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LAS OTRAS VIDAS
Tribuna
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Los árboles de Guadalajara

Aquí se ve que este es un mundo más joven. Y se descubre una cortesía natural, una formalidad sin rigidez que se manifiesta en la belleza del habla popular y la riqueza variada y flexible del español de México

Los árboles de Guadalajara. Antonio Muñoz Molina
FRAN PULIDO

Siento que no llego a conocer de verdad Guadalajara porque no la he explorado caminando. La caminata es una forma privilegiada de conocimiento. Esta Guadalajara inmensa de México la veo casi siempre desde la ventana en una planta muy alta del hotel o por la ventanilla elevada de un coche, uno de esos todoterrenos que parecen hechos a la escala de las autopistas de Texas. Desde las alturas del hotel, la ciudad es una extensión de edificios bajos y manchas muy verdes de vegetación interrumpidos por bloques industriales o por torres de oficinas o de apartamentos. En el horizonte, la ciudad se prolonga brumosamente en colinas bajas y azules, escalando hacia ellas, y cuando cae la noche todo queda sumergido en un océano de oscuridad puntuado por luces, las de los pilotos rojos de los coches como ríos de lava en las avenidas atascadas de tráfico, las luces azules o rojas que alumbran algunos edificios muy altos. De noche, igual que de día, hay muy poca gente caminando por las aceras, pero esa negrura de alumbrado público débil y lugares desiertos infunde en el que llega de lejos una sensación de desamparo, y quizás de peligro. Relumbran como islas las gasolineras muy bien iluminadas, los ventanales de los restaurantes de lujo. En una zona desolada de casas bajas que son almacenes o talleres se enciende a veces la claridad prometedora de un puesto humilde de comida. Quien llega de Europa después de un vuelo que ha durado más de 12 horas mira por la ventanilla del taxi, aturdido a la vez por el sueño y por el insomnio, y lo ve todo tras un velo de irrealidad: esa autopista del aeropuerto, las avenidas rectas y muy arboladas, como bulevares, la pura duración del trayecto, acentuada por el cambio de horario y por esa rareza de ensueño que tienen las ciudades a las que llegamos de noche.

Unas veces, mi oficio es quedarme solo en una habitación y contar cosas imaginadas que no existen fuera de mí; otras veces es salir a la calle, al mundo, y olvidarme de mí mismo y dejar en suspenso la imaginación para contar lo que veo, lo que escucho, lo que me cuentan. Quizás la ficción es sedentaria, y la no ficción, la crónica, es itinerante. Ninguna es más o menos literaria que la otra. Los dos cronistas que más admiro, Josep Pla y Joseph Roth, fueron hombres errantes que andaban siempre de un país a otro, de una ciudad y un hotel a otros, y escribían muy rápido para llegar a tiempo al cierre de los periódicos, lo cual es uno de los aprendizajes más fértiles que puede tener un escritor. Joseph Roth le dice a un amigo en una carta: “Lo que yo quiero hacer es el retrato de mi tiempo”.

Miro Guadalajara desde muy arriba, a medianoche o en la primera luz suave y un poco velada por la mañana, o bien cuando me llevan en coche de un sitio a otro, y me parece que no podré comprender bien el enigma de la ciudad porque me dicen que no es seguro para un forastero pasear por ella, y porque las distancias son tan desmedidas que no se puede llegar caminando a ninguna parte, salvo en el interior del centro histórico, con su admirable catedral barroca y los edificios imponentes de la Administración virreinal, el Hospicio Cabañas el más extraordinario de todos, una mezcla de la severidad de El Escorial y de las novedades de la Ilustración, con patios de arcadas y naranjos en los que uno se encuentra de pronto como en un patio de clasicismo andaluz.

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Voy en coche del hotel a un restaurante o a una sede universitaria que siempre están muy lejos. Cruzo a pie desde el hotel al hangar laberíntico de la Feria del Libro de Guadalajara, otra inmensidad tan cerrada al exterior como esos casinos de Estados Unidos en los que no hay ventanas para que se pierda la noción de la noche y del día y no se deje nunca de jugar. Algo se puede aprender aquí sobre la ciudad, tal vez incluso sobre el país, si uno se fija, si pregunta y escucha. Lo que sorprende más, viniendo de Europa, es la juventud de la mayor parte del público, de los lectores que se acercan, y a los que me gusta preguntarles por sus vidas antes de firmarles un libro, y también la juventud de los periodistas que lo espabilan a uno de su cansancio y su aturdimiento por la agudeza y la precisión de sus preguntas, por la seriedad fervorosa con que hacen su trabajo y un amor a la literatura no enturbiado de cinismo o resabio. Aquí se ve que este es un mundo más joven. Y se ve también, se descubre, conversando con la gente, lo mismo el conductor que nos lleva de un lado a otro que la limpiadora de la habitación, una cortesía natural, una formalidad sin rigidez que se manifiestan en la belleza del habla popular, la riqueza variada y flexible del español de México.

Es como si uno estuviera considerando siempre cosas incompatibles entre sí: la prodigiosa abundancia botánica y el espanto del tráfico; la calma de esas colonias recónditas de calles muy arboladas y casas con jardines y la proliferación desoladora de un urbanismo sin ley sometido a la tiranía y al ruido y la contaminación de los coches; la opulencia escenográfica de los restaurantes de lujo extremo y esas madres adolescentes indígenas que piden limosna en los cruces de tráfico con sus bebés a la espalda, o esas niñas mendigas que llevan maternalmente de la mano a un hermanito menor, como parejas de niños abandonados en un cuento. La base del monumento a los Niños Héroes está empapelada de carteles con fotografías de desaparecidos, hombres y mujeres, jóvenes casi todos, víctimas casi siempre de la criminalidad de los narcotraficantes. Una profesora de la universidad me cuenta que hace dos semanas estaba almorzando con su marido y su hija en la terraza de un restaurante y que, de pronto, en el mediodía templado, estalló una balacera que nadie supo de dónde venía, y que duró unos 20 minutos. Los clientes se tiraron al suelo y reptaron hasta refugiarse en la cocina. Hay mujeres jóvenes que desaparecen sin rastro porque un narco las vio una noche en un sitio de fiesta y se encaprichó de ellas, y no les perdonó que no accediera a sus deseos. El conductor me habla de un amigo taxista que acababa de comprarse una camioneta nueva, y al que se la quitaron unos narcos después de pegarle un tiro que lo dejó malherido. En la universidad, una chica joven y seria, que me ha hecho preguntas certeras, me pide que le ponga una dedicatoria en una libreta y me dice: “No le traigo un libro porque soy pobre y no puedo comprarlo”.

A veces no basta observar, y ni siquiera hacer preguntas. Queda siempre el misterio de un país con tantas personas cordiales, capaces, educadas, llenas del empuje de la juventud, en el que, sin embargo, la criminalidad impune alcanza proporciones de epidemia letal, y en el que la pobreza y la injusticia se ceban con los inocentes, los arrojan a la miseria, los fuerzan a cruzar la frontera del Norte jugándose la vida. Me quedo, a punto de irme, antes de cruzar por última vez la ciudad mirando por la ventanilla de un taxi, con el fervor y la mirada limpia de estudiantes muy jóvenes, con la riqueza del vocabulario, de las comidas populares, de los árboles de nombres familiares y nombres exóticos, con el deseo insatisfecho de saber más.

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