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COLUMNA

Otro año en que no me comeré todas las uvas

Me gusta empezar con mal pie, como el acróbata que entra en la pista fingiendo un tropiezo

Esta Nochevieja también me dejaré algunas uvas en el plato. O en el paquete de papel de aluminio, donde es más fácil disimular el crimen, haciendo una bola y fingiendo que te has comido las 12. Al menos, era fácil en las Navidades pasadas, porque a mi hijo ya no se la cuelo. Inspecciona el gurruño en busca de las pruebas y me señala con un dedo implacable: ahí están, las dos, tres o cuatro uvas intactas que traerán mala suerte durante todo el año.

Hace mucho tiempo, mi hermano y yo colocábamos el excedente en el paquete de un tío despistado o de una abuela sorda. Siempre había algún pariente que se zampaba 17 o 20 uvas, y lo hacía con diligencia, extrañado de que, a falta de tres campanadas, el cucurucho siguiera lleno. Mi hermano y yo nos aprovechábamos de que las uvas eran una tradición muy seria que se cumplía con rigor, pero eso también se ha perdido. Los fanáticos de las supersticiones fueron muriéndose o alejándose, y la gamberrada dejó de ser divertida. Como la familia ha ido menguando y nos hemos dispersado en microfamilias, ya no tengo pichones a los que estafar. Mi hijo recuenta las uvas 10 veces antes de los cuartos y no afloja la vigilancia sobre el paquete. Me tiene caladísimo.

Cuando descubrí, allá en la infancia, que no era capaz de seguir el ritmo del reloj de la Puerta del Sol, sentí que decepcionaba a España entera. Aceleré la ingesta, me arriesgué al atragantamiento para estar a la altura de lo que se exigía de mí como buen español. Pero un año desistí, y desde entonces me dejo unas uvas deliberadamente intactas. Hace mucho que no intento terminarlas. No sé si mis mandíbulas y mi glotis se han vuelto más patrióticas y ya son capaces de llegar a la última campanada, porque no me esfuerzo.

No terminar las 12 se ha convertido en otra tradición íntima. Me gusta empezar el año con mal pie, como el acróbata que entra en la pista fingiendo un tropiezo. Acepto desde el primer segundo que ningún propósito se cumplirá, que los buenos deseos se perderán en el aire, ensordecidos por los matasuegras y los corchos de cava. Las uvas sin comer simbolizan todo lo que dejaré de hacer, mis flaquezas, las promesas olvidadas, otro año en el que no escribiré la gran novela americana. Esos granitos mustios en el envoltorio me recuerdan que la vida, mientras dura, está inacabada y se expresa como tareas pendientes de las que avergonzarse, y casi nunca como logros de los que presumir.

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