Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La lengua y la quimera de las identidades

Nación contra nación, siempre con rasgo de conflicto entre modos de ser. El que sale con desventaja en las relaciones de fuerzas tiende inevitablemente a construir un discurso de víctima

El presidente del PP, Pablo Casado, mira a la cámara durante el pleno en el que se debate la moción de censura planteada por Vox.
El presidente del PP, Pablo Casado, mira a la cámara durante el pleno en el que se debate la moción de censura planteada por Vox.e. parra (europa press)

Siempre es difícil objetivar los debates políticos, porque los discursos —por muy afinados que estén— no dejan de ser el traje para revestir los intereses de los que los pronuncian, resultado de construcciones complejas fruto de lo que exigen los poderes que se sitúan más allá de las instituciones, de la interpretación que se hace de las pulsiones ciudadanas, de las parroquias de cada uno de los partidos —no exentas, a menudo de contradicciones— y de los intereses y ambiciones personales de los propios dirigentes políticos, una tarea que para muchas se ha convertido en profesión y, por tanto, en modo de vida.

Si las religiones fueron factor de encuadramiento durante muchos siglos, la modernidad ha visto la transferencia de lo teológico a la política, con dos formas principales la nación y las ideologías. Y cuando estas últimas decaen en el discurso del no hay alternativa, siempre quedan las patrias. Con la Iglesia laica hemos topado. Las querellas que afectan a la idea de nación acostumbran a ser las más difíciles de encauzar racionalmente.

Nación contra nación, siempre con rasgo de conflicto entre modos de ser. El que sale con desventaja en las relaciones de fuerzas tiende inevitablemente a construir un discurso de víctima y a presentar al adversario como déspota y abusador. Con lo cual, el que tiene más poder corre obsesivamente a identificar víctimas de su bando para revertir el desequilibrio moral de la pelea. Y así no es fácil encontrar vías razonables para encauzar el conflicto. Se consiguió en la transición. Y la llamada inmersión lingüística en Cataluña, aprobada de forma unánime en el Parlamento catalán, se puso en marcha en un clima de respeto que ahora mismo no se vislumbra.

Y así estamos metidos en una absurda batalla sobre las lenguas. Si realmente se quisiera avanzar se empezaría por compartir los elementos objetivos de la situación. ¿Por qué desde que ha empezado este nuevo episodio del debate no se ha conseguido censar el uso real del catalán y el castellano en las escuelas? No he encontrado una información objetiva del número de clases que se dan en castellano en cada lugar. Y, sin embargo, podría ser un modo de desactivar el victimismo del discurso incendiario de la derecha española.

Sus líderes y sus medios se limitan a buscar el escándalo en los conflictos derivados de las pocas denuncias por la inmersión que han presentado algunas familias de habla castellana. Y, por supuesto, afirman con toda impunidad que si no hay más padres y madres que se levanten contra el actual sistema es porque estarían paralizadas por un clima de amenaza y terror. Y si en realidad fuera porque a las familias ya les está bien un sistema que permite que sus hijos aprendan con buenos resultados los dos idiomas, lo que les da una doble valencia para moverse en una sociedad que es asimétricamente bilingüe (por más que no quieren reconocerlo los más intransigentes, empeñados en imponer el sacrosanto principio una nación-una lengua)

Es una obviedad que el bilingüismo catalán está decantado en la práctica a favor del castellano. Cualquier ciudadano sin prejuicios puede constatarlo con el elemental ejercicio de empezar una conversación en uno de los dos idiomas y ver con cual le responden. ¿Sólo desde la mentira se puede pretender que en Cataluña se quiera liquidar al castellano? Excepto para algunos sectores minoritarios que confunden a menudo las ficciones con los realidades no hay otra pretensión que mantener el catalán como lengua propia de Cataluña tomando las medidas necesarias para su protección, en un mundo en que todos sabemos la facilidad con que las lenguas minoritarias declinan. Una lengua no es una anécdota: es el medio a través del que nos explicamos, nos relacionamos y nos construimos a nosotros mismos.

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El catalán ha demostrado su fuerza. Tanto es así que sobrevivió a 40 años de marginación por parte de la dictadura. Es más, incluso muchas familias cómplices del franquismo siguieron hablándolo en casa y en la calle pese a la estigmatización del régimen. Y si se tuviera el coraje de mirar de cara a la realidad, nos ahorraríamos penosos espectáculos como el de Pablo Casado que, para salvar su posición, es capaz de entregarse a la extrema derecha, pidiendo un artículo 155 lingüístico.

En realidad, Casado es sólo una anécdota, el problema es un sector social, político, cultural y mediático español que se niega a reconocer el estado de las cosas, convencido de que el mundo debe ser a su imagen semejanza.

Y si el debate se hace imposible es porque en el fondo ambas partes creen sacar rédito del conflicto. Es la quimera de las identidades.


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