El boyante negocio de vender equipación militar en Ucrania: “Lo que más compran es ropa térmica; ya hace frío”

Los soldados se ven obligados a recurrir a sus familiares para que les compren el material necesario para superar el invierno durante la guerra

Una pareja visitaba el martes una tienda de equipación militar en Kiev.
Una pareja visitaba el martes una tienda de equipación militar en Kiev.Cristian Segura

Las galerías comerciales de la calle Starovokzalna de Kiev están cerradas excepto por tres tiendas. La mayor parte del día no hay luz en Starovokzalna, porque la capital de Ucrania sufre apagones diarios para evitar sobrecargar la red eléctrica, destruida en un 50% por los ataques rusos. Pero estos tres establecimientos pueden permitirse tener generadores gastando diésel el tiempo que sea necesario porque no paran de recibir clientela. Son comercios dedicados a la venta de material militar, uno de los pocos negocios que con la guerra han aumentado sus ingresos. Cerca de un millón de hombres y mujeres sirven en las Fuerzas Armadas de Ucrania y en otros cuerpos de seguridad del Estado. Todos necesitan renovar su equipamiento constantemente. Ir de compras para la guerra es un asunto que se hace en familia.

“El ejército nos da lo que nos da. Es necesario comprar más equipo, pero esto ocurre en todos los ejércitos de mundo”, afirma Alexandr. “En Ucrania es habitual ir con tus padres o con tu pareja a comprar este material, aunque los padres te pagan algo, es la diferencia”, añade este militar de 25 años, nueve de ellos en el ejército, que ahora sirve en un equipo de seguridad de altos mandos.

Las Fuerzas Armadas Ucranias aseguran que un 22% de sus alistados son mujeres. La gran mayoría de ellas no ocupan funciones de combate, están destinadas a unidades médicas o administrativas. Y es en la trinchera, en la primera línea del frente, donde la equipación de los soldados necesita renovarse con más frecuencia. Frente a los probadores de la tienda Miltaryst esperaban tres mujeres el martes. Dentro del vestidor, sus parejas comprobaban si la ropa era de su talla. Olga no podía ocultar su tristeza: Vasil, su amor, salía al día siguiente hacia Bajmut, en Donetsk, el lugar donde ahora se están produciendo los combates más cruentos de la guerra. “Queremos pasar juntos cada minuto que nos queda”, decía Vasil con prisas, mientras pasaba por caja una tela de camuflaje para colocarse sobre el uniforme. A su lado, dos soldados de infantería esperaban para pagar un paquete de termos, vasos y cazuelas de campaña de acero inoxidable.

Ropa térmica para el frío

“Vienen muchos padres o abuelos a comprar, la mayoría de las veces con fotos de lo que necesitan. El material es caro e intentamos hacer descuento a los que tienen menos recursos”, explica Nikolai Shuvaka, dependiente de Frontman. ¿Qué es lo que más compran las familias para sus soldados? ¿Financian lo más caro? “Lo compran todo, ropa térmica, lo que más, ya hace frío”, responde Shukava. El periodista señala la sección de palas plegables y el encargado del negocio responde: “Estas también las compran, y mucho, ¡no sabe las que rompen cavando trincheras!”.

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Los expertos consultados en los últimos meses por EL PAÍS, tanto ucranios como extranjeros, coinciden en que la equipación militar ucrania que aporta el Estado cumple con los estándares de la OTAN. El problema es que este material se está usando a diario en condiciones extremas, y requiere ser renovado. Según un informe de la consultora Kyiv Rising, los ucranios habían gastado de su bolsillo entre febrero y octubre más de 1.000 millones de euros para financiar los equipos de sus soldados. “La cifra es con toda probabilidad mucho mayor”, indicaba Kyiv Rising.

Cada persona en Starovokzalna tiene un recorrido vital marcado por la guerra. Shuvaka es un refugiado de Severodonetsk, ciudad de la provincia de Lugansk que Rusia conquistó el pasado junio. Yaroslav Shamanov era empleado de Militaryst. Una foto suya con un crespón negro preside la entrada: era capitán en el ejército, veterano de la anterior guerra en Donbás; falleció en combate durante la invasión rusa de Ucrania. En el exterior del centro comercial también hay tiendas de material militar, pequeñas paradas al aire libre, cada una con un pequeño habitáculo para resguardarse del frío y de la nieve. En una de ellas trabaja Tatiana Lukasevich. El negocio es propiedad de su hermana: ella tenía un tenderete de souvenirs en el centro de Kiev para los turistas, pero la guerra lo cerró.

El comercio de Lukasevich está especializado en distintivos militares para adherir al uniforme, sean para identificar el rango, el grupo sanguíneo o incluso la especialización del soldado. “Vienen madres y padres con el chico, y con unas caras de pena que debería verlas”, dice Lukasevich. “Se gastarían todo lo que tienen en sus hijos, para que estén bien, para que vuelvan vivos”. El Estado Mayor ucranio no informa sobre el número de soldados fallecidos, pero las autoridades militares de Estados Unidos estimaban que, hasta noviembre, las bajas, entre muertos y heridos, se acercan a los 100.000 en cada bando.

Anna Butzovit llegó el pasado miércoles a Frontman con el encargo de comprar dos pares de guantes y unas codilleras para su marido, que se encuentra en el frente. Entre toda la familia, padres, hermanos y su mujer, preparan un envío de material por correo para que pueda superar los meses de frío.

Las luces de la estación del tranvía que Eugene tiene frente a su negocio son las únicas que iluminan la calle cuando ha caído el sol, a partir de las cuatro de la tarde. Eugene instalaba unos focos que funcionan con baterías cuando atendió al periodista de EL PAÍS. Entre los muchos clientes que han estado en su tienda en el último mes, a quien tiene más presente es a una mujer que le compró dos chalecos antibalas: “Sus dos hijos están en el este y me dijo que los chalecos que les habían dado eran los más básicos, como la mayoría, pero que ella quería los mejores, porque no quería perderlos”.

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Sobre la firma

Cristian Segura

Escribe en EL PAÍS desde 2014. Licenciado en Periodismo y diplomado en Filosofía, ha ejercido su profesión desde 1998. Fue corresponsal del diario Avui en Berlín y posteriormente en Pekín. Es autor de tres libros de no ficción y de dos novelas. En 2011 recibió el premio Josep Pla de narrativa.

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