Un Irán con las heridas de la represión abiertas afronta la guerra fracturado
El ataque de Estados Unidos e Israel amenaza a un régimen acorralado, pero también a una población traumatizada y empobrecida

El líder supremo iraní, Ali Jamenei, es un hombre leído. Conoce la obra de Dante Alighieri, de John Steinbeck y de León Tolstói, entre muchos otros. El clérigo chií adora, sobre todo, a Victor Hugo. De Los Miserables ha dicho que es la mejor novela nunca escrita: un “milagro”; “un libro de historia, de crítica, de amor y sentimiento”. Su protagonista, Jean Valjean, vuelve al buen camino gracias al perdón y la compasión de un religioso: el obispo Myriel. Los Miserables es un relato de piedad y de redención.
En el Irán de Jamenei —que Estados Unidos e Israel han atacado este sábado después de la última ronda negociadora del jueves para un acuerdo nuclear en Ginebra— no hubo piedad para los miles de manifestantes cuya vida se llevó por delante la represión en enero. Muchos iraníes creen que tampoco habrá redención para ese régimen ahora en estado de guerra que, para sobrevivir, ya manchó sus manos con tanta sangre de su propia población. Jamenei aludió la semana pasada a Kerbala, la ciudad iraquí donde murió el imán Hussein, el martirio que consolidó el cisma del islam entre chiíes y suníes. Para los primeros, Kerbala encarna la idea de resistir a toda costa.
Los más de 7.000 muertos a los que la ONG HRANA puso nombres y apellidos en un informe divulgado el pasado lunes; los casi 30.000 heridos —cientos de ellos han quedado ciegos por perdigones de metal—, los más de 53.000 detenidos y los 26 jóvenes ya condenados al patíbulo, han causado un profundo trauma en la población del país. A esa herida amenaza con sumarse ahora la violencia de unas bombas que caerán también sobre los iraníes de a pie. Así sucedió en junio, cuando un millar de civiles pereció en los 12 días de bombardeos supuestamente “quirúrgicos” israelíes en Irán, según la agencia oficial IRNA, a los que se sumó luego Estados Unidos.

Por un lado, los iraníes viven bajo un régimen que, según las ONG y Naciones Unidas, ha matado a miles de personas en las protestas y que “pretende continuar matando, ahora en las prisiones”, al condenar a la horca a manifestantes, destaca el director de Iran Human Rights, Mahmood Amiry-Moghaddam, que monitorea la aplicación de la pena capital en Irán. Por otro lado, sobre la población iraní se abate ahora una arremetida militar probablemente más violenta y puede que más prolongada que la de junio.
Aun así, algunos iraníes han empezado otra vez a protestar, lo que evidencia su desesperación. La semana pasada, cuando se cumplían los 40 días del período de duelo por las víctimas de la represión, decenas, quizás cientos de personas en todo el país volvieron a corear “Muerte al dictador” (Jamenei) en ceremonias fúnebres. El sábado, el primer día que volvían a sus clases presenciales, estudiantes de varias universidades de Teherán, Isfahán (centro), Shiraz (sur) y Mashhad (noreste), se manifestaron en los campus pidiendo la liberación de los estudiantes detenidos. Todas estas ciudades fueron centros neurálgicos de las manifestaciones de enero.
Esas nuevas protestas recuerdan que Irán afronta la agresión bélica cuando la fractura entre su régimen y gran parte de su población sigue abierta. En los días anteriores al ataque, los iraníes intentaban “seguir con su vida normal, pero estaban asustadísimos por el futuro”, apuntaba un analista residente en Teherán que habló con este diario bajo condición de anonimato. Este hombre, como otros habitantes del país —los que se lo pueden permitir—, ha hecho acopio en las últimas semanas de agua y de comida enlatada.

A principios de febrero, las autoridades de Tehéran designaron 82 estaciones de metro como refugios antiaéreos. También identificaron 300 aparcamientos subterráneos. No son muchos, 16 millones de almas habitan la capital iraní y su conurbano.
Esos bombardeos por los que ha abogado una parte de la diáspora del país ni siquiera ofrecen probablemente un futuro mejor para Irán, según varios expertos consultados por este diario. Incluso si el ataque derroca a la República Islámica, el precio podría ser, además del de muchas vidas, el de la destrucción del Estado, destaca desde Londres el economista Esfandyar Batmanghelidj, fundador y director ejecutivo de la Fundación Bourse & Bazaar. “La pregunta es”, asegura cómo proteger del ataque, “a las instituciones, la infraestructura y la funcionalidad del Estado iraní”, de la que dependen el bienestar e incluso la supervivencia de sus 92 millones de habitantes.
Irán puede quedar arrasado, pero eso no implica necesariamente que su régimen —diseñado para sobrevivir con sus dos ejércitos, una milicia con alrededor de un millón de miembros y un mando militar descentralizado—, no logre subsistir. Eso puede suceder en “su forma actual o en una diferente”, corrobora por teléfono desde Washington el exasesor del Departamento de Estado de Estados Unidos, Vali Nasr, profesor de la Universidad Johns Hopkins.
Sin una “alternativa fácil a la República Islámica” ni “ningún partido político ni organización en Irán que pueda tomar el poder, muchos iraníes a los que no les gusta la República Islámica” observan con incertidumbre un futuro en el que no está claro cómo “se formaría un gobierno, o se proporcionarían servicios, alimentos y seguridad” a la población de llegar a hacerse realidad ese cambio político o, en el peor de los casos, un escenario de caos, partición o guerra civil del que han alertado algunos estudiosos.
“No habrá una transición suave”, concluye el exasesor del Departamento de Estado, a esa democracia que más de un 89% de iraníes dijeron preferir como sistema político en una encuesta en 2025 efectuada por Gamaan, un centro de estudios de opinión en Países Bajos.
Con la oposición interna iraní asesinada o en la cárcel, la “idea de que los líderes exiliados del exterior puedan bajarse de un avión y gobernar el país es demasiado simplista”, recalca este especialista en probable alusión al hijo del derrocado sha, Reza Pahlevi.
Nasr no descarta un aumento de la represión si los ataques israelíes y estadounidenses no provocan un colapso de la República Islámica, un temor expresado por presos políticos iraníes como la Nobel de la Paz Narges Mohammadí. Ella y otros opositores han alertado de que la salvación no vendrá de Trump.
Así sucedió tras los bombardeos del verano, cuando Irán detuvo a cientos de personas y endureció su ley de espionaje. Publicar contenido crítico en redes sociales puede acarrear ahora cinco años de cárcel; hablar con un medio de comunicación extranjero “hostil”, diez años; e introducir un satélite Starlink, incluso la pena de muerte, según medios iraníes en el exilio.

Parisa, el nombre falso de una exiliada en un país europeo, explicaba este jueves que a dos de sus amigos en Irán los han convocado los servicios de inteligencia por difundir información de las últimas protestas en las universidades en una red social. Asegura que ya hay muchos detenidos, aunque el Gobierno del país lo niega. Mientras el bloqueo de Internet impuesto por las autoridades en enero prosigue con excepciones, las ONG advierten de que lo que se sabe sobre la represión es la punta del iceberg.
Promesas rotas
Los iraníes sancionaron con más del 97% de apoyo la República Islámica en un referéndum en 1979. Desde entonces, el divorcio entre parte de la población y su sistema político se remite a muchas promesas rotas. Sobre todo una: la de que los mostazafan, los oprimidos, heredarían la República Islámica. Su fundador, Ruhollah Jomeini, les prometió alojamiento, agua, electricidad y autobuses gratis. La nueva Constitución iraní puso por escrito que erradicaría la pobreza.

47 años después, los iraníes compran el aceite a plazos y pagan los huevos y el pollo a precio de oro. Según datos del Centro de Estadística de Irán,el precio de la cesta básica de alimentos se ha más que duplicado (110%) en un año. “El pan y el aceite de cocina —los productos básicos más comunes para las familias de clase trabajadora— han aumentado de precio un 142 % y un 207%, respectivamente", asegura el medio Iranwire.
Como los miserables que describió Victor Hugo, muchos iraníes caminan desheredados sobre la tierra que atesora las cuartas reservas mundiales de petróleo y las segundas de gas natural. Pese a ello, padecen continuos cortes de electricidad y de agua, en parte por la pésima gestión medioambiental de un país en el que se encuentran 32 de los 50 acuíferos más sobreexplotados del planeta, según el Real Instituto Elcano (RIE). En diciembre, cuando estallaron las protestas, la inflación interanual alcanzó el 52%; el 72% para los alimentos, en datos de la unidad de inteligencia de The Economist. En los seis meses posteriores a los bombardeos de junio, el rial se devaluó un 90% frente al dólar.
“Las causas de las masivas protestas en Irán”, se lee en el análisis del RIE, trascienden, sin embargo, “la triple crisis económica, energética y medioambiental que padece el país desde hace años”. La ira de muchos iraníes se remite, en último término, a la falta de libertad y a la injusticia.
Casi 10 millones de ciudadanos, muchos de clase media, se hundieron en la miseria entre 2011 y 2020, según el Banco Mundial. En solo un año, entre 2020 y 2021, la cifra de pobres de solemnidad en Irán se duplicó y, para 2023, el 40% de los hogares de Irán vivía ya en la privación, según un centro de investigación del Parlamento iraní. Esa marea de menesterosos convivía, ya en 2020, con 250.000 millonarios, según calculó la consultora internacional Capgemini. Incluido el hijo de Jamenei, Mojtaba, que ha construido un imperio inmobiliario en el extranjero, denunció Bloomberg.
La realidad en Irán, el “enfado” de los iraníes, sostiene Esfandyar Batmanghelidj, es “muy similar” a la del período que precedió a la caída de la monarquía de los Pahlevi en 1978 y 1979. También ahora hay “un sistema político que ha concentrado el poder económico y político en manos de una élite cada vez más pequeña”, en detrimento del “contrato social”; de “la forma en la que se distribuyen los privilegios y los recursos”. Al mismo tiempo, “la República Islámica se ha vuelto más autoritaria, más represiva y ha perdido su legitimidad como proyecto político”.
Las autoridades iraníes suelen culpar del empobrecimiento de su población a las sanciones internacionales por el programa de enriquecimiento de uranio, ese que Estados Unidos pretendía que Irán abandonara para evitar la guerra. No aluden a la otra causa mayor a la que se refieren los expertos: la corrupción.

Con los años, el régimen iraní ha aplicado, confirma el economista, políticas “neoliberales” de reducción de gasto público y ha instaurado “un capitalismo de amigos”. Por ejemplo, la Guardia Revolucionaria, el ejército paralelo cuyo fin es proteger al régimen y que controla entre el 20% y el 30% de la economía iraní. También los circuitos paralelos para evadir las sanciones y exportar petróleo. El director de la Fundación Bourse & Bazaar considera que el peso de esas sanciones no ha recaído por casualidad en esa población empobrecida. Lo define como “una estrategia deliberada” de las élites.
En 2022, el fallecido presidente Ebrahim Raisí aprovechó el control del Parlamento de la facción conservadora del régimen para eliminar los subsidios para alimentos básicos como el aceite y los medicamentos.
También Estados Unidos ha “utilizado el dolor de los iraníes” para “forzar un cambio político”, critica el economista. No solo porque saben que las sanciones afectan más a esas personas corrientes de las que esperan que, con su ira, derroquen a la República Islámica, algo a lo que Trump les ha instado de nuevo al anunciar los ataques de este sábado. También porque instar a los iraníes a manifestarse, como han hecho Trump o Pahlevi, destaca Batmanghelidj, “es muy peligroso en un contexto autoritario como el de Irán”.
Ali Vaez, investigador del International Crisis Group, alertó este jueves en The Times de que “la convergencia de una amenaza externa y de inestabilidad interna” vuelve al régimen iraní “más agresivo e intolerante a ningún tipo de disensión interna”.
La encuesta de Gamaan concluía que los iraníes que se oponían a la República Islámica eran el 71%. Esa cifra corresponde con el cálculo de varios estudios de que solo un tercio de la población de Irán respalda su sistema político. El centro demoscópico advertía, sin embargo, de que ese rechazo se había elevado al 81% durante la represión de las protestas de 2022, desatadas por la muerte a manos de la policía de Yina Mahsa Amini.
Esa fractura parece ahora más honda. Una de los al menos 7.000 muertos confirmados por HRANA tenía tres años. Se llamaba Melina Asadi y murió cuando un disparo de las fuerzas de seguridad la alcanzó en el corazón mientras su padre la tenía en brazos en Kermanshah, en el Kurdistán iraní. Otra es Aida Heidari, una estudiante de medicina de 23 años abatida el ocho de enero en la plaza Sadeghieh de Teherán. En un vídeo viral, la madre de esta joven sale de noche al balcón de su casa para llorar. Sus gritos mientras alza los brazos al cielo son tan desgarradores que hasta la mujer que graba las imágenes termina sollozando.
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