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editorial

Otro ataque temerario de Trump

El bombardeo de Estados Unidos e Israel contra Irán no garantiza la caída del régimen pero puede desatar su respuesta desesperada

SR. GARCÍA

El ataque militar desencadenado ayer por Estados Unidos e Israel contra Irán —y la respuesta de Teherán tratando de extender el conflicto a otros países de Oriente Próximo como Omán, Emiratos o Kuwait— representa un episodio gravísimo en la peligrosa deriva actual de minusvalorar la negociación, la diplomacia o el derecho internacional como herramientas para la resolución de conflictos. En este sentido, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sin haber agotado antes la vía diplomática, ha vuelto a llevar su concepto de las relaciones internacionales a un extremo que podría ser irreversible.

El que Trump, exhibiendo una actitud temeraria, haya atacado el corazón de una cruel dictadura teocrática —inmisericorde a la hora de reprimir a su propia población, que encarcela y asesina a los opositores, somete a las mujeres y desestabiliza la región armando a grupos terroristas, amén de tener en marcha un programa nuclear cuando menos opaco— no justifica este nuevo desprecio al derecho internacional. Incluso la opción militar, llegado el caso, tiene unos cauces determinados, como la legítima defensa, el amparo del derecho, el mandato de la comunidad de países representada en la ONU y, específicamente en EE UU, un conocimiento cuando no aprobación explícita del legislativo. No ha sido el caso.

El objetivo declarado del ataque no es otro que una arriesgada apuesta política. Ya no se trata de impedir que Teherán pueda llegar a disponer de armas nucleares, de debilitar su estructura militar o de mermar la obtención de recursos económicos que apuntalen a la dictadura. Lo que está en juego es la destrucción del mismo régimen de los ayatolás, contando para ello no solo con la superioridad militar de israelíes y estadounidenses, sino con un hipotético levantamiento masivo del pueblo iraní —92 millones de habitantes—, que lleva meses manifestándose y siendo violentamente reprimido por las autoridades islámicas. Tal es el llamamiento hecho explícito a las pocas horas del ataque por el propio Trump, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y Reza Pahlavi, hijo del despuesto sha de Irán, quien además convocó a las fuerzas armadas iraníes a dar la espalda al líder supremo, Ali Jamenei. Una opción de levantamiento popular que —ante una dictadura asentada en el poder desde hace 37 años, centrada en su propia supervivencia y que ha dado sobradas muestras de hasta dónde es capaz de llegar en su crueldad—, puede terminar en un baño de sangre.

No es prudente minimizar la reacción de un régimen fanatizado que se ve acorralado y, en este sentido, el bombardeo de palacio del líder supremo iraní así como la muerte del ministro de Defensa y del jefe de la poderosa Guardia Revolucionaria son señales inequívocas de la voluntad de estadounidenses e israelíes de acabar con el gobierno de los ayatolás. Por lo pronto, y siguiendo el manual de control de masas de toda tiranía, el régimen islámico ha dejado incomunicados a sus ciudadanos mientras la propaganda oficial les insta a mantener la calma. Una propaganda rechazada por quienes están haciendo acopio de agua y alimentos. Además, la región entera puede verse empujada a un conflicto bélico que iría desde el Mediterráneo hasta el estrecho de Ormuz —sin contar que Afganistán y Pakistán llevan también oficialmente en guerra desde el viernes—con consecuencias imprevisibles.

Es urgente volver, antes de que sea demasiado tarde, a los cauces que permitan una salida diplomática a una situación que tiene el potencial de llegar a una guerra total. Washington estaba negociando con Teherán hasta pocas horas antes del ataque, y esas conversaciones deben ser no solo retomadas sino acompañadas por la comunidad internacional. Resulta imperativo que el mapa mundial no siga jalonándose de pasos incontrolables hacia una guerra abierta. Ni que el recurso a las armas se normalice como un elemento negociador más.

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