COLUMNA
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Aunque se haya descrito como romántico

No todos son los tipos más divertidos de la historia y las personas más tristes que hayamos conocido, pero sí necesitan un libro para explicarse y explicarnos de vez en cuando

Javier Giner, autor del libro 'Yo, adicto'.
Javier Giner, autor del libro 'Yo, adicto'.Caterina Barjau / EL PAÍS

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“Aunque me haya descrito como romántico, he dejado de buscar el amor y he aprendido a dármelo yo. Como es evidente, esta conjunción hace que ya no folle, ni de lejos, tanto como antes. Pero follo muchísimo mejor”. Esto es parte del largo, divertido y duro monólogo (casi se diría que interior) con el que el escritor Javier Giner termina un libro, Yo, adicto (Paidós, 2021), en el que desmenuza con singular talento su adicción a las drogas y al sexo hasta 2009, año en el que decidió dejar de drogarse (bien y mal) y empezó a follar casi siempre bien. Es un libro útil, si tal cosa existe pues casi todos los libros, sobre todo los infumables, tienen una utilidad. De este se agradece que no lo sea (infumable) y que su utilidad tenga carácter público, como cualquier confesión que se cuente uno desnudo al espejo. Se agradece también la honestidad, sobre todo la más difícil de todas: la que tiene que ver con uno mismo. Y se agradece la ausencia de órdenes, mandatos, directrices e imposiciones morales; el autor ha vivido lo que ha contado, y quien quiera que tome nota. En tiempos de sacerdocio, esos en los que de todo lo que te pasa a ti se extrae una lección universal, se agradece, por último, lo crudo. Yo, adicto es crudísimo. Tanto que uno puede cocinarlo como quiera.

Apunto una frase de otro tipo del cine, Álex de la Iglesia, hace unos días en una de esas tardes de julio en las que lo único que hay que hacer en Madrid es esperar a morir. Hablábamos de alguien ya fallecido, y él dijo rememorándolo, pues lo había tratado varios años: “El tipo más divertido de la historia y la persona más triste que he conocido”. A veces pasa eso y a veces, también, es lo único que pasa. No sólo hay que ser inteligente para disfrazarlo, sino también los de alrededor tienen que estar listos para detectarlo. Una de las mejores amigas que hace Javier Giner en la clínica se llama Lola. Ella conversa con él: “Los hombres ya no son mi prioridad”. “Y en qué te vas a centrar”, dice él. “En las pollas. ¿No te jode mogollón la peña que sonríe todo el rato, como si estuviera contenta?”. “No te lo puedes ni imaginar. Entonces, ¿cuál es tu problema?”, pregunta él. Ella: “Que no soy capaz de dejar de intentar matarme, supongo”. Más adelante ella confiesa: “Siempre me ha atraído la gente”, y él contesta: “Eso es bueno. Eso significa que eres misántropa pero no suicida”.

Hay en toda escritura una necesidad superflua, que es la de inventariarlo todo, y no va más allá de lo que hace cualquier tendero con sus albaranes. A menudo pienso en el folio escrito y no veo más que las facturas impagadas del escritor consigo mismo. O sea: un pulcro desastre y una vecindad arruinada por el silencio, como en Amstetten. No todos los payasos rompen a llorar al llegar al camerino, pero sí todos los payasos acaban lavándose la cara para salir a la calle. No todos son los tipos más divertidos de la historia y las personas más tristes que hayamos conocido, pero sí necesitan un libro para explicarse y explicarnos de vez en cuando, y qué haríamos (y dónde estaríamos) sin libros como el de Javier Giner y sin autores como él, que cuentan lo que hay dentro de la hoguera. Escritos sin condescendencia y sin juicio, sólo los hechos probados que concluyen en un pequeño aprendizaje fundamental, que tiene tanto que ver con buscar el amor como dárselo a uno mismo.


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