupación local, pero también una muestra de las dificultades de la construcción memorial. El marzo del 76 vitoriano debería identificarse como lo que fue: una expresión radicalizada del conflicto social, un ejemplo de organización obrera ajena por completo a los cauces de la concertación y una impugnación por activa o pasiva de cualquier solución reformista. Fue así por diversas razones, pero fue así. Sin embargo, el significado presente y su recuerdo no pueden seguirse manejando como si el derredor siguiera siendo el mismo de 1976, como si estuviéramos en una democracia que no lo es o como si la única lógica de la relación laboral fuera la confrontación extrema. Los valedores de esa memoria lo sienten así, pero la sociedad en la que viven no vive así (ni tampoco ellos). El marzo vitoriano contribuyó al logro de la democracia actual más allá de la intención inmediata de sus protagonistas, como tantos otros hechos similares. El recordatorio actual tiene que servir a una sociedad presente, no a otra que dejó de existir hace decenios y que solo sobrevive en cada celebración anual. Un recuerdo compartido lima inevitablemente los caracteres más reales, sentidos y afilados del pasado en beneficio de su asunción por la mayoría social. Otro rigorista y literal lo aísla, lo congela y lo deja en manos de quienes niegan la realidad que viven, renuevan su intención rupturista cuando el tiempo transcurrido ha dejado obsoleto ese debate, y, de esa manera, pretenden sin ninguna posibilidad devolvernos al momento genuino, a ese en que se produjeron los auténticos hechos sin reparar en el contexto por completo transformado.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































