Aragón es Fraggle Rock
El único hecho diferencial que los cronistas han descubierto en esta campaña electoral es que la política aquí es aburrida

Nunca me hizo gracia eso de que Aragón fuera nuestro Ohio. Tampoco aquello de que Zaragoza era el laboratorio donde se ensayaban las campañas de marketing, la ciudad media del gusto medio y del presupuesto medio. Son cosas que me hacen sentir que vivo en una vitrina, como los curris de Fraggle Rock. Esa sería mejor metáfora que la de Ohio: los aragoneses como muñequitos que reproducen a escala las grandes tragedias de la política española.
Así nos sentimos algunos en esta campaña electoral, escudriñados por analistas a quienes les importan un comino Aragón y los aragoneses, pero observan muy atentos porque los resultados del domingo son augurio de las generales. Miden el leñazo que se va a pegar la izquierda y los puntos de la inflamación de Vox como el sastre que toma medidas para un traje.
Qué le vamos a hacer si no somos catalanes ni tenemos Cupo vasco que nos ladre ni un nacionalismo que se vista el traje regional por los pies. Aquí estamos, a mitad de camino entre Madrid y Barcelona, y si se nos presta un poco de atención por estas elecciones también se debe a que el AVE pasa ahora muy despacio, y los viajeros pueden distinguir las caras y los pueblos al mirar por la ventanilla. Pertenecemos a esa parte de España sin derecho a la pluralidad ni capacidad para generar interés por sí misma. No voy a hablar en nombre de mis paisanos, pero creo que ni ellos ni yo lo lamentamos. Tan solo lo constatamos.
El único hecho diferencial que los cronistas han descubierto en esta campaña es que la política aquí es aburrida. Tuvo que venir una concejala de un pueblito de Valencia a insultar a Pedro Sánchez en un mitin para que el ambiente se pusiera a tono con la crispación nacional, porque si es por los candidatos de la tierra, aquí no discute nadie, ni siquiera en esta campaña que está siendo, con diferencia, la más bronca que se ha conocido. En su registro más hostil, Alegría y Azcón no se pierden mucho el respeto, aunque fingen soliviantarse un poquillo, y ni el aspirante de Vox, que siempre parece a punto de armarla gorda, incomoda en exceso. De eso se ha presumido desde 1978 en Aragón, de facilidad para el pacto, de coaliciones amplias, de oposiciones constructivas. Pero esto se subraya como rareza, no como una tendencia de futuro para España. Son cosas de los curris, dóciles desde la mirada de los fraguel: muñequitos esforzados, simpáticos, que no dan problemas ni hacen ruido. Buena gente. Poco interesantes, pero buenos tipos. Y así nos va.
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