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columna

Si yo fuera uno de esos inmigrantes

Mis remilgos democráticos sonarán a pejiguerías de primer mundo, burocratismos de pijo, pero yo hubiera preferido que este procedimiento pasara por el Congreso

Si yo fuera uno de los beneficiarios de la regularización masiva, me la traerían al fresco las componendas, triquiñuelas, cálculos, atajos, jueguecillos y tocomochos que han sido necesarios para su aprobación. Tampoco me importaría ni un bledo quién se atribuye el mérito ni qué motivos reales esconde. Solo celebraría que mi vida insegura, sometida al miedo constante a la deportación, a la provisionalidad perenne y a la marginación, iba a mejorar un poco. O un mucho, según los casos. No me arreglaría la vida, por supuesto. Seguiría siendo complicada y áspera, pero con unos papeles que amortiguarán lo más grosero de la intemperie.

Desde la perspectiva del beneficiario, mis remilgos democráticos sonarán a pejiguerías de primer mundo, burocratismos de pijo que nunca se ha desvelado por miedo a que un policía lo meta esposado en un avión. Quizá tengan razón, pero yo hubiera preferido que este procedimiento pasara por el Congreso y se aprobase como ley, tal y como parecía posible hace un año. En una democracia, las formas no son adornos banales. No da lo mismo un camino que otro porque el fin nunca justifica los medios. Y estos pueden ser legales, pero si son demasiado torticeros, pervierten el espíritu de la reforma.

En este caso, además, hemos perdido la ocasión de dejar que cada cual se retratara en el Congreso. Que expresasen a las claras, en la tribuna y con réplicas, por qué se oponen a que cientos de miles de personas que ya malviven en España puedan malvivir un poco mejor. Sabemos que hay un partido que no tiene empacho en escupir racismo en grano grueso, pero habría estado bien que los que apoyaron la iniciativa legislativa popular en 2024 (PP, PNV y Junts, básicamente) se enfrentasen a sus contradicciones y ensayasen alguna acrobacia argumental para decir sin decir lo que no quieren decir pero piensan. En una democracia parlamentaria lo correcto es que las cosas se digan en el parlamento y se sancionen con un voto. El atajo del decreto ha ahorrado a muchos una foto incómoda, y así perdemos todos. También los inmigrantes que ven cómo la democracia de la que aspiran a ser partícipes de pleno derecho se degrada un poco más. Esto también va con ellos.

No insisto más en el pepitogrillismo. Es odioso aguar la fiesta en la que tantos convecinos tienen tanto bueno que celebrar. Brindemos con ellos y burlémonos sin recato de los abascales, tan machos y valientes ellos, que temen ser invadidos y reemplazados por toda esa gente humilde y silenciosa que lleva años limpiándoles los retretes y cargando los camiones de sus mudanzas.

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