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Si Iglesias tuviese una escoba

El vicepresidente del Gobierno ha cuestionado la normalidad democrática española y se lamenta de su falta de poder

El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, durante el acto central de campaña de En Comú Podem para las elecciones catalanas del 14-F.
El vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, durante el acto central de campaña de En Comú Podem para las elecciones catalanas del 14-F.Alberto Estévez / EFE

Día a día, empieza a ser más ridículo que inquietante el papel de Pablo Iglesias, en víspera de otro fracaso electoral previsible, por atraer los focos unos minutos a golpe de brochazo grueso, contra la prensa o la democracia misma. Claro que lo suyo se ajusta, de pe a pa, al populismo de manual. Nada de lo que sorprenderse, y tanto menos en campaña, donde hay barra libre con la bendición incluso de sus socios. En La Moncloa parecen relajados mientras ven al PP sufrir entre las andanadas de Bárcenas y la efervescencia de Vox. Así que sí, barra libre.

Al cabo, si un millonario como Trump alcanzó la Casa Blanca denunciando la persecución del establishment, cómo no va Iglesias a denunciar la corrupción del sistema que le convierte en figura necesaria para sanear sus estructuras. Él mismo suele recordar, con sonrojante providencialismo mesiánico, que ni siquiera existiría política de izquierdas de no estar él con los suyos presionando a los seudosocialistas monárquicos del Ibex. También es evidente el paralelismo con el trumpismo design by Bannon en los ataques sistemáticos de Iglesias a la prensa, para declararse víctima de otro establishment. Claro que todo esto aconseja modular las respuestas para evitar el efecto bumerán; Woodward ha analizado bien cómo Trump cultivaba un victimismo ultraeficaz cuando los medios adjetivaban sus fantochadas delirantes. Por ahí van las provocaciones de Iglesias con los exiliados o Navalny.

En las últimas semanas, Iglesias ha planteado que si tuviera realmente el poder arreglaría el conflicto con las farmacéuticas, por supuesto nacionalizando; y también sostiene que arreglaría la factura eléctrica, va de suyo que nacionalizando; y, en esta secuencia, Iglesias ha sugerido que arreglaría los medios, es fácil deducir cómo, y, de hecho, basta con asomarse a La Última Hora para entender su alternativa al sistema liberal determinante en la construcción de la cultura democrática. En definitiva, Iglesias, con el estimulante modelo de Rusia, ha cuestionado la normalidad democrática española; y parafraseando aquello de “si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería” de Los Sirex, se lamenta de su falta de poder. Con una vicepresidencia, cuatro ministerios, abanderando el paquete parlamentario clave con ERC y Bildu... produce cierta vergüenza.

El discurso de Iglesias contra los medios —también Vox, en definitiva dos extremos de un fenómeno común— es, por supuesto, liberticida. No parece raro que Rosanvallon utilice democratura en su ensayo sobre populismo —democracia con tentaciones antidemocráticas— que si seduce al poscomunismo es porque ofrece otro enfoque para atacar la democracia liberal. Desacreditar a los medios, como al país, es clave en su estrategia polarizadora. Si él tuviera una escoba... Y es así porque el periodismo, a pesar de sus debilidades por la crisis del modelo ad driven basado en la publicidad, sigue siendo un instrumento esencial. Al cabo, como decía Anthony Smith, la prensa continuará siempre con su tarea de limpieza de la vida pública, aunque constantemente observará cómo cambia aquello que ha de limpiar. De un tiempo a esta parte hay que incluir, ahí, las tentaciones de la democracia populista. O democratura.

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