¡sí-se-puede!

Confesiones de un adicto: “Nadie se autodestruye porque quiere. Nadie, jamás”

En ‘Yo, adicto’, uno de esos libros descarnados, el cineasta Javi Giner sangra hasta la última gota al contar cómo se reconstruyó tras años de adicción a las drogas

Javier Giner, autor del libro 'Yo, adicto'.
Javier Giner, autor del libro 'Yo, adicto'.Caterina Barjau / EL PAÍS

Javier Giner, cineasta bilbaíno y el hombre que desde hace años lleva las agendas mediáticas de Penélope Cruz y Pedro Almodóvar, está experimentando esta mañana de martes la cara oscura de haber publicado un libro sobre la época más vulnerable de su vida: repetir la historia una y otra vez en entrevistas. “Esto no se lo he dicho a nadie, pero cuando tuve el manuscrito final, llamé a mi editor y le dije: ‘Que sepas que estoy fantaseando con no dar entrevistas, que sea el libro el que se defienda’. En el mundo en que vivimos eso es irreal, a no ser que seas, no sé, Philip Roth”, explica durante una pausa de la promoción, que hace por Zoom desde su piso en Barcelona. “Pero no te puedo negar que es una sensación extrañísima. Llevo dos días haciendo entrevistas de 30 minutos con gente que no conozco y ellos tienen acceso no ya a secretos de mi vida, sino a la parte más oculta. Si lo pienso, me muero del vértigo”.

Esa parte más oculta de su vida es la adicción de Giner al alcohol y la cocaína, así como su rehabilitación, que cuenta en Yo, adicto (Paidós). “Es el proyecto más importante que he llevado a cabo en toda mi vida. No el libro, sino mi reconstrucción personal”, confiesa. No se trata solo de un relato autobiográfico. Es la deconstrucción de una enfermedad, la toxicomanía, no para hacer un manual con su experiencia, sino para convertirla en universal. “Hago un esfuerzo por derribar el estigma del toxicómano, que no es el que va por la calle con la jeringa en la mano. No es el otro, ese que nada tiene que ver conmigo: es una persona profundamente enferma y la realidad de su enfermedad es emocional y psicológica, dos cosas que compartimos todos los seres humanos. Los miedos, las inseguridades, la no aceptación de uno mismo, la ira, la frustración, el malestar… Intento acercar ese prejuicio y decir, ‘en distinta medida, toxicómanos somos todos”.

Los años más oscuros de su adicción se despachan en las primeras 43 páginas del libro, un delirio de autodestrucción, de sesiones de drogas y sexo compulsivo (y créditos al banco para financiarlo todo). Ningún adicto se ve reflejado en las cosas que hace movido por su enfermedad. “Lo comparo con La invasión de los ultracuerpos, con una posesión demoníaca; una forma absurda de explicarlo, pero muy directa. Sigues teniendo tu aspecto, sigues siendo tú, pero el resto ya no tiene nada que ver con tu identidad”, explica el autor. “Uno de los grandes dramas de esta enfermedad es que te convierte en alguien que hace cosas en las que ni siquiera te reconoces. Intento incidir mucho en eso en el libro: nadie se autodestruye porque quiere. Nadie, jamás”.

El resto del libro, casi 500 páginas, recoge los días de 2009 que Giner pasó en una clínica de rehabilitación, su resistencia a enfrentarse los vacíos que le condujeron al abismo, la convivencia con otros toxicómanos en los que aprende a verse a sí mismo (y nosotros con él), el pánico a la vida. “Tuve que aprender que ese proceso no me iba a convertir en alguien que no era yo, sino que justamente, si salía de él con éxito, era convertirme en el yo más auténtico que he tenido en mi vida”, confiesa. “Hay un momento revelador: en la clínica, desde que llegué, firmaba con una especie de burruño que no se entendía nada. Anaís, mi educadora social, me dijo, ‘chico, es que no se ve tu nombre’. En ese momento, empecé a firmar como Javier Giner, hasta el día de hoy. Javier. Giner. Entré en esa clínica como un burruño sin identidad, y salí con un nombre y un apellido: los míos”.

El final, su exitosa desintoxicación, no solo hace del libro algo más luminoso: lo convierte en un testimonio importante. “Cuando esto haya pasado, cuando este artículo esté publicado, volveré a mi clínica, a decir: ‘chicos, llevo 12 años sobrio, de esto se puede salir’. Cuando ingresas, las únicas personas que vuelven son las que recaen. El mensaje que estás recibiendo es: ‘vuelve otro, vuelve otro, vuelve otro”, explica. “Es importante que esas personas sepan lo que digo en el libro. Vas a encontrar 1.500 obstáculos, vas a sufrir como un perro. Pero de esto se puede salir”.

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