Ángel
Pronuncio la palabra centenario y veo a Ángel González sentado en la butaca de la palabra hoy con el whisky sobre la mesa

Ángel González nació en Oviedo hace 100 años. Cumplir años puede suponer abrir grietas en el tiempo, observar las distancias que hay entre un padre y sus hijos. Pero otras veces significa entender que el tiempo mantiene vínculos más allá de lo que parece. Cosas de la edad, la palabra centenario pierde sus distancias. Cuando iba a entrar como estudiante en la Universidad de Granada, asistí en 1975 a los actos de homenaje a Machado en el centenario de su nacimiento. Ya de profesor, participé en las celebraciones dedicadas a Federico García Lorca en 1998. Por mucho que citásemos entonces a don Antonio, por mucho que habláramos de Federico, por mucho que sus historias estuviesen presentes en las herencias de un joven, don Antonio y Federico pertenecían a otra época. Ahora, pronuncio la palabra centenario y veo a Ángel sentado en la butaca de la palabra hoy con el whisky sobre la mesa.
Fue un maestro de la poesía. El título de su segundo libro es todavía una lección de vida: Sin esperanza, con convencimiento. Después de una infancia castigada por la Guerra Civil, bajo la factura de las ejecuciones y la tuberculosis, descubrió la poesía. Configuró verso a verso una mirada ética de la realidad, un compromiso humano, pero sin ingenuidades ni falsas promesas. Le bastó la determinación clara de defender contra viento y marea los valores que dignifican un modo de sentir. La profunda sencillez de sus versos encontró un mundo propio, un mundo áspero, en el que las ilusiones fueron compartidas con alegría y los fracasos dejaron de ser vividos como un asunto grave. Escribía precisamente por eso.
Los amigos le buscamos una muchacha para que le arreglara su casa en Madrid de vez en cuando. Al terminar una noche larga de copas, mientras nos despedíamos, Ángel se puso a arreglar el salón y la cocina. Yo caí en el error de avisar: Ángel, que mañana viene la chica. Y él me respondió: precisamente por eso.
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