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tribuna
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Sobrevivir a la cultura de la cancelación

No se pretende modificar la realidad, sino inventarla, corregirla también retrospectivamente, y forzar el asentimiento público y legal de esa depuración: la nueva normalidad como psicosis colectiva de la corrección política

'Lo que el viento se llevó'
Vivien Leigh y Hattie McDaniel en 'Lo que el viento se llevó'.Silver Screen Collection (Getty Images)

Hay una parte del mundo, la nuestra, donde no tanto el poder sino la propia sensibilidad del individuo genera un orden despótico y una reescritura de la realidad. Lo novedoso, en las sociedades democráticas estables, es que ya no se lucha de manera violenta e incluso sangrienta para cambiar una realidad impuesta a los sujetos —como en otros tantos puntos del planeta—, sino que se borra esa realidad y se la resetea y reformula para adecuarla a una blanda sensibilidad indignada. Todo lo que no encaja con esa hipersensibilidad de la ofensa vestida de exigencia moral es denunciado, perseguido, hecho desaparecer, cancelado.

Aunque abundan en el mundo gobiernos tiránicos, sin embargo, en las democracias occidentales el poder busca adoptar una faz suave, no desea mostrarse como Leviatán dominador. Y mientras los gobiernos intentan sibilinamente disfrazar su autoritarismo, lo vemos crecer donde residía la esperanza de la rebelión: en los individuos.

Durante mucho tiempo se consideraron dos polos opuestos: por un lado, los individuos; por otro, el poder que los anulaba. Con posterioridad se ha profundizado en la manera inconsciente en que los humanos introyectan ese poder y obedecen a las normas sin percatarse de ello, con la vana ilusión de ser libres.

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Han sido las dictaduras las que, habitualmente, han impuesto la represión, aun cuando, en buena medida, las reglas pudieran ser asumidas por los sujetos, en una “servidumbre voluntaria”. La represión (no solo sexual) se ha sublimado con justificaciones morales, religiosas o sociales: pareciera, pues, que una desublimación debería llevarnos a una verdadera libertad. Pero ya Herbert Marcuse acuñó el término “desublimación represiva” para mostrar cómo bajo el rostro de la supuesta libertad anidaba la coerción asumida. La hipersexualización festiva no nos libera de la normatividad —hoy diversa, deseante e inclusiva— con la que se dibuja el mapa de su verdad.

El famoso panfleto ¡Indignaos! de Stéphane Hessel, el 15-M, incluso el gesto huraño de Greta Thunberg proponían un levantamiento frente a un mundo adverso, injusto, depredador…, todo ello parece diluirse en un narcisismo ofendido plagado de censura, persecución y ferocidad, en el que la emoción sustituye a la razón.

Tomar la Bastilla o conquistar el Palacio de Invierno se han convertido en viejos símbolos de ese derrocamiento del absolutismo, fueron objeto de revoluciones, alimentadas por teorías (la Ilustración, el marxismo). Actualmente, la sentimentalidad sustituye al andamiaje teórico, no se busca un cambio social sino un resarcimiento de la identidad herida. No se pretende modificar la realidad, sino inventarla, corregirla también retrospectivamente, y forzar el asentimiento público y legal de esa depuración: la nueva normalidad como psicosis colectiva de la corrección política.

La cultura woke realiza la siguiente traslación: me siento ofendido, luego hay una verdadera ofensa (salto del sentimiento a la objetividad), toda disensión es una muestra de odio (se rechaza la argumentación), luego quienes así me ofenden merecen ser cancelados (yo no odio, reparo la injusticia, se dice el cancelador).

Asistimos a una omnipotencia del deseo que borra a quien no demuestra la corrección requerida, y, por otro lado, a una manipulación de la culpa. Nunca podremos estar a la altura de quien pertenece a un colectivo oprimido —o intenta mostrarse como tal—, su herencia de humillación hace que cualquier palabra pueda reabrir la herida, no cabe hablar, razonar, sino solidarizarse con su opresión, hacernos perdonar el pertenecer al grupo de los opresores.

Además de los dramas personales que pueden sufrir los “cancelados”, me parece importante señalar una consecuencia sustancial: la cultura cancelada, y, más allá de ello, la cultura falseada. Todos aquellos libros y películas que dejan de recomendarse porque contienen elementos ahora prohibidos. Y aún más: por ejemplo, no solo HBO quita de su catálogo Lo que el viento se llevó, sino que, traicionando la historia, elige una actriz negra como Ana Bolena en su miniserie del mismo título, similar afán el de Garth Davis en su filme María Magdalena al convertir a San Pedro en un hombre de color. ¿Es ese el camino efectivo para superar el racismo? Y ante cualquier otra incorrección, ¿ocultaremos obras artísticas?, ¿resucitaremos el índice de libros prohibidos o solo reescribiremos algunos párrafos? ¿Por qué no la contextualización crítica en vez de la censura?

Lo real no importa, es imperfecto, mi deseo debe imponerse —piensa el nuevo narciso censor—. Cambiamos el pasado, los cuerpos, la naturaleza. El sentimiento genera derechos, leyes, realidad. Ese es el trasfondo de lo woke, inscrito en lo que Michel Foucault denominó el “régimen de verdad” —o de ficción— de nuestra época.

Estamos perdiendo la realidad, la historia, y convirtiendo la cultura en un cuento para niños temerosos y malcriados que no soportan el menor rasguño, pero pueden empujar a la nada a quienes no comparten su visión.

Debemos prepararnos para sobrevivir a los puñales envueltos entre algodones.

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