EDITORIAL
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El frente de guerra de la OPEP

El cartel petrolero se alía con Rusia e ignora las peticiones para abaratar los precios de la energía

Joe Biden y Mohamed Bin Salmán, el 15 de julio en Yedda (Arabia Saudí) durante la gira del presidente de EE UU por la región, en una imagen oficial saudí.
Joe Biden y Mohamed Bin Salmán, el 15 de julio en Yedda (Arabia Saudí) durante la gira del presidente de EE UU por la región, en una imagen oficial saudí.

Las declaraciones de Joe Biden el martes a una cadena de televisión estadounidense han hecho evidente el malestar en la Casa Blanca ante la decisión adoptada la semana pasada por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de reducir la oferta de crudo en dos millones de barriles diarios a partir de noviembre. De la decepción expresada la semana pasada, Biden ha pasado a anunciar “consecuencias” contra Arabia Saudí, aún sin concretar. El paso dado por la OPEP deja a la geopolítica del petróleo ante un nuevo escenario. El objetivo de la medida, según el cartel petrolero, es frenar la bajada de los precios, que habían caído un 25% en los últimos meses, ante una desaceleración de la demanda global y la liberación de reservas estratégicas por parte de Estados Unidos. Pero lo cierto es que no se pueden ignorar las circunstancias en las que se ha adoptado el acuerdo: en medio de una profunda crisis energética en gran parte derivada de la invasión rusa de Ucrania y con la petición expresa de Estados Unidos a Arabia Saudí de limitar los recortes de producción. Las dos condiciones han sido deliberadamente ignoradas por la OPEP.

La denominada OPEP+ es la que ha adoptado la medida, pero incluye, además de a los 13 países miembros de la organización, a otros 10 productores capitaneados por Rusia, cuyo vice primer ministro, Alexander Novak, sancionado por Estados Unidos, participó en la reunión del cartel en Viena la semana pasada. El desafío a los países consumidores y a Occidente en general es evidente, por mucho que las autoridades del Golfo quieran negarlo, y se produce cuando el G-7 ultima un acuerdo para poner un límite a los precios del petróleo procedente de Rusia y mermar así la capacidad de Moscú para financiar una guerra todavía sin final a la vista.

De nada sirvió que el presidente de EE UU suspendiera la determinación de tratar a Arabia Saudí como un paria internacional —tal como dijo en campaña electoral— por el asesinato y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi y acabara reuniéndose con el heredero saudí, Mohamed Bin Salmán, en su gira por la región del pasado mes de julio. Riad ha querido dejar claro que Washington ya no es un socio fiable y se ha negado a plegarse a las peticiones del enviado de la Casa Blanca. Biden se enfrenta, además, en menos de un mes a las elecciones de mitad de mandato, y un alza en el precio de los combustibles podría perjudicar sus perspectivas electorales.

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El recorte de producción supondrá, sin duda, un severo golpe para la economía mundial, que se halla en medio de la mayor espiral inflacionista en varias décadas y afronta con preocupación el invierno ante la escalada de los precios de la energía y los recortes de oferta. Los expertos analizan incluso si la decisión puede contribuir a precipitar una recesión a escala global, como están debatiendo en el marco de las reuniones del Fondo Monetario Internacional esta semana. A medio plazo, la medida puede volverse en contra de los productores porque es una prueba más para los países consumidores de que deben reducir su dependencia energética y adoptar un modelo menos contaminante y que garantice el suministro. Hasta entonces, la era de la energía barata y de la seguridad energética parece haber quedado atrás.

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