columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

La inestable estabilidad

El morbo mediático que producen estas trifulcas en el Ejecutivo hace que el foco se desvíe de cuestiones centrales en uno de los momentos más complejos políticamente en años

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, aplauden en el Congreso de los Diputados.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, aplauden en el Congreso de los Diputados.Eduardo Parra (Europa Press)

Soy de los que piensan que Pedro Sánchez rompe casi siempre todos los pronósticos. Por eso no acabo de creerme que estemos en la antesala del derrumbamiento de su Gobierno por pérdida de su multicolor apoyo parlamentario o por las desavenencias internas entre sus socios. Es un Gobierno que viene tambaleándose desde el minuto uno, pero que ahí sigue. Baste recordar las iniciales declaraciones críticas del Pablo Iglesias vicepresidente, o los muchos feos que ERC ha venido haciéndole a Sánchez ante decisiones parlamentarias trascendentales. ¿Por qué ahora, tras el escándalo del espionaje, el resultado debería de ser distinto? Dicho en otras palabras, este Gobierno y sus apoyos tienen un curioso mecanismo homeostático, siempre consigue volver al equilibrio cuando todo parece disolverse.

La solución fácil a este enigma es recurrir a la manida imagen de la erótica del poder. El poder como el mayor de los afrodisíacos. Sin él, sin participar de esa energía, aunque solo sea en parte, como les ocurre a sus socios, la vida política resulta fría, inhóspita, lánguida, carente de chispa. Además, es mucho lo que aquellos han conseguido hasta ahora y pueden conseguir todavía. Y las próximas elecciones generales no pintan bien para la coalición, la amenaza demoscópica de un triunfo de la derecha es real. Aunque para Esquerra es una situación difícil. Es mucho lo que puede perder en el futuro en su ámbito territorial si ahora se muestra condescendiente. De ahí que rechace que se le conceda una cabeza menor. Porque esto ahora va del valor o peso político de la víctima propiciatoria a sacrificar. El poder siempre acaba devorando a sus hijos.

El caso de Podemos es bien distinto. Dados los antecedentes, ¿a alguien le sorprende que Echenique pidiera el cese de una ministra? Supongamos que no lo consigue, que es lo que yo pienso, ¿creen de verdad que por eso abandonarían el Gobierno? Seguro que no. Uno se acostumbra muy rápidamente a las prebendas del poder y Unidas Podemos todavía está en la fase en la que tiene que decidir qué quiere ser de mayor. Entretanto, ¿por qué renunciar a la visibilidad que le ofrece ser parte del Gobierno? Su disidencia tiene algo de impostado, le permite seguir jugando al socio díscolo que se atreve a decir las verdades al poder desde el poder. Una contradicción fascinante.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Los costes de esta inestable estabilidad saltan a la vista. Las amenazas ubicuas son fuente de un deterioro institucional continuo y gran parte de las decisiones políticas van dirigidas a satisfacer reclamaciones de unos u otros grupos específicos, como la subasta en la que acabó convirtiéndose la aprobación del Presupuesto. Y algo no menos importante, al final acabamos hablando más de los problemas del Gobierno que de los problemas y los desafíos que debe afrontar este sufrido país. El morbo mediático que producen estas trifulcas hace que el foco se desvíe de cuestiones centrales en uno de los momentos más complejos políticamente en años. Y que incluso los propios logros gubernamentales acaben pasando casi desapercibidos.

Como politólogo que soy no deben de fiarse mucho de mis predicciones, pero tengo para mí que quien acabará de romper esta frágil coalición de hierro no serán algunos de sus apoyos. Lo hará el propio presidente cuando considere que acudir a las urnas de la mano de sus socios es más perjudicial que escenificar un divorcio. Como es lógico, se producirá en la antesala de las generales. O, si no, al tiempo.

Contenido exclusivo para suscriptores

Lee sin límites
Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS