Columna
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Contraprogramación autonómica

Toda oposición inteligente no puede apoyarse exclusivamente en la mera negación; debe ofrecer también una alternativa, proporcionar algún elemento constructivo

El presidente del PP, Pablo Casado, en la Convención Nacional del PP, el pasado 3 de octubre, en Valencia.
El presidente del PP, Pablo Casado, en la Convención Nacional del PP, el pasado 3 de octubre, en Valencia.Manuel Bruque (EFE)

Si existiera algo así como un máster para políticos, la asignatura más difícil sería la de Cómo ejercer una oposición eficaz. Primero, porque hay muchos estudios de caso, pero poca teoría general; segundo, porque, por eso mismo, es muy difícil aplicarla; y, en fin, porque, como casi todo en política, no hay forma de llegar a conclusiones definitivas, a leyes generales que permitan orientarse a quienes se ven en esa triste tesitura. Por eso mismo sorprende cada vez más el aplomo con el que el PP se ha enrocado en lo que en ese curso imaginario aparece bajo el epígrafe del paradigma del no es no. No ya porque se bautizara a partir de su inspirador, Pedro Sánchez, su enemigo reconocido, sino porque ignora una de las pocas enseñanzas que cabe obtener de toda esa ristra de estudios de caso; a saber, que toda oposición inteligente no puede apoyarse exclusivamente en la mera negación de cuanto hace el Gobierno; debe ofrecer también una alternativa, proporcionar algún elemento constructivo. Algo en la línea de “estoy en contra de esto porque pienso que es mejor esto otro”.

Por el contrario, hasta ahora todo lo que ha propuesto la oposición ha sido algo parecido a “estoy en contra de cualquier medida que altere el statu quo”. Si se busca cambiar la educación, cuando nosotros lleguemos al Gobierno volverá donde estaba; si se busca resolver la cuestión catalana, la retrotraeremos donde la dejó Rajoy; y así con todo: eutanasia, políticas de género, vivienda, etcétera. Parecen no haber caído en la cuenta de que si la gente hubiera querido que todo siguiera igual les habrían dado la mayoría. Resulta, sin embargo, que en las últimas elecciones generales han elegido mayoritariamente a partidos que apostaban por el cambio. ¿Cuáles son las transformaciones que ustedes proponen?

Todo esto viene a cuenta de las medidas sobre vivienda presentadas por el Gobierno, que han sido recibidas con una destemplada reacción por parte de los representantes del PP. Por las muchas atribuciones que se reservan en esta materia a las comunidades autónomas y ayuntamientos, les ha faltado tiempo para decir que allí donde están al frente de estas unidades de poder territorial no aplicarán ninguna de las disposiciones de la ley. Como si con eso desaparecieran los problemas de los jóvenes —y los no tan jóvenes— a la hora de buscar piso. ¿Cuál es su alternativa, que todo siga como estaba?

No parecen haber caído en la cuenta, además, del peligro asociado a enfrentar políticas nacionales a políticas territoriales. Hasta ahora se les llenaba la boca despotricando en contra de Cataluña o Euskadi por buscar sus propias regulaciones. Ahora les parece natural que Madrid y otros lugares hagan lo propio. ¿Cómo encaja esto con su visión de España? Si están a favor de un federalismo negativo, aquel caracterizado por acentuar las disensiones con el centro, díganlo abiertamente. Están en su derecho de discrepar con dichas medidas, siempre discutibles, pero sepan que se encontrarán con la misma medicina cuando les toque gobernar. Peor lo tienen los inversores, que a partir de ahora tendrán que ponderar siempre el posible color político futuro de cada lugar. Es decir, menor seguridad jurídica y mayor asimetría entre comunidades. Esto se hubiera evitado con un pacto de Estado de mínimos, pero ya sabemos que eso es tabú en la política española. Y es lo más parecido a privarse de cualquier visión de futuro.

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