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tribuna
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Después de los ejercicios espirituales de Sánchez

Mucha gente se ha dado cuenta de que ahora mismo no hay alternativa ni dentro ni fuera del PSOE

Pedro Sánchez y el primer secretario del PSC, posan para un selfi de una simpatizante socialista el miércoles en la Feria de Abril de Barcelona, en una imagen difundida por el partido.
Pedro Sánchez y el primer secretario del PSC, posan para un selfi de una simpatizante socialista el miércoles en la Feria de Abril de Barcelona, en una imagen difundida por el partido.JORDI PLAY (EFE)
Josep Ramoneda

Pedro Sánchez ha culminado su singular reflexión sin el halo romántico que prometía. Los ejercicios espirituales familiares que le llevaron a cancelar su agenda durante cinco días han dejado las cosas en el lugar de partida: me quedo. Y el debate se centra en como pasar “del punto y seguido al punto y aparte”.

Las cartas están muy marcadas. Por un lado, la sensación de alivio predomina en el espacio socialista, pero también en la izquierda en general e incluso en el independentismo que temieron un momento abismal. Cierto que desde Cataluña —con tendencia a “veure el món per un forat”, como decimos en catalán— algunos interpretan la maniobra de Sánchez como un simple farol para influir en la campaña electoral. Pero más allá de estos ejercicios retóricos se impone la calma porque ahora mismo no hay entre los que dan apoyo parlamentario al Gobierno ningún interés en una crisis que pudiera llevar al PP al poder.

Al otro lado, van a piñón fijo. El PP no ha hecho más que elevar los decibelios contra el presidente. Una respuesta que parece contraria al sentido común táctico. Más guerra no es la mejor manera de capitalizar la situación. Pero Feijóo no tiene proyecto ni cintura para buscar el contrapié presentándose en positivo: aquí estoy a punto para tomar el relevo. Con el tono agrio y sombrío de siempre, Feijóo no apunta al futuro; simplemente sigue con el ejercicio de descalificación sin cuartel contra Sánchez, con un solo argumento: ya es el pasado, por más que siga aquí.

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La novedad está en el felipismo, el viejo PSOE y sus nostálgicos, que, instalados en el resentimiento de los que se creían propietarios del partido y a los que Pedro Sánchez derrotó, contra todo pronóstico, después de que le echarán, han dado un paso al frente, aunque solo sea retórico, porque no tienen recursos para mucho más, en su lucha contra el traidor. Lo que confirma además la incorporación a la pelea contra el sanchismo de un número significativo de intelectuales y periodistas, algunos de ellos provenientes de la izquierda, que han sentido la llamada de la patria, con buena acogida en la prensa conservadora, que recluta almas de viejos progres en conversión acelerada.

Mientras esperamos que Sánchez nos aclare su programa de reformas de instituciones amenazadas por la confusión entre poder político y poder judicial, no está de menos recordar un par de cuestiones. La primera, es que el responsable de la politización de la justicia es el PP, que lleva cinco años negándose a la renovación del Consejo General del Poder Judicial por razones estrictamente políticas: tiene allí ahora mismo una mayoría conservadora que le favorece y no está dispuesto a perderla. Dicho de otro modo, los que acusan a Sánchez de querer politizar la justicia, son los que ya llevan tiempo politizándola. Con un suma y sigue en el despliegue de voces —alguna de ellas con un pasado intelectual honorable— que se desgañitan acusando al presidente de tener un proyecto de reforma autoritaria del régimen, algo que no ven ni siquiera en las propuestas de Abascal.

Precisamente este desvarío es el que lleva al PP a la contumacia en el error. El problema de la derecha es que la lógica de confrontación sin tregua le ha metido en un callejón de lenta salida: sin espacio para las alianzas, encerrado con Vox en el cuartel de la derecha, lejos de la centralidad. Un caso particular de torpeza estratégica: por este camino a Feijóo le costará llegar. Y más en un momento en que las derechas periféricas, que en un futuro podrían echarle una mano, están lejos del PP. El PNV ha renovado su compromiso con el PSOE en el País Vasco, y a Junts le queda un largo camino todavía para madurar y entrar en el juego pujolista de la polivalencia.

A Sánchez le corresponde dar el paso prometido sin demora: hacer las reformas necesarias para que las disfunciones judiciales y políticas que él mismo denuncia se corrijan y contribuir a crear el clima de respeto exigible para la normal funcionalidad de las instituciones. Y una derecha responsable debería colaborar. En este punto aparece el problema de fondo. Lo que están haciendo PP y Vox no es una singularidad hispánica. Es una expresión más de la deriva autoritaria que la derecha lleva ya años protagonizando en toda Europa, lo que llamamos autoritarismo posdemocrático. Y por esta razón es más peligroso todavía: la reacción española no es un fenómeno aislado. Y sorprende que intelectuales de tradición liberal y democrática se apunten a esta tarea, muchos de ellos, todo hay que decirlo, como reacción al independentismo catalán, entrando al trapo de la lucha de patria contra patria. O, dicho de otro modo, de la disputa sobre la condición nacional que, como todo lo que adquiere dimensión transcendental genera las peores brechas.

Me resulta difícil prever los efectos a corto plazo de este lío. A pesar de todo, y gracias a la reacción de sus adversarios, el sainete de Sánchez ha tenido un cierto efecto esclarecedor: mucha gente se ha dado cuenta de que ahora mismo no hay alternativa, ni dentro ni fuera del PSOE. Cataluña será el próximo test. Ciertamente, los socialistas se juegan mucho en este envite. El PP tendrá que replantearse si quiere y es capaz de cambiar el tono: subir un registro la imagen de gobernabilidad que no cuadra con la pelea como modo de estar en el mundo. Y Sánchez necesita concretar el punto y aparte con un verdadero ejercicio de reformismo democrático.

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