Berlusconi usa la campaña electoral para lanzar su venganza contra los jueces que le pusieron contra las cuerdas

El tres veces primer ministro, que a sus 85 años aspira a convertirse en senador, pone en duda la independencia de la justicia y dice que miles de personas son detenidas pese a ser inocentes

Silvio Berlusconi junto a Giorgia Meloni y Matteo Salvini en Roma, en 2019.
Silvio Berlusconi junto a Giorgia Meloni y Matteo Salvini en Roma, en 2019.Andrew Medichini (AP)

El 26 de enero de 1994, un apenas conocido Silvio Berlusconi pronunció una frase que se emitió en todos los canales italianos y que cambió la historia del país “Italia es el país que amo”. Fue su primera gran incursión en la política nacional, que él mismo bautizó como la “entrada al campo”, a un terreno de juego que no ha abandonado en casi 30 años. Berlusconi arrasó en aquellas elecciones en un país todavía aturdido por el escándalo de corrupción Mani pulite (Manos Limpias), que borró del mapa a los principales partidos y que obligó al resto a reinventarse. En ese momento, Berlusconi supo ser el hombre adecuado en el momento apropiado y destacar con un lenguaje nuevo en medio de una oferta política completamente fragmentada.

En la encendida campaña electoral para las elecciones del próximo 25 de septiembre, Il Cavaliere —con 85 años y todavía en activo como presidente del partido conservador que fundó, Forza Italia— vuelve con la misma puesta en escena de 1994 para presentarse como cabeza de lista de su formación. Pero ahora arrastra innumerables cuentas pendientes y un cierto aroma a venganza por los contratiempos políticos y judiciales de los últimos años.

El magnate ha desempolvado sus viejos caballos de batalla y ha destapado sus ansias de revancha para sus grandes causas perdidas. Esta semana, en sus “píldoras del día” —vídeos de campaña que publica en las redes sociales: los anuncios electorales se prohibieron en televisión hace 22 años para evitar que Berlusconi inundase los canales de Mediaset con propaganda electoral—, el tres veces primer ministro de Italia y ahora eurodiputado ha cargado contra la justicia, una de sus grandes cruzadas personales. Y ha prometido que si la derecha gobierna, las sentencias de absolución no podrán ser apeladas por los fiscales o la acusación. “Miles de personas son arrestadas y sometidas a juicio pese a ser inocentes”, ha lanzado. Ya cuando era primer ministro en 2006 intentó una reforma similar, que fue rechazada por el Tribunal Constitucional.

En esta campaña, Berlusconi también ha expuesto sus anhelos de revancha en el Senado, de donde fue expulsado hace nueve años tras la condena por fraude fiscal, lo que marcó su fin en el Parlamento tras 20 años de presencia continua. Y ha anunciado que en las elecciones presentará su candidatura para esta Cámara. “He recibido presiones de mucha gente, también de fuera de Forza Italia, para presentarme”, ha deslizado. “Es una mezcla de venganza y ambición”, lo resume Gianfranco Pasquino, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Bolonia.

“Lo que mejor sabe hacer Berlusconi es campaña electoral. Gobernar es otra cosa. Sigue repitiendo muchas cosas del pasado y una parte de Italia las cree. Vuelca en sus propuestas sus experiencias personales, sobre todo en lo relacionado con la justicia”, opina el profesor Pasquino.

Las palabras de Berlusconi han provocado una tormenta de críticas entre los jueces, magistrados y fiscales, un colectivo que siempre ha estado en su punto de mira. Roberto D’Alimonte, politólogo y profesor de la Universidad Internacional Libre de Guido Carli de Roma, donde fundó el Centro Italiano de Estudios Electorales (CISE), cree que las propuestas del líder de Forza Italia “reflejan su idea de que la justicia está en manos de magistrados que quieren usarla con objetivos políticos” y apunta que Berlusconi quiere “limitar el poder de los jueces”.

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Berlusconi tiene a sus espaldas un abultado historial de causas judiciales por motivos de todo tipo, con un reguero de investigaciones, imputaciones, apelaciones y absoluciones. En su fichero también consta una condena de cuatro años de prisión y cinco de inhabilitación política por fraude fiscal por la compraventa de derechos de películas para Mediaset. La pena se redujo a un año por aplicación de una ley de indultos de 2006, impulsada por su propio Gobierno, y el magnate italiano no tuvo que ir a la cárcel por su edad. Posteriormente, conmutó el castigo con un año de servicios sociales cuidando a ancianos en una residencia. En 2018 un tribunal de Milán lo rehabilitó para la política.

Las acusaciones de haber promovido leyes y reformas judiciales para favorecer sus intereses privados han sido una constante en la trayectoria del magnate. En contrapartida, siempre se ha sentido perseguido y se ha presentado como víctima de un “injusto encarnizamiento judicial”. “Su insistencia sobre las cuestiones relacionadas con la justicia tiene que ver con su historial personal. Desde siempre se considera una víctima y nunca ha perdonado a sus presuntos perseguidores”, señala Marco Tarchi, catedrático de la Escuela de Ciencias Políticas Cesare Alfieri, de la Universidad de Florencia. Y agrega: “A esto se añade el hecho de que su edad le hace hablar libremente, sin inhibiciones. Sin embargo, no creo que sus aliados —especialmente la ultraconservadora líder de Hermanos de Italia, Giorgia Meloni, favorita en las encuestas— le sigan en esta polémica. Por el contrario, creo que están preocupados por el efecto bumerán que podrían provocar estas declaraciones precipitadas”.

Revancha en el Senado

“Presentarse al Senado es un modo de demostrar a los italianos que su expulsión fue un error, una elección política. Busca una revancha sobre aquellos que lo expulsaron”, valora D’Alimonte. Los medios en Italia señalan que el líder de La Liga, Matteo Salvini, lo convenció para que su partido contribuyese a tumbar el Gobierno de Mario Draghi al ofrecerle la presidencia del Senado. “Como presidente del Senado, segundo cargo del Estado, él partiría de una posición más favorable para ser elegido presidente de la República, su gran sueño que nunca ha abandonado”, señala D’Alimonte.

Para Berlusconi, la caída que él propició de Draghi suponía una oportunidad política, pero también tenía un componente de venganza. El primer ministro que más tiempo ha estado en el poder en la Italia moderna siempre se ha jactado de que fue él quien colocó al prestigioso economista al frente del Banco de Italia y no le perdona que no acudiera en su auxilio cuando fue forzado a dimitir como primer ministro en 2011 después de que la Unión Europea y los mercados pidieran su cabeza al entonces presidente de la República, Giorgio Napolitano, a cambio de tender la mano a una Italia en quiebra. “No creo que Draghi fuera su objetivo, pero Berlusconi piensa que los demás han sido poco generosos con él: es un rasgo psicológico constante en él. Y, por supuesto, la popularidad de la que ha gozado Draghi no puede sino despertarle celos, otro sentimiento que prodiga a cualquiera que esté en el foco mediático”

Uno de los grandes sueños incumplidos de Berlusconi es convertirse en presidente de la República. Lo ha intentado, sin éxito, en varias ocasiones, la última en enero de este año. Ahora, en plena campaña electoral, ha vuelto sobre el tema y ha propuesto una reforma constitucional de la Jefatura del Estado para que se elija por sufragio directo de los ciudadanos frente al sistema actual, que recae en el Parlamento. Además, ha deslizado que si esta reforma se concretara, el actual presidente, Sergio Mattarella, debería dimitir.

La idea de una renuncia de Mattarella, que en enero anunció que seguía en el cargo a regañadientes por la falta de acuerdo en el Parlamento para hallarle un sucesor, fue criticada por el resto de fuerzas políticas rivales.

El magnate octogenario, que cumplirá 86 años cuatro días después de las elecciones, concurre a los comicios en la coalición de derechas, favorita en las encuestas, con dos partidos ultraderechistas, La Liga y Hermanos de Italia, que le adelantan en intención de votos. La alianza ya ha explicado que si ganan las elecciones será el partido más votado del grupo el que proponga el nombre del primer ministro. Aunque Berlusconi, a priori, no tenga opciones para ello, ya que los sondeos le dan en torno al 9%, su papel, rodeado de ultras, puede ser crucial. “Berlusconi representa el ala más europeísta, tiene una función importante, la de mitigar el antieuropeísmo de Meloni y Salvini; tiene la misión de mantener la coalición anclada a Europa”, explica Roberto D’Alimonte.

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