EDITORIAL
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La UE ante el espejo Biden

El fondo europeo palidece ante las cifras de EE UU contra la crisis

Christine Lagarde, presidenta del BCE, en su intervención ante el Comité de Asuntos Económicos del Parlamento Europeo.
Christine Lagarde, presidenta del BCE, en su intervención ante el Comité de Asuntos Económicos del Parlamento Europeo.STEPHANIE LECOCQ / EFE

En menos de 100 días desde la llegada a la Casa Blanca, Joe Biden está impulsando un auténtico cambio de paradigma económico. En clave interna, con planes de estímulo de proporciones titánicas que combina medidas de corto plazo y otras más estructurales; en clave global, con una propuesta de armonización fiscal que fije umbrales mínimos para los impuestos de sociedades y competencia recaudatoria nacional clara ante los negocios de las gaseosas multinacionales digitales. La Reserva Federal ha dado también a los mercados señales inequívocas de que seguirá aplicando políticas monetarias ultraexpansivas, desdeñando por ahora los riesgos de inflación. EE UU va a toda velocidad con las vacunas y crecerá en torno al 6% este año. En 2022 el PIB estará ya claramente por encima de los niveles prepandemia. Washington usa toda su potencia de fuego —quizá incluso demasiada, con riesgos de sobrecalentamiento— en una batalla casi a la desesperada contra la crisis, contra el regreso del trumpismo y, en última instancia, contra el declive del imperio americano.

Ese activismo contrasta con la situación en Europa. A este lado del Atlántico la sensación de urgencia parece haberse desvanecido pese a que las cosas no van bien. La UE no recuperará el nivel de riqueza previo a la crisis hasta 2023, con más de un año de retraso respecto a EE UU. El viejo continente arrastra lentitud con las vacunas y la gran estrella de esta crisis, el Fondo de Recuperación, va muy retrasado, pésima noticia para los países más golpeados, en especial Italia y España. El Fondo es un gran paso adelante. Una especie de momento hamiltoniano para Europa, con la posibilidad incluso de que la UE se endeude directamente en los mercados. Pero la demora es realmente preocupante: hasta 10 países no han aprobado aún las medidas acordadas hace casi un año para que ese instrumento viera la luz, y el Constitucional alemán, con su inquietante jurisprudencia, debe pronunciarse sobre la materia. Con el paso del tiempo, el tamaño del Fondo, unos 750.000 millones de euros, parece quedarse corto y palidece ante las cifras estadounidenses.

En paralelo, el BCE, que a diferencia de la crisis de 2008 actuó esta vez con rapidez y en la dirección correcta, ha logrado mantener la calma en los mercados, pero ha gastado siete veces menos que la Fed desde principios de 2020 y sobre todo no ha aclarado aún su estrategia a partir de primavera del año próximo. Se espera una recuperación heterogénea, y eso podría provocar problemas en los mercados de deuda si Fráncfort no deja claro que no tolerará episodios de fragmentación financiera como los que se dieron hace diez años. El contraste entre las dos orillas es pues muy evidente. La UE no puede estar satisfecha con lo logrado hasta ahora. Con las elecciones alemanas en septiembre será difícil dar nuevos pasos importantes. Toca pues implementar cuanto antes lo ya pactado y que los gobiernos estén preparados para dar nuevos impulsos si la recuperación, como es probable, no toma el ritmo potente necesario. No es ahora el momento de preocuparse por el déficit. No cabe complacencia; tampoco catastrofismo: el proyecto común europeo lleva décadas dando muestras de una resiliencia extraordinaria.

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