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Florence Gaub, ‘futuróloga’ de la OTAN: “Una guerra mundial puede empezar sin que nadie la quiera”

La politóloga francoalemana, que dirige la división de investigación de la Alianza Atlántica, tiene como misión anticipar conflictos para intentar evitarlos

La politóloga Florence Gaub, directora de investigación del Colegio de Defensa de la OTAN, el 20 de febrero en París.Livia Saavedra

Se define a sí misma como la ”futuróloga” de la Alianza Atlántica. Florence Gaub (Múnich, 48 años) dirige la división de investigación del Colegio de Defensa de la OTAN, en Roma. Politóloga francoalemana especializada en prospectiva, estudia tendencias y escenarios para anticipar crisis futuras. Es autora de Futuro: un manual de instrucciones (Oberon). La entrevista se realizó a mediados de febrero en París y se completó ayer, días después del inicio de los ataques de EE UU e Israel contra Irán.

Pregunta. Es especialista en pronosticar crisis. ¿Vio venir esta última?

Respuesta. Esta guerra se ha ido gestando al menos desde comienzos de los años 2000, cuando se descubrió el programa nuclear iraní. Cuando no se resuelve la fuente del conflicto y la capacidad material coincide con la voluntad de actuar, la guerra siempre es solo una cuestión de tiempo.

P. Dice que su historia familiar explica su vocación.

R. Mi abuelo alemán fue piloto de la Wehrmacht. Mi abuelo francés estuvo en la Resistencia contra los nazis. Desde pequeña tuve conciencia de lo que era una guerra y de que los dos países de los que venía habían sido enemigos. Me impresionó que eso siguiera pesando 30 años después. Mi carrera sale de ahí: quise entender cómo una sociedad digiere una guerra, cómo se recompone y, sobre todo, qué puede hacerse para que no vuelva a ocurrir.

P. Entró en la OTAN con solo 31 años.

R. Sí, era muy joven. El puesto exigía 10 años de experiencia, pero buscaban a alguien que hablara inglés, francés y árabe, que tuviera un doctorado y que conociera bien Oriente Próximo. No había tantos perfiles. Supongo que habrían preferido a un señor mayor, pero se encontraron conmigo.

P. No responde al perfil clásico de un experto en defensa. Se inspira en la ciencia ficción, publica cómics futuristas y emplea el humor. ¿Cómo encaja en un sitio como la OTAN?

R. No soy la norma, ni por mi forma de pensar ni por mi aspecto. Pero eso no ha jugado en mi contra. Los militares suelen ser muy prácticos: si una idea puede ayudar a resolver un problema, la escuchan. En la UE, donde trabajé seis años, había un componente más ideológico. La OTAN es más pragmática: su objetivo es la seguridad. Eso me da más libertad intelectual.

P. ¿Por qué se define con un término tan poco ortodoxo como futuróloga?

R. A muchos no les gusta, pero es la manera más simple de explicar lo que hago. Mi trabajo consiste en pensar qué situaciones de conflicto o catástrofe podrían ocurrir en el futuro próximo. Estudio tendencias, señales débiles y relaciones de causa y efecto. La pregunta siempre es la misma: qué debemos hacer hoy para evitar un escenario o inclinar la balanza hacia otro.

P. ¿Con qué horizonte trabaja?

R. En la OTAN hay equipos que trabajan a seis meses y otros que miran 20 años hacia el futuro. Yo estoy en la franja intermedia: entre dos y cinco años. Combino método e intuición. Analizo tendencias de fondo, como la demografía o la crisis climática, con otras más volátiles, como la política. Hay que arriesgar al plantear posibilidades. Un escenario demasiado prudente nunca sirve: hay que mirar siempre lo que pueda salirse del guion.

P. ¿Se equivoca a menudo?

R. Claro, a veces. Lo importante no es acertar siempre, sino entender dónde y por qué te equivocaste.

P. ¿Le duele el ego cuando falla?

R. Hay un breve momento, sí. Con los años he aprendido a salir con mis ideas, no a casarme con ellas. Hay que tener relaciones flexibles con tus hipótesis y soltarlas cuando ya no sirven.

P. En estos años, ¿qué gran crisis no supo adivinar?

R. Groenlandia, sin duda. Fue un punto ciego. Había señales, pero yo no estaba mirando ahí. Hay que saber reconocerlo.

“Vi venir la guerra en Ucrania, pero no lo considero un éxito. Si ves algo y no logras convencer a quienes deberían escucharte, has fallado”

P. ¿Y la invasión de Ucrania, en la que muchos especialistas europeos no creían?

R. La vi venir, pero no porque yo fuera especialmente brillante, sino porque tenía buenos contactos que lo vieron claro. Llegaba a la oficina convencida de que la guerra empezaría ese día mientras mis superiores me trataban de exagerada. Por eso no lo considero un éxito. Si ves algo y no logras convencer a quienes deberían escucharte, has fallado.

P. ¿Y el genocidio en Gaza?

R. No me sorprendió que el conflicto resurgiera. La primera regla es que un conflicto nunca desaparece: se desplaza, cambia de forma y regresa hasta que alguien encuentra una solución. Lo que sí me sorprendió fue el grado de violencia que Israel ha ejercido.

P. ¿Hoy es más difícil adivinar el futuro que en otros tiempos?

R. No sé si es eso. Lo que se ha vuelto más difícil es decidir. Los líderes tienen hoy una cantidad inmensa de información, que circula a gran velocidad y no siempre es fiable. Ese es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

P. Pese a pasar el día imaginando crisis y catástrofes, se declara optimista. ¿Me lo explica?

R. Cuanto más piensas en los peores escenarios, más ves las salidas. Nuestro trabajo no consiste en decir: “Todo va a ir mal”. Lo útil es mostrar que siempre hay margen de maniobra, incluso en situaciones terribles. A veces leo un informe y pienso: “Mierda, estamos jodidos”. Pero incluso entonces, pensar en opciones te da la capacidad de actuar y te devuelve al optimismo.

P. ¿Dónde están hoy los focos que le interesan?

R. El Ártico, el espacio, el ámbito marítimo y todo lo relacionado con la desinformación, los ciberataques o el sabotaje de infraestructuras. La historia militar demuestra que solemos acertar en el lugar de los conflictos y fallar en casi todo lo demás: cuándo estallan, cuánto duran y con qué tecnología se libran. Hay que prepararse para todas las sorpresas.

“Muchas guerras no empiezan con las bombas o los tanques, sino con un fallo de comunicación"

P. Mucha gente teme que la inteligencia artificial sea el gran peligro de nuestra época. Usted no lo ve así.

R. Me preocupa, pero no es el mayor riesgo. La IA sigue planteando, ante todo, un problema de regulación. Lo que más miedo me da es otra cosa: que dejemos de hablarnos entre países rivales, que perdamos la capacidad de entender cómo piensa el otro. Estamos perdiendo empatía estratégica. Y ahí nace el verdadero peligro. Muchas guerras no empiezan con las bombas o los tanques, sino con un fallo de comunicación.

P. ¿El riesgo de una tercera guerra mundial es cada vez más claro?

R. Sí, pero no por los motivos que la gente cree. No es que alguien un día apriete el botón de la guerra, sino que puedes deslizarte hacia un conflicto de este tipo sin que nadie lo quiera: un accidente, una mala lectura, una escalada verbal, decisiones tomadas bajo presión. Muchas veces, se cruza una línea que nadie quería cruzar. Por eso es tan importante invertir en defensa como en diplomacia.

P. ¿Qué ha cambiado con el regreso de Trump?

R. Es un líder que utiliza la sorpresa como método. Su fuerza radica en que ofrece una visión de futuro, aunque sea del todo iliberal. Los movimientos ultras triunfan porque prometen una ruptura. Los partidos tradicionales, en cambio, se limitan a gestionar el presente. Los primeros imaginan un futuro distinto y los segundos prometen que todo seguirá igual que en el presente, una idea en la que casi nadie cree y que ya no moviliza a la población. No han entendido que el porvenir es una idea estratégica.

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