El debate | ¿Resulta viable una candidatura de izquierdas común en toda España?
Los partidos a la izquierda del PSOE buscan cómo evitar una fragmentación del voto que acabe beneficiando a la derecha y la ultraderecha

Ante unas elecciones generales todavía sin fecha y cuando está creciendo Vox, tanto las formaciones a la izquierda del Partido Socialista como el nacionalismo progresista se plantean la forma de hacer frente a una dispersión de su voto del que saquen ventaja las derechas.
Los profesores universitarios María Eugenia Rodríguez Palop, quien participó en la fundación de Sumar, y José Manuel Rúa, que estuvo en la creación de Catalunya en Comú (hoy Comuns) comentan las posibilidades con que parten estasd iniciativas.
Una izquierda con lecciones aprendidas
María Eugenia Rodríguez Palop
A veces, basta con un disparo de salida, pero no es fácil encontrar la fórmula. En política hay que activar emociones e identificaciones que no se pueden programar y, muy a menudo, ni siquiera explicar. Requieren más arte e imaginación que filosofía, y llegan a ser muy singulares.
Gabriel Rufián ha captado una sensación de emergencia que está generalizada y ha dado la voz de alarma en un momento oportuno. Por supuesto, ni ha sido el único ni el primero en hacerlo, pero lo ha hecho con audacia, arrojo y personalidad. Nos guste más o menos, hay claves en su liderazgo que se acomodan bien a estos tiempos. Actuar en solitario, al margen o a contrapelo de los partidos políticos, no es creíble, viable, ni sostenible, pero, justo por eso, llama la atención y genera una cierta admiración. Hoy tienen predicamento los llaneros solitarios en actitud justiciera, las pretensiones heroicas, la agresividad más o menos contenida, la gramática masculina, el narcisismo desvergonzado y la musculatura en las redes. Rufián, además, reivindica la lucha social, el arraigo, los orígenes y la identidad territorial: una combinación ganadora. Con todo, es sabido que no liderará nada. Su propuesta política está destinada a saltar por los aires como una supernova, aunque la performance haya tenido ya su efecto. Por conveniencia o convicción, está claro que urge afinar el mestizaje de partidos y organizaciones de izquierdas, cohesionar ese espacio, redefinir la estrategia, cambiar marcas y renovar liderazgos.
El sistema electoral español es, en la práctica, mayoritario, y la división se paga muy cara. El Senado y las provincias que reparten menos de cuatro escaños suelen ser una fiesta para las derechas. Por eso, hay quien propone una “candidatura instrumental” en las circunscripciones pequeñas donde no se llega a tener representación ahora; una papeleta con un nombre formalmente independiente al que todos puedan apoyar. Estas propuestas indican que la arquitectura electoral exige imaginación y que, visto lo visto, hay que recurrir a nuevas ingenierías.
Sumar debe asegurarse un suelo firme. Reglas claras y vinculantes. Compatibilizar la diversidad con la lealtad. Evitar la fuga oportunista de quienes cambian de paraguas según cálculos matemáticos. Distinguir la conversación del ruido mediático y el minuto en redes. Renovar votos y juramentos. No me parece menor. Comprometerse seriamente con un proyecto y una estrategia, justo cuando cotiza a la baja, tiene su relevancia. De hecho, aunque resulte aún insuficiente, es una exigencia contrafáctica imprescindible si se quiere competir.
La política es el resultado de discursos, decisiones y hechos, así que todo el mundo espera que de este nuevo compromiso se deriven consecuencias contantes y sonantes. Dentro o fuera, tendrá que cambiar la relación con los partidos onanistas que anteponen la marca propia, ya sea en la idea de repartir territorios y levantar fronteras, ya en la de hacer valer supuestos galones, éxitos (mal digeridos) o muescas en la navaja. Habrán de vetarse vetos y vetadores. Tanto las heridas fundacionales como las del camino deberán autogestionarse, sin convertir el rencor y el espíritu revanchista en una táctica de guerra interna. No puede tener cabida el “cuanto peor, mejor”. La coincidencia no ha de ser solo programática, sino táctica y estratégica. Se trata de gobernar, no de atrincherarse en el rincón de restar y dividir. Articular liderazgos naturales, compatibles con la organicidad, susceptibles de recibir apoyo popular y buena acogida en la opinión pública; fáciles de entender en toda España, con una vertebración territorial, e identificados con luchas tan versátiles como concretas. Personas amables y serenas, resilientes, capaces de emplear el puño de hierro y el guante de seda.
Seguramente, Sumar trata ahora de definir de dónde quiere salir, más que adónde pretende llegar. Y, con o sin travesía en el desierto, ese es un esfuerzo de autocrítica y regeneración que acabará dando sus frutos. Confiar en los aprendizajes y en el futuro es la única manera de frenar distopías delirantes y profecías autocumplidas. Nada está escrito. La historia no es lineal, pero tampoco avanza girando en vano.
El que pueda hacer que haga... pero bien
José Manuel Rúa
Con esta frase de noviembre de 2023, “el que pueda hacer que haga”, el expresidente del Gobierno José María Aznar tocaba a rebato para movilizar a toda la derecha política, mediática, económica y judicial en su objetivo de acabar con el actual Gobierno de coalición de izquierdas. Todo el mundo lo entendió y, desde entonces, se han hecho muchas cosas. Hace pocos días, el coordinador general de IU, Antonio Maíllo, recuperaba la frase con un nuevo sentido: “Que haga en favor de un proyecto de unidad de la izquierda”.
Y es aquí donde nos encontramos que uno de los políticos de izquierdas mejor valorados, Gabriel Rufián, está haciendo, y mucho, para articular una propuesta unitaria en la izquierda y evitar que en el próximo Gobierno español haya ministros de Vox. Nadie va a discutir la gravedad de la amenaza que supone para la democracia española que la extrema derecha pueda volver al Gobierno más de 50 años después de la muerte de Franco. En este contexto histórico, las democracias occidentales se hallan tan amenazadas como en los años treinta, de una forma distinta a la amenaza del nazifascismo, pero igual de real para el sistema de libertades que todos conocemos. Tampoco nadie va a poner aquí en duda la sinceridad de las motivaciones que animan a Rufián a implicarse en este proyecto. Pero una cosa es “hacer” y otra, muy distinta, es “hacer bien”.
Cabe decir en primer lugar que resulta complicado analizar críticamente una propuesta tan ambigua que se mueve entre la coalición electoral y el debate con espíritu movilizador. También resulta difícil echar un jarro de agua fría a un debate que ha despertado cierta ilusión en un espacio político tan necesitado de propuestas ilusionantes. Pero las ideas no viven sin organización, como decía Antonio Gramsci, y a la hora de organizar esta idea, las contradicciones resultan evidentes.
En el momento actual, todo el mundo tiene claro que no hay tiempo para levantar un proyecto a largo plazo. Aunque el tiempo tampoco es garantía de nada: el “proceso de escucha” de Sumar se hizo eterno y, al final, tampoco sirvió ni para escuchar a todas las voces ni para levantar nada sólido. En cualquier caso, lo que toca en estos momentos es presentar en las 52 circunscripciones candidaturas lo más competitivas posible. El objetivo es no perder ni un solo voto democrático y progresista. Y es aquí donde el encaje con la propuesta de Rufián resulta complicado.
Por un lado, los partidos nacionalistas de izquierdas (ERC, Bildu y BNG) ya se han desvinculado de cualquier proyecto de ámbito estatal. Y, por otro, resulta evidente que ningún proyecto que se dirija a toda España puede tener como referente principal a un político independentista catalán. Rufián tiene derecho a sumarse a un proyecto para evitar que la extrema derecha gobierne este país, y no por ello tiene que dejar de ser independentista. Pero el electorado también tiene derecho a que no le tomen el pelo.
Lo más razonable (aunque tampoco será nada fácil) sería reunir nuevamente a todas las siglas que alguna vez integraron el espacio electoral de Podemos-Sumar, incluyendo a Comuns, Compromís y la Chunta. Se trataría de una coalición instrumental encabezada en cada territorio por la izquierda realmente existente, sin olvidar que IU sigue existiendo. Si la iniciativa de Gabriel Rufián sirve para lanzar un manifiesto o programa de mínimos que guíe la actuación de las izquierdas en este sentido, bienvenida sea. Pero tan importante como esto es asumir en este contexto histórico un debate extraordinario pero necesario: la posibilidad de no presentar candidaturas en las circunscripciones de menos de cinco diputados y pactar con el PSOE la inclusión en sus listas de algunos candidatos consensuados con las fuerzas políticas a su izquierda. Todo esto para volver a una idea fundamental: la unidad debe estar al servicio de la eficiencia. No se puede perder un solo voto progresista en ninguna de las 52 circunscripciones. Dicho de otra manera, la mentalidad puede ser frentepopulista, pero la aplicación debe ser quirúrgica. Y en este sentido, lo que pueda hacer de bien Gabriel Rufián, que lo haga.
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