Tribuna
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Cómo ser una aguafiestas: ciencias sociales para la vida pública

La sociología, la historia, la ciencia política o la antropología muestran que el origen social condiciona nuestra vida y aportan datos que estaría bien no negar dentro de la legítima discusión ideológica sobre la búsqueda de soluciones

diego mir

En Vivir una vida feminista (publicado por Bellaterra), la filósofa Sara Ahmed define con acierto la sensación que provoca quien es capaz de ejercer el feminismo cotidianamente: la de ser una perenne aguafiestas. La idea, descrita de manera ilustrativa a lo largo del libro, es, sin duda, veraz, ya que a nadie le resultan cómodas quienes detectan continuamente con perspicacia dónde están los puntos que se deben poner sobre unas íes que la inmensa mayoría prefiere naturalizar para pasarlas plácidamente por alto.

El argumento de Ahmed me recuerda a la tarea de tomarse en serio las ciencias sociales: también en este caso, supone ser una permanente aguafiestas porque tenerlas en cuenta implica desmontar ideas que no pocas veces permanecen arraigadas con fuerza. Ejemplos de estas últimas hay muchos, desde la creencia en una suerte de universalismo neutral en el que las cosas no tienen género, ni clase, ni etnia, pasando por la convicción en la agencia del individuo y en la libertad para diseñar la propia vida, para llegar a la consabida meritocracia y el triunfo del esfuerzo a base de trabajo y voluntad.

La investigación en ciencias sociales ha mostrado con profusión que lo anterior no es del todo verdad y que a estas afirmaciones triunfalistas hay que ponerles muchos matices. Por supuesto, en un mundo de rapidez, clickbaits y comunicación política efectista los matices son ya en sí mismos una característica aguafiestas. Pero ahí están nuestras esforzadas disciplinas —la sociología, la historia, la ciencia política, la antropología…— recordándonos que los discursos con los que construimos la realidad —los discursos escolares, los históricos, los científicos…— no son imparciales, sino que suelen estar hechos a una medida que encaja mejor con los colectivos que tradicionalmente tienen el poder que con aquellos que sistemáticamente se quedan en sus márgenes. También están ahí para que no olvidemos que el origen social condiciona, y que no se trata solo de ver la obviedad de que un niño o niña que se esté criando en la Cañada Real tendrá muy difícil llegar a cursar estudios posobligatorios, sino de entender cuestiones más sutiles, como el hecho de que nuestros deseos, decisiones o aspiraciones no se forman desde la nada, sino de acuerdo con lo que tenemos y con quienes socialmente somos. Desde este punto de vista, las ciencias sociales afinan conceptos grandilocuentes como la libertad, la agencia individual o, por supuesto, la meritocracia. No hay escapatoria: modular el optimismo del individuo triunfante es ser —tampoco en este caso hay duda— una aguafiestas.

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En un mundo que alberga terraplanistas o antivacunas, que existan en él escépticos de las ciencias sociales es casi lo de menos. Si hay quienes no creen en la física o en la epidemiología, no vamos a esperar que no haya quienes piensen, por ejemplo, que los condicionantes de clase social o género son cosa de sociedades pasadas y menos abiertas que las nuestras o de sectores de población más vulnerables de los que muchos y muchas no nos sentimos parte. Si se puede negar hasta la existencia de un virus devastador, cómo no hacerlo con la importancia de un enfoque emocional a la hora de afrontar el currículum de matemáticas, por ejemplo, o con una historiografía que nos advierte de que antes de la edad contemporánea en el planeta Tierra no existían las naciones.

En todo caso, lo que sí diferencia al escepticismo que causan las ciencias sociales de otras sonadas negaciones es su transversalidad, amplitud y legitimidad. Seguramente sea ingenuo esperar que la ciudadanía de a pie se tome en serio sus aportaciones si nuestros representantes públicos las maltratan y minusvaloran de forma tan habitual. Cómo entender que no todas las vidas son igual de libres ante una machacona insistencia en la libertad; cómo desencializar identidades a base de trabajo historiográfico si una fiesta nacional basta para situar nuestra existencia casi inmutablemente desde siglos atrás; cómo entender que se siguen filtrando múltiples desigualdades de género cuando ciertas iniciativas, indefectiblemente, son tachadas de adoctrinamiento.

Con todo, estaría bien no tirar la toalla y aspirar a un debate público y político más responsable que incorporara a las ciencias sociales como lo que son: disciplinas académicas que investigan, reflexionan y, sobre todo, que aportan un conocimiento especializado que debería tenerse en cuenta. Por supuesto, no se trata de aspirar a un imposible, y seguramente poco deseable en democracia, consenso ideológico, sino de situar los debates partiendo de supuestos que, por un mínimo rigor, no pudieran ser discutidos. Porque no a todos tienen que afectarnos de la misma manera las desigualdades de clase u origen social, no todos tenemos que sentir ciertas identidades con similar intensidad o tampoco tenemos por qué preocuparnos de un modo idéntico por el sexismo. Es evidente que hay partidos que defienden una idea de nación unitaria frente a otros que la piensan más plural; algunos que propugnan un modelo de Estado más reducido frente a otros que abanderan un sector público fuerte; o partidos para los que las políticas de género son dinero mal invertido frente a otros que son capaces de apostar por la importancia de cambiar las luces de los semáforos para que dos mujeres puedan darnos el paso.

El papel del Estado, la noción de justicia, la organización territorial, la importancia de lo identitario, la funcionalidad o disfuncionalidad de las desigualdades, así como un largo etcétera, tienen respuestas múltiples, ideológicas y diversas. Pero hay evidencias que no deberían ser cuestionadas y que habrían de salir de la continua discusión ideológica para entrar en el debate público en función de lo que son: datos valiosos aportados por las ciencias sociales que estaría bien no negar, cuestionar o, peor aún, ridiculizar. Porque te puede gustar mucho España y pensar que un referéndum de autodeterminación en Cataluña sería un peligro mayor, pero no se puede afirmar que la nación española viajase en carabela en el siglo XV, porque no existía como tal. Te puede parecer que un sistema capitalista y liberal fomenta el dinamismo y la creación de un talento del que la sociedad se beneficiará conjuntamente, pero no se puede negar que, como señalaban Richard Wilkinson y Kate Pickett en su conocido Igualdad (publicado por Capitán Swing), las causalidades tienen que invertirse: no son los talentos naturales la principal causa de llegar a un destino social más o menos exitoso, sino que más bien es nuestro origen social el que moldea y condiciona nuestro talento. Por último, te puede parecer que no pasa nada por habitar un mundo de mecánicos y esteticistas o de ingenieros informáticos y maestras de infantil (por poner estudios de Formación Profesional y grados que encabezan las cifras de matrícula diferenciada entre hombres y mujeres), pero no se puede negar que las elecciones que tomamos están condicionadas y que la socialización de género perpetúa estereotipos que se reflejan en las decisiones que tomamos como individuos.

Las ciencias sociales son, como se ve, complejas y aguafiestas, pero el día en el que nuestros representantes públicos se las tomen en serio, quizá podamos tener un debate público menos ofensivo, de más nivel y que cause menos sonrojo. No para aspirar al consenso ideológico, sino para pensar ingenuamente que, tal vez, tras los insultos, los latiguillos y las simplezas audaces, nuestros políticos y políticas no están pensando en la descalificación del otro, sino en cómo mejorar nuestras vidas en función de lo que ideológicamente piense cada cual, pero teniendo el mejor conocimiento posible sobre la realidad social, sin menospreciarlo, encima de su mesa de trabajo.

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