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tribuna

Lo que no puede ser y además es imposible en el proyecto político de Gabriel Rufián

La izquierda alternativa de hoy se parece más a la republicana del XIX, con sus pequeños partidos de notables, que a la obrera del siglo XX

El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, abandona el hemiciclo del Congreso, el pasado día 12. Kiko Huesca (EFE)

Los partidos políticos tienen aparatos y tienen bases, pero tienen, además, un tercer estrato intermedio que no suele mencionarse. Tienen clientelas. La clientela es un sujeto colectivo a caballo entre el aparato y la base. A diferencia del militante o simpatizante, el cliente obtiene beneficios personales, privados, de su vinculación al partido. A diferencia del aparato, no detenta las riendas, no tiene el poder, no reparte las cartas, sino que solo las pide. Esto vale, por supuesto, para los partidos dinásticos. Ellos tienen aparatos fastuosos, bases millonarias y clientelas elefantiásicas. Pero las formaciones pequeñas también tienen todo eso a su escala, a la que sea. Un partido que puede obtener un concejal es un partido que puede obtener dinero y cartas que repartir y una vida que resolverle o facilitarle a un puñado de individuos (el edil, asesores, colaboradores del grupo municipal…) durante una legislatura. Se han visto tanganas inenarrables en organizaciones que iban a sacar un diputado y un concejal de urbe grande y solo consiguieron el diputado.

Todo esto no es ni bueno ni malo: es inevitable. Son así las cosas, con estos bueyes se ara. Las más monumentales revoluciones contra esta forma de funcionar acabaron reproduciendo el mismo esquema, que se da en regímenes tanto liberales como antiliberales. Las familias o selectorados del franquismo tenían aparato, bases y clientelas; los organismos gremiales de los regímenes comunistas, también. En cualquier sistema hay facciones y gente que pregunta qué hay de lo suyo. Si es inevitable, no hay que hacerse mala sangre, ni caer en el nihilismo: simplemente tenerlo en cuenta.

A veces este triple engranaje rueda bien y el aparato reparte y los clientes se ubican y las bases empujan, pero otras el mecanismo entra en barrena; empiezan a saltar chispas incendiarias. El mundo convulsiona, las bases se divorcian del aparato, migran a otros lugares, los votos menguan, la baraja enflaquece, empieza a haber más clientes que cartas y ninguno de ellos se encoge de hombros y se presenta tranquilamente en la cola del SEPE. Hace mucho frío ahí fuera, reciclarse cuesta mucho. Y entonces se desatan los puntapiés por hacerse con un trozo del menguado pastel. Cuando las bases decrecen, la clientela no se reduce automáticamente en la misma proporción; es un organismo más rígido. La agilidad con la que el votante, el simpatizante o —menos, pero también— el militante pueden cambiar de carné o escoger otra papeleta no puede tenerla el cliente, que no puede llegar al partido nuevo pidiendo que le conserven el rango y que, si allá era coronel, coronel siga siendo. Hay que ponerse a la cola. Los aparatos, por su parte, siempre procuran hacer los experimentos con gaseosa.

Las peleas se dan cuando se mengua y también cuando se podría crecer por medio de una coalición, porque dos más dos no son cuatro en el álgebra política. Las bases pueden desearlo y rogarlo y que no salga adelante, porque las clientelas y el aparato que las pastorea se resistan con ímpetu no menor. Aunque los votos y los escaños aumenten —que no necesariamente—, la nómina de puestos asociados se simplifica. Brillan las navajas entonces al cielo carmesí del atardecer, sin que importe mucho que la ideología de los navajeros sea la abolición de la cheira y el triunfo amable de los cuidados. La llamada de la naturaleza es irresistible. Y en esas estamos hoy en la izquierda antidinástica.

El proyecto Rufián-Delgado cuenta con la simpatía de la gran mayoría de las bases de izquierda, pero no saldrá adelante. No por lo complicado de engarzar a partidos españoles y antiespañoles —que no suelen coaligarse pero lo han hecho otras veces, en los grandes instantes de peligro—, sino, ante todo, por este otro motivo. No saldrá, ya no está saliendo: ha tardado en embarrancar lo que ha tardado Junqueras en desautorizar a Rufián, lo que ha tardado Delgado en emitir una declaración desafortunada que sus rivales en Más Madrid pudieran aprovechar para despellejarlo. Desafortunada y mucho, pero no como para que se haya llegado a identificarlo con los ahorcamientos de homosexuales en Irán. Hay un sillón en el que sentarse, y en esa guerra no se hacen prisioneros. Se dispara con lo que cuadre.

Saldrá lo que salir puede, en esta época en que la izquierda alternativa se parece menos a la obrera del siglo XX que a la republicana del XIX, con sus pequeños partidos de notables: una coalición —eso saldrá— de los de siempre (IU, Más Madrid, Comuns, el etéreo Movimiento Sumar, tal vez la Chunta; tal vez, como mucho, Compromís) que ya se arme a duras penas, en la que el filo de las navajas centellee hasta el último minuto del plazo legal, y donde no se conceda un puesto de salida a los mejores, sino a los que equilibren clientelas. Eso se hará y lo votaremos sin mala sangre, porque se ara, sí, con estos bueyes. Pero da una poca de pena.

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