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columna

PP y PSOE enamorados (o el milagro de San Valentín)

Algunos imaginamos un país en que socialistas y populares puedan aliarse contra el odio. Hasta Bad Bunny proclama la superioridad del amor

Una pareja de novios posa durante una boda comunitaria, el jueves en Lima. Paolo Aguilar (EFE)

Hay amores imposibles, los hay posibles y hay relaciones que aprenden a funcionar a partir de un territorio común, aunque no suenen los violines de fondo ni se ponga vela alguna para cenar. Ya que es el día de San Valentín, hablemos de amor y soñemos por un momento con una particular historia, si no de pasión, sí por lo menos de unión para frenar el odio, el enfrentamiento, la incapacidad de convivir. Los novios no nos lo van a poner fácil, está claro, pero quedará dicho.

Algunos imaginamos un país en el que el PSOE pueda abstenerse en Extremadura para que el PP gobierne sin Vox. En ese país, claro, el PP cierra la puerta a la ultraderecha, la xenofobia, la homofobia y tantas fobias que se han vuelto lo más pop. Como prueba, promete no volver a prohibir a Buzz Lightyear.

En ese país, por supuesto, un ministro del PSOE (López) no culpa a un presidente fallecido (Lambán) del desastre electoral de su compañera candidata (Alegría). Ni el PP arropa a un alcalde acusado de acoso sexual, sino a la víctima. Ni concede medallas al país de Trump. Sé que esto se está pareciendo a una carta a los Reyes Magos a destiempo, a una versión nueva de ese Mr. Scrooge que, al ver las desgracias que se le avecinan, decide cambiar, pero no soy una ilusa, o no del todo: en el Parlamento andaluz hemos contemplado esta semana la mano tendida entre un PP y un PSOE respetuosos. Lo llamaremos el milagro de San Valentín.

Si alguien pudiera enseñarnos el futuro, como ese espíritu se lo enseñó a Mr. Scrooge, PSOE y PP se apuntarían hoy mismo a este sueño. Realmente, ni siquiera necesitamos que nos lo muestren porque el futuro ya es presente en EE UU y lo vemos con precisión. Allí asesinan a manifestantes, encarcelan a niños, atrapan a trabajadores hispanos por las calles, censuran libros, insultan y esquilman redacciones y hasta Gallup deja de medir la tasa de aprobación presidencial, lo que hacía desde hace 88 años, en plena caída de la popularidad de Trump. Vemos la antesala del fascismo.

Por desgracia, los poderes de san Valentín no llegarán muy lejos: sabe el santo que se enfrenta a un tiempo en el que avanzan más los que más odian, pero también sabe que crece el hartazgo, el hastío ante un mundo siempre enfadado. Nos lo ha dicho Bad Bunny estos días: “La única cosa más fuerte que el odio es el amor”. Pues eso: viva el milagro de San Valentín. Entiéndanme. Y entiéndanse.

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