Putin pierde terreno en África tras la derrota de sus mercenarios en Malí
Los ataques insurgentes del fin de semana y la caída de la estratégica Kidal evidencian los límites del despliegue de Moscú y dejan a la junta militar maliense sin alternativa

Los ataques terroristas que este fin de semana sacudieron Malí comenzaron tan repentinamente como si alguien hubiera pulsado el interruptor del caos. Bamako, Kati, Mopti, Gao, Kidal… En cuestión de unas horas, la frágil estabilidad que a duras penas mantiene este país del Sahel se convirtió en una crisis abierta. Mientras en Bamako, la capital, los militares seguían buscando a yihadistas y las noticias de la caída de Kidal —una de las plazas más simbólicas del conflicto y cuya defensa estaba en manos de fuerzas rusas— eran cada vez más convincentes, el general Assimi Goïta aseguró el martes que todo estaba “bajo control”. La imagen de calma que proyecta el poder, sin embargo, choca con el avance insurgente en el norte y el repliegue ruso, minando la narrativa que Moscú ha vendido como garante de la seguridad en África.
La presencia de Rusia en Malí se consolidó tras los golpes de Estado de 2020 y 2021, cuando la Junta rompió con sus socios occidentales —principalmente Francia y la ONU— y recurrió a Vladímir Putin. Primero a través del grupo Wagner y, tras su reestructuración en 2023, mediante el Africa Corps, Moscú desplegó combatientes y medios para apoyar al ejército frente a yihadistas y separatistas. La contrapartida para el Kremlin es jugosa: la posibilidad de expandir su influencia geopolítica y, no menos importante, el acceso a recursos naturales como el oro y el litio, en línea con su estrategia de ampliar su presencia en la región del Sahel con un modelo que ha replicado en otros países de África occidental y central. Pero la caída de Kidal, ciudad que ayudaron a tomar en 2023 y que es clave para el control del norte y de las rutas que atraviesan el Sahel, marca un punto de inflexión.
El golpe terrorista del sábado fue perpetrado de manera coordinada por dos enemigos del régimen: el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda y que quiere imponer la versión más radical de la ley islámica en Malí, y los separatistas tuareg del Frente de Liberación de Azawad (FLA), que persiguen controlar el norte, territorio que consideran suyo. Ambos tienen metas bien distintas, pero comparten una: derribar al régimen del general Goïta. La ofensiva, además, pone de manifiesto una capacidad de coordinación operativa poco habitual entre actores con agendas distintas, lo que refuerza su impacto militar y político.

El mismo día en que Goïta compartió su mensaje —un discurso dirigido a la nación a través de la televisión estatal— también fueron difundidas unas fotografías en las que se le ve reunido con el embajador ruso en Bamako. Una imagen que busca transmitir control y continuidad y refuerza la idea de que la alianza con Moscú sigue intacta. Pero la realidad es más frágil. Pese a los bombardeos y al uso de helicópteros de combate para contener a los insurgentes, ni Rusia ni el ejército maliense han evitado el golpe. La ofensiva incluso ha matado al ministro de Defensa, Sadio Camara, y ha obligado a los rusos a retirarse de Kidal.
El motivo de que Goïta quiera transmitir esa imagen de unidad entre Malí y Rusia es que quiere marcar el liderazgo y dejar claro que no hay crisis en la relación con los rusos, explica una fuente diplomática europea a EL PAÍS. “El hecho de que se difundieran las imágenes del líder de la junta militar con el embajador ruso y, paralelamente, el Kremlin publicara un comunicado apoyando a Malí es una narrativa de coordinación entre ambos”, analiza.
Según el FLA, principal actor rebelde en el asedio, en menos de 24 horas los mercenarios rusos fueron atrincherados en un antiguo cuartel de la MINUSMA (la misión de paz de la ONU desplegada en Malí, disuelta en 2023 a petición del Gobierno de Bamako) y aceptaron la derrota. El propio Africa Corps lo reconoció: “En una decisión conjunta con el Gobierno maliense, las unidades del Africa Corps estacionadas en Kidal se han retirado de la ciudad [...] La situación en Malí sigue siendo tensa”. “Hay bajas en nuestras filas”, admitió al día siguiente el viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Gueorgui Borisenko. Moscú no ha dado cifras de muertos ni heridos.
Ulf Laessing, director del programa del Sahel de la Fundación Konrad Adenauer, coincide en que la reputación de Rusia ha recibido un duro golpe. “[Los insurgentes] no encontraron ninguna resistencia en el norte. [Los rusos] se enteraron de que había un ataque en marcha”, dice el experto refiriéndose a Kidal. “Es un golpe para Rusia. No creo que puedan promocionarse fácilmente como proveedores de seguridad en África”, resume.
¿Cuál es el problema del Africa Corps?
Fundado en 2014, el Grupo Wagner, hoy llamado Africa Corps, extendió la influencia rusa por África durante casi una década gracias al don con los negocios y los dictadores de su jefe, Yevgueni Prigozhin. Pero la efervescente popularidad de este hombre de la guerra y su tenso pulso con el alto mando ruso por la dirección de la invasión de Ucrania acabaron por empujar al entonces ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, a ordenar que la compañía fuera tomada bajo control del ejército en 2023.
Aquella decisión marcó un cambio profundo. Wagner, con una estructura flexible y agresiva, pasó a convertirse en una fuerza más jerarquizada, absorbida por el ejército y rebautizada con un nombre inspirado en la fuerza expedicionaria del general nazi Erwin Rommel, Afrika Korps.
La pérdida de Kidal es el segundo gran golpe tras la emboscada de Tinzaouaten en 2024, que costó al menos 80 bajas al grupo paramilitar, según algunas fuentes cercanas, al ser emboscado uno de sus convoyes.

“Las culturas del Africa Corps y de Wagner son catastróficamente diferentes: el Africa Corps es el ejército, con su propia jerarquía”, explica a este periódico un veterano de Wagner que participó en 2023 en la conquista de Kidal, y que responde al nombre de M., lo único que figura en su chapa de identificación. “Sucede lo mismo que en Ucrania: mandos con poca experiencia dirigen a combatientes experimentados”, añade.
Las críticas apuntan a carencias concretas: falta de unidades de reconocimiento, menor iniciativa y un papel centrado en entrenar tropas locales y escoltar convoyes. “Con Wagner se hacían incursiones constantes; cada unidad vigilaba sus áreas de responsabilidad y destruía las concentraciones de milicianos. Trabajaban con helicópteros, unidades y otros vehículos. Los milicianos no tenían descanso; eran puestos a prueba cada dos días. El Africa Corps no hace eso”, resume M. Otro exmiembro coincide: “El ejército no modernizó Wagner; lo convirtió en una unidad más”.
Condenados a entenderse
La ruptura de relaciones no está sobre la mesa porque los malienses no tienen otra alternativa, indica Laessing, ya que la retirada de las tropas francesas y la expulsión de la MINUSMA ha dejado un vacío que solo Rusia ha ocupado, convirtiéndose en el principal sostén militar y político de la junta militar.
Después de los ataques del fin de semana, fuentes diplomáticas describen una situación de “cronificación” del conflicto, con un régimen centrado en asegurar Bamako y dependiente de mantener abiertas las rutas de suministro desde Senegal y Costa de Marfil. “Kidal ha caído y Tombuctú, envuelta en combates, está a punto de caer”, señala una de estas fuentes. “La curva del río Níger marcará la división entre el norte y el sur”, subraya.
Mientras tanto, el asesinato de Camara también ha alterado el equilibrio interno en Malí. El ministro de Defensa, formado en escuelas militares en Rusia, era el contacto principal para el Kremlin. “Él fue quien dio a los rusos la idea de que podían intervenir en Malí, y luego trajo a Wagner”, sostiene Laessing. Ahora, su desaparición genera incertidumbre. “Goïta va a intentar reequilibrar relaciones, pero no romperá con Rusia porque no tiene alternativa”, añade el analista. ”Él era visto como relativamente prooccidental. Se formó en Estados Unidos y Alemania y, por tanto, hay algo de esperanza de que el país pueda volverse un poco más abierto también a trabajar con otros socios como Estados Unidos, que ha ofrecido asistencia contra el terrorismo", sugiere.


























































