Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Ventajas de despreciar la lengua ajena

Claro que este país tiene un problema con la lengua y su enseñanza, pero, en lugar de arreglarlo, lleva años entretenido construyendo a los bárbaros

Varias personas, durante una manifestación contra el establecimiento de un 25% de castellano en las escuelas catalanas.
Varias personas, durante una manifestación contra el establecimiento de un 25% de castellano en las escuelas catalanas.David Zorrakino (Europa Press)

La existencia de un enemigo es un gran pegamento social. Mientras que los romanos tuvieron bárbaros contra los que luchar o que tener presentes como rivales acechantes al otro lado de la frontera, contaban con un elemento simbólico para llamar a la acción, fortalecían su imagen de civilización legítima, se cohesionaban contra un agente externo amenazante. El escritor Constantino Cavafis lo sintetizaba en el final aplastante de su poema Esperando a los bárbaros; tras años esperando la invasión de los bárbaros, alguien se inquietaba en el foro: si estos bárbaros no existen, ¿qué haremos ahora? “Esta gente, al fin y al cabo, era una solución”.

En el debate en torno a los nacionalismos en España, la lengua lleva tiempo funcionando como pegamento ideológico utilísimo a conveniencia. Los nacionalistas han extendido la idea de que hablar español en regiones históricamente bilingües es la herencia de unos aviesos invasores, y sus adversarios políticos han propagado la creencia de que no hablar en español en tales zonas es un posicionamiento ideológico y una provocación. Las lenguas de España tristemente han hecho un gran servicio político a la construcción ideológica; es más, cada vez que un territorio ha querido construir su propio partido nacionalista ha tratado de buscar la posibilidad de perfilar lingüísticamente su ideología.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Y esto, claro, no ha salido gratis; de esta manipulación de las lenguas han derivado ideas que han terminado arraigando socialmente y que están interiorizadas en muchos españoles, como la de que si hablas vasco eres sospechoso, si quieres aprender gallego no siéndolo eres un esnob, o que si defiendes que la escuela catalana no debe imponer el monolingüismo en catalán, eres un enemigo de Cataluña. Esta utilización política de las lenguas es responsable de la falta de sensibilidad lingüística que tenemos en España, porque abona la falsa idea de que hay una lengua mejor que otra.

Entretanto, al tiempo que hemos permitido que los idiomas sean manipulados como identificadores ideológicos, la lengua, cualquiera de ellas, ha seguido siendo el vehículo para construir conocimientos, para edificar parte de nuestra identidad social, para desenvolvernos personal y profesionalmente. Y mientras se debate en el foro sobre si las plataformas audiovisuales deben incluir un porcentaje de producción en otras lenguas oficiales, el hijo de un migrante se sienta en un aula de un instituto español sin acompañamiento lingüístico relevante, destinado al fracaso escolar. Mientras se discute sobre cuotas de lenguas en entornos oficiales, en los colegios españoles los niños son incluidos en unos programas bilingües que enseñan los nombres de cada esquina del sistema digestivo en inglés, relegando la terminología científica ya existente en nuestras lenguas y apartándose de la intención pedagógica original de estos programas. Mientras que alguien grita sobre la necesidad o no de rotular en dos lenguas los carteles institucionales, y unos y otros se enfadan pensando que su lengua corre un peligro inasumible, un número insoportable de estudiantes acaba la enseñanza obligatoria con graves dificultades de expresión y comprensión oral y escrita.

Pues claro que este país tiene un problema con la lengua y su enseñanza, pero, en lugar de arreglarlo, lleva años entretenido construyendo a los bárbaros, porque políticamente esta gente, al fin y al cabo, es una solución.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Sobre la firma

Lola Pons Rodríguez

Filóloga e historiadora de la lengua; trabaja como catedrática en la Universidad de Sevilla y ha sido profesora invitada en Oxford y Tubinga. Dirige proyectos de investigación sobre paisaje lingüístico y sobre castellano antiguo (Historia15); es autora de 'Una lengua muy muy larga' y 'El árbol de la lengua', colabora en La SER y Canal Sur Radio.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS