Columna
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Lampedusa

No hablo de la isla donde tantas almas perdidas se ahogaron sin tocar tierra de Europa, sino de otro nombre igualmente siciliano que ha sido mi mejor salvavidas en estas olas nuestras que no acaban nunca

El escritor Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en los jardines de su casa en Palermo en 1956.
El escritor Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en los jardines de su casa en Palermo en 1956.CASA DEL LECTOR

No hablo de la isla donde tantas almas perdidas se ahogaron sin tocar tierra de Europa, sino de otro nombre igualmente siciliano que ha sido mi mejor salvavidas en estas olas nuestras que no acaban nunca. Poca gente de la que aún lee libros le negaría a Giuseppe Tomasi di Lampedusa el haber escrito una de las mayores novelas del siglo XX, El gatopardo, trascendental en sí, más allá de la excelente adaptación filmada por Visconti. Pero aunque se dio a conocer tarde y murió pronto, Lampedusa no es sólo el autor de esa obra profunda y amena. El pasado noviembre llegó a las librerías Relatos (Anagrama, traducción de Ricardo Pochtar), que recoge, muy bien anotada, su restante prosa de ficción: el germen prometedor de una novela que no desarrolló y dos textos capitales, La sirena, deliciosa fábula de periodistas, eruditos y la fogosa mujer-pez que los traslada de lo animal a lo sobrehumano, y Recuerdos de infancia, 90 páginas de memorias de extraordinaria viveza que reflejan mundos de ensueño y paraísos desvanecidos. La exploración de las casas habitadas por el Giuseppe niño se convierte en un fascinante viaje interior acompañado de familiares, amigos y mujeres evocadas entre la invención y el olvido, pues como dice al comenzar, “me reservo el derecho de mentir por omisión”.

Esas memorias de Lampedusa no llegaron a las previstas Juventud y Madurez, como alguna de las obras egotistas de Stendhal, figura seminal en su formación de escritor. Por fortuna, además de inventar, Tomasi di Lampedusa dominaba el arte del ensayo conversado, instructivo y humorísticamente divagatorio: sus Conversaciones literarias de literatura francesa, las Lecciones sobre Stendhal o sobre Shakespeare, descubren a un profesor que imparte ciencia con inmensa ocurrencia (y su obra aquí publicada cuenta con muy buenos traductores, Colinas, Monreal, Romana Baena, M. Suárez, Pochtar). La voz de un gran maestro hablando de aquellos que le enseñaron a serlo.

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