Tres líneas de ruptura bajo la nieve de Davos
Se han quebrado la confianza transatlántica, el orden mundial basado en reglas y la hegemonía estadounidense; puede ser la ocasión de construir una soberanía europea


Cuando se escriba la historia del segundo cuarto del siglo XXI, la edición del Foro Económico de Davos de 2026 se recordará como la de la ruptura. La ruptura de la confianza de la relación transatlántica, el quiebro de un orden multilateral global basado en reglas, el fin de la ilusión de la hegemonía estadounidense.
Para Europa, el episodio de Groenlandia ha traspasado una línea roja. Hemos vivido conflictos comerciales y políticos en el pasado, guerras Airbus-Boeing, la división tras la invasión de Iraq o, antes aún, el conflicto del canal de Suez; pero nunca hemos asistido a la amenaza de EE UU de violar la integridad territorial de uno de sus aliados en la OTAN. Nunca. Y esto mientras Rusia invade Ucrania, infringe la soberanía y cuestiona la existencia misma de otro país europeo. Rusia al este, EE UU al oeste. Y menos aún cuando todos los aliados de la OTAN comparten la importancia del Ártico para la seguridad de la alianza y han mostrado su disponibilidad para aumentar inversiones y protección de la región. Ante la gravedad de la situación, Europa se ha visto obligada a renunciar a la estrategia de apaciguamiento que tan pocos resultados le ha dado hasta ahora, y a mostrar firmeza, incluyendo la amenaza de usar el instrumento anticoerción inicialmente pensado para defendernos de China. Y es que, o Europa muestra firmeza, o se convierte en vasallo de EE UU. No son posibles las medias tintas.
Los mercados financieros también han ayudado a Europa. Los fondos de pensiones europeos son grandes tenedores de deuda pública estadounidense. Ha bastado el anuncio de un par de pequeños fondos de pensiones europeos que dejarán de comprar deuda americana y los mercados no han tardado en poner precio al riesgo de fractura de la OTAN, encareciendo la deuda estadounidense. La irracionalidad geopolítica de Donald Trump se ha topado con la tozuda realidad de la interdependencia económica transatlántica y así se ha visto obligado a claudicar, al menos temporalmente. Las ambiciones personales del presidente se han topado también con la falta de interés, cuando no hostilidad, a cualquier aventura militar por parte del movimiento MAGA. Y es que Groenlandia no va de seguridad nacional, ni de materias primas, va de pasar a la historia. De convertirse en el presidente estadounidense que más de un siglo después de McKinley, bien conocido por España por haber ganado la guerra por Cuba, Puerto Rico y Filipinas, extiende el territorio de los Estados Unidos. Allí donde su profesión de constructor inmobiliario converge con sus ambiciones personales. Una nueva estrella en la bandera del país, el símbolo nacional más importante. Un presidente fortalecido antes de su próxima cita de abril con Xi Jinping, otro líder que también quiere pasar a la historia superando al héroe nacional, Mao, quien falleció sin reunificar Taiwán. Como de eso va también Putin y su deseo de emular a Pedro el Grande en Ucrania. Se ha roto la confianza transatlántica. Y aunque hemos ganado esta manga, si no queremos perder la carrera no nos queda más remedio que invertir en soberanía europea. Quizás para esto estará sirviendo Trump, para alumbrar un nuevo proyecto europeo para esta nueva época de esferas de influencia.
Davos ha sido también el acta de defunción de un sistema internacional basado de reglas de carácter universal. El primer ministro canadiense Mark Carney es quien mejor lo ha explicado. Las grandes potencias han abandonado la apariencia de respeto de valores y de reglas de juego comunes para ejercer sin trabas su poder y perseguir sus intereses. Al resto solo le queda como opción competir por el favor de los grandes, es decir, subordinación, o unirse bajo el compromiso de respetar unas reglas de juego comunes. Esta disyuntiva quedó al desnudo en Davos. Por un lado, la Junta por la Paz, la nueva organización internacional encargada del mantenimiento de la paz en el mundo lanzada por el presidente estadounidense con 19 “países amigos”, más de la mitad de los cuales tienen hoy restringido el acceso a EE UU tras su nueva política de visados. Sería útil que el nuevo secretario general de la ONU que salga elegido a finales de este año recuerde que alguien acaba siempre llenando los espacios que se dejan vacíos y que tiene un papel que jugar para aquellos que no quieran la sumisión al poder del matón. Por otro lado, acuerdos como el de la UE con el Mercosur, o el que acaban de suscribir la India y la UE, así como coaliciones para acabar con la mortalidad infantil y maternal. Interesante fue el mensaje del vice premier chino He Lifeng: el multilateralismo es la única manera de mantener la estabilidad del orden internacional y de promover el desarrollo y progreso de la humanidad. China no quiere desorden.
Esta semana ha quedado también el descubierto la enorme debilidad política estadounidense.
La gran paradoja de una superpotencia económica, tecnológica y militar asentada en una concentración de poder sin precedentes en manos del líder de un “emporio” más que de un imperio. Se fragilizan los pesos y contrapesos democráticos, se restringe el espacio de la protesta ciudadana pacífica, se extiende la violencia y la impunidad de la policía de inmigración.
Se instala el terror. La economía estadounidense avanza empujada por la ingenuidad e innovación tecnológica que está ya transformando la medicina, la energía, los nuevos materiales o la conquista del espacio. Pero este gigante tiene unos pies de barro: la profunda división de la sociedad. La economía tendrá que ponerle precio a la división política que, en último término, puede acabar arrastrando a la economía. No sorprende que el discurso errático del presidente en Davos apenas arrancara aplausos.
Ahora que han quedado al desnudo estas rupturas, solo queda elegir el camino. Que Davos2026 sea el inicio de una nueva soberanía europea.
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