Tribuna
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Podemos y el 15-M

A la protesta de las plazas le sobraba democracia y faltaba dirección y la formación de Pablo Iglesias capitalizó el profundo malestar social

Acampada en la Puerta del Sol de Madrid vinculada movimiento 15-M, en mayo de 2011.
Acampada en la Puerta del Sol de Madrid vinculada movimiento 15-M, en mayo de 2011.Cristóbal Manuel

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En un reciente libro, cometí un grave error formal. Nada menos que cargué sobre Jovellanos la responsabilidad de haber calificado a Godoy de “infame”, cuando en realidad lo llamó “monstruo”. Más que infame. Pero en una sociedad de la comunicación asentada sobre las técnicas del marketing y en el tuit, reacia a servirse de la argumentación, hay pocas expectativas de que lo puntual sea juzgado en el marco de un análisis de conjunto. Y lo que vale para el debate cultural, vale también para la política.

Tenemos un ejemplo en el tratamiento de la reciente conmoción causada por las elecciones madrileñas y el cambio en la alianza gubernamental, con los abandonos de Pablo Iglesias, primero de la vicepresidencia y luego en sus palabras de la política (como en el canto de la virgen tebana en La corte de Faraón, “si él lo dice, así será”). Fueron múltiples los comentarios sobre estos episodios, aunque sin aprovechar la ocasión deparada para hacer balance, ante el inicio de un nuevo ciclo político con también nuevas posibilidades y tensiones. Y ese balance es posible, en lo que concierne a las estructuras de comportamiento de los dos protagonistas políticos, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

Especialmente del segundo, que ha dado prueba de una impresionante coherencia en su modo de hacer política. Iglesias parece un autómata programado en sus pautas de actuación, para aplicar siempre la misma lógica, aun cuando como buen actor la revista de nuevo look —moños y coletas—, gestos y condenas bíblicas contra los adversarios. Es decir, la rigidez ideológica de fondo, un maniqueísmo sin matices, asentado sobre la pretensión de veracidad propia de las falsas evidencias, se reviste de otro tipo de actuación, esta dinámica y vuelta hacia el exterior, tratando siempre de afirmar su primacía, en una representación permanente de tipo teatral. No es que la mona se viste de seda y mona se queda, sino que se queda igual a si misma desplegando mil vestidos y mil caras. Todo ello carecería de importancia, de no intervenir la carga de agresividad inherente a su concepción dualista de la política y a su ansia de promoción personal.

Al abordar el personaje desde este doble ángulo, entenderle es fácil; de otro modo, te envuelve con su retórica. A lo largo de 2019, las reservas de Pedro Sánchez a su presencia en el Gobierno demuestran que conocía muy bien a su eventual socio. “No iba a dormir tranquilo”, lo cual indica que no intervenía una simple oposición ideológica, sino que iba a encontrarse en un estado de inseguridad permanente, por las iniciativas, ocurrencias y salidas de tono propias de la táctica del cuco de Iglesias. Ser aliados no lo resolvía, porque la noción de lealtad no existe en un político heredero de la Tercera Internacional, para quien el acuerdo va unido a la exigencia de imponerse al aliado, anulando su imagen, y a largo plazo su existencia.

Ningún ejemplo mejor que el espectáculo de la renuncia por Iglesias a la vicepresidencia, logrando hacer invisible ese día la importante visita de Sánchez a Macron, de cara a la opinión española. Ahora no cabe excluir que en una falsa salida de la política, con el peón pasado de Podemos en el tablero de Sánchez, tal juego se refuerce, si como es previsible Iglesias retoma el camino de la videocracia. “No hubo más remedio”, me confesaba una amiga socialista después de firmarse el acuerdo de gobierno. Los números y la previa espantada de Rivera lo hicieron inevitable. El coste también fue inevitable, aunque Yolanda Díaz en Trabajo haya demostrado que la tradición realista de Comisiones permanece viva en su campo de gestión.

Es una opinión extendida que Podemos constituía la expresión política del 15-M. Más bien debería decirse que Podemos capitalizó el profundo malestar social y político del 15-M. Recuerdo a mi colega Monedero en una noche de la Puerta del Sol, cargado de papeles, sin duda para proporcionar carga ideológica al movimiento, pero por su intervención en la ruidosa asamblea de Abtao tras las elecciones europeas, sabemos que no salió satisfecho. Al 15-M le sobraba democracia y faltaba dirección.

Días después del estallido social de 2011, utilicé en estas páginas la metáfora del nuevo Job que se cansa por fin de aguantar las tropelías de los falsos dioses, tanto PP como PSOE, si bien por su acefalia corría el riesgo de ir hacia el caos o hacia una nueva opresión. Era una advertencia tomada de Gene Sharp. En tal encrucijada, los fundadores de Podemos tuvieron el acierto de elaborar una respuesta a la demanda social, incorporando las más que justas reivindicaciones populares, solo que desde una visión política previamente establecida, al servicio de la estrategia leninista de Pablo Iglesias.

La cuestión es clave para la trayectoria de Podemos, que incorpora formalmente la exigencia de democracia efectiva del 15-M, desde unos planteamientos que la niegan, los del grupúsculo antisistema Contrapoder, surgido en la Facultad de Políticas hacia 2005. Sus líderes, Pablo Iglesias y Monedero, vienen de un comunismo en crisis, el primero desde los movimientos antiglobalización, con su carga de violencia nunca abandonada. Más Anguita. Nada de democracia representativa, su conquista de la Facultad partió de los escraches violentos contra políticos del centro-derecha. La democracia era campo de lucha, el horizonte su superación a lo Chávez. La meta, central desde entonces para Pablo, es la obtención de un poder sin concesiones al pluralismo. Lo lograrán entonces mediante la colaboración de autoridades académicas. Y la minoría activa suscribía toda ruptura con el orden establecido, fraternizando así con los grupos pro-ETA: el acto fundacional de Contrapoder fue un homenaje al terrorista De Juana Chaos y en los boicots actuaron juntos. La amistad con Bildu tiene antecedentes,

El primer boicot para impedir la conferencia de una diputada centrista, al grito abertzale de “vosotros fascistas, sois los terroristas”, fue la ocasión para que el joven Iglesias pusiera en marcha su inversión del lenguaje, al modo del Arbeit macht frei. Patadas (omitidas) e insultos para callar a un demócrata, eran a su entender algo sublime: un nuevo “gesto de Antígona”. Y la conquista del espacio universitario se afianzaba al extenderse al poder académico, llegando a estas páginas. Visto lo ocurrido hasta las europeas, el ascenso resistible del grupo parecía un remake actualizado de la película La ola de Dennis Gansel.

Una muestra de cómo las innovaciones democráticas resultaban subvertidas por Iglesias, fue la democracia directa digital, importada del Movimiento 5 Estrellas italiano y convertida en cámara de registro por el “centralismo cibercrático” de Iglesias. Señuelo de oferta hiperdemocrática para la captación de masas, mando único y exclusiones luego: ahí reside la crisis de UP. Por eso Iglesias busca otra vía.

Queda por saber el alcance de la contaminación del patrón Iglesias sobre Sánchez, propenso al autoritarismo y a condicionar la elección racional por el marketing. De ahí que el balance oficial de su política sobre la pandemia esté lastrado en su credibilidad por la experiencia de una total subordinación a la imagen del líder, manipulaciones recurrentes incluidas, desde el 8-M hasta el eslogan de que “la alarma es el pasado, la vacunación el futuro”. ¿Cuánto costará la euforia?

¿Y el espíritu del 15-M? Hoy en el Gobierno tiene un solo nombre: Yolanda Díaz. Eso sí, fascinada por Julio Anguita.

Antonio Elorza es profesor de Ciencia Política.

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