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columna
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La oportunidad de Puigdemont

A diferencia de lo que sucedía en 2018, el control del expresidente de la Generalitat sobre Junts es ahora total

Puigdemont Cataluña
Un manifestante sostiene el retrato del expresidente catalán, Carles Puigdemont, durante una protesta en Estrasburgo (Francia) frente a la sede de la Eurocámara, esta semana.Vincent Kessler
Jordi Amat

Es probable que Pedro Sánchez no hubiese llegado a la presidencia del Gobierno si hubiese dependido de Carles Puigdemont. Cuando se celebró la moción de censura, Puigdemont vivía en Berlín sin poder salir de Alemania. Había estado bajo custodia policial en la cárcel, esperaba la respuesta que la Audiencia de Slesvig-Holstein daría a la demanda de extradición del juez Llarena (la denegó) e imaginaba una federación de partidos independentistas en vistas a las elecciones municipales que se celebrarían al cabo de un año. En esas circunstancias recibió la llamada de Pablo Iglesias. Le planteó la posibilidad de presentar una moción para tumbar al gobierno popular. “Puigdemont estaba ya muy lejos de España”, explicó Iglesias, “la conversación con él no era la conversación con un líder político que gestiona los asuntos del día, sino con un exiliado”. A pesar de la autoridad que conservaba en el independentismo, Puigdemont no controlaba al grupo de su partido en el Congreso. Fueron veteranos diputados junto a la coordinadora Marta Pascal los que pilotaron unas conversaciones a diversas bandas en las que ya se plantearon medidas de pacificación. Puigdemont se sintió traicionado. “Ahora aprovechan que estamos en el exilio y en la cárcel para desmontar y dinamitar la estrategia construida con mucho esfuerza y sacrificio. Y con apoyo popular”. Interpretó aquel movimiento como un error que vengaría.

Desde ese momento y hasta ahora, Puigdemont no ha tenido oportunidad alguna de influir en la política española. Es verdad que a lo largo de este lustro el mundo ha cambiado y el movimiento independentista no ha dejado de empequeñecerse, como evidencia su decreciente capacidad de movilización o su respaldo en las urnas, pero ahora la aritmética electoral le ha dado una oportunidad. A él. Tal vez irrepetible, la única que le permite estar en la ecuación. Y la decisión que tome difícilmente es comprensible si solo se le caracteriza como “un prófugo de la justicia”. Todo es bastante más complejo.

A la hora de valorar sus trascendentales decisiones durante el nefasto octubre de 2017, tras constatar que la suspensión de la declaración de independencia no forzó una negociación con el poder ejecutivo, su autocrítica no fue haberse saltado la Constitución y el Estatut y haber provocado el colapso del autogobierno. Su interpretación es que se equivocó al no haber aguantado el pulso de la confrontación que ha mantenido desde que huyó para no ser juzgado. Esa interpretación y esa decisión le otorgaron un liderazgo nacional que buena parte de la ciudadanía reconoció en las elecciones al Parlamento Europeo de 2019: su candidatura, que no pudo desactivar la justicia, obtuvo más de un millón de votos. Entonces redactó el panfleto Reunim-nos. Tenía un plan: una confrontación más allá de las instituciones y que implicaba desde una estrategia económica, la conquista de asociaciones cívicas y una desobediencia a gran escala como reacción a la sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes del procés. El caos vivido durante aquellas jornadas, más la llegada de la pandemia, representaron el principio del fin de esa fantasía insurreccional.

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A partir de aquel momento, el independentismo perdió centralidad y el mito Puigdemont empezó a menguar. Pero su situación —ligada a la de los exconsellers Comín y Puig, los que lo han acompañado en Bélgica— ha sido como el dinosaurio del cuento protegido por la telaraña judicial construida por su abogado. Mientras su partido seguía sin estructurarse, mientras internamente no eran pocos los que lo consideraban una losa, su autoridad en Junts estaba allí. La usó para apoyar un perfil pactista como el de Xavier Trias para la alcaldía de Barcelona. Pocos días después impidió que un pragmático como Jaume Giró fuese el candidato a las elecciones generales e impuso a la intransigente Míriam Nogueras. Estamos aquí. Ahora su control sobre el grupo, a diferencia de 2018, es total. La duda es si usará esa influencia para desestabilizar al Estado, siguiendo su lógica de estos años, o negociará y se adaptará a una realidad social y política que en Cataluña poco tiene que ver con el trauma que nos dejó en los días del mundo de ayer. Que actuará como un político quedó claro en la extensa declaración que publicó este sábado en Twitter. Léanla.

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Sobre la firma

Jordi Amat
Filólogo y escritor. Ha estudiado la reconstrucción de la cultura democrática catalana y española. Sus últimos libros son la novela 'El hijo del chófer' y la biografía 'Vencer el miedo. Vida de Gabriel Ferrater' (Tusquets). Ejerce la crítica literaria en 'Babelia' y coordina 'Quadern', el suplemento cultural de la edición catalana de EL PAÍS.

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