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LA BRÚJULA EUROPEA ANÁLISIS i

Claves históricas, institucionales y culturales de por qué Italia ya tiene Gobierno y España todavía no

El país transalpino se caracteriza por la flexibilidad, y también por la volatilidad política; el ibérico, por una mayor rigidez y coherencia

El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, habla con el presidente español en funciones, Pedro Sánchez, en una imagen tomada en mayo en Bruselas.
El primer ministro italiano, Giuseppe Conte, habla con el presidente español en funciones, Pedro Sánchez, en una imagen tomada en mayo en Bruselas. REUTERS

Dos crisis políticas se han desarrollado en dos orillas del Mediterráneo este verano. La italiana, estallada a mediados de agosto, ya se ha encauzado; la española permanece bloqueada desde el 28 de abril. ¿Por qué Italia ha sido tan rápida y España no? La yuxtaposición de ambas situaciones pone en evidencia algunos rasgos definitorios de estos universos políticos tan lejanos pese a una matriz cultural común.

Italia se distingue por una notable capacidad de diálogo entre fuerzas políticas, una flexibilidad y pragmatismo que han forjado soluciones a menudo originales pero casi siempre volátiles e inestables. Decenas de Gobiernos se han sucedido desde el restablecimiento de la democracia en 1945. España se ha distinguido en su primera fase democrática por una alta estabilidad, pero ahora no metaboliza de forma eficiente la fragmentación parlamentaria.

Factores históricos, culturales e institucionales justifican estas diferencias.

La Constitución republicana italiana y su sistema electoral promovieron desde el año 1945 una notable fragmentación parlamentaria que ha obligado al sistema a engrasar su capacidad de diálogo y de búsqueda de compromisos; la figura del presidente de la República —un cargo con claro vigor democrático— ha desempeñado a menudo el papel de eficiente facilitador de acuerdos; la experiencia compartida de la resistencia al fascismo (con brigadas democristianas, liberales y comunistas) ha propiciado desde el amanecer de la República un marco referencial común, y la presencia de católicos en todo el arco parlamentario ha funcionado como canal subterráneo de resolutivo diálogo entre las partes.

España, en cambio, ha tenido un sistema electoral que ha propiciado durante décadas el bipartidismo; un jefe del Estado no habilitado a jugar el mismo papel de mediador que su homólogo italiano; una historia reciente que ha propiciado una política de bloques rígidos en vez de fluidez.

Concurren además, probablemente, factores de índole psicológica y cultural, aunque estos sean más difíciles de objetivar. Ambos países son muy diversos y albergan diferentes matices culturales y sociales en su interior. Pero hay denominadores comunes. La dulzura del escenario natural italiano es el punto de partida de una línea que abarca Rafael y Botticelli, la elegancia del design italiano, plazas principales de forma redonda u oval y una actitud vital que busca soluciones no a través del choque, sino más bien a través de la maniobra. Los serios paisajes de la meseta castellana conducen a una austeridad plasmada en ciertos cuadros de Goya o Velázquez, en tantas plazas cuadradas en tantas ciudades, en una actitud humana a menudo directa y valiente, pero a veces ineficazmente obstinada. Hasta los colores de las respectivas banderas parecen enviar un mensaje: gentiles los italianos, fuertes los españoles.

Cabe notar que en las actuales circunstancias el acuerdo que ha permitido formar Gobierno en Italia no era políticamente más fácil que el que se intenta construir en España. La animosidad entre Movimiento 5 Estrellas (M5S) y Partido Democrático ha sido máxima en los últimos años. La distancia entre el propio M5S y la Liga —anterior Ejecutivo— era abismal: los primeros, defensores de los intereses del empobrecido Sur; los segundos, del rico Norte.

En España, en cambio, la cercanía ideológica entre PSOE y Unidas Podemos es evidente, aunque otros factores añaden sin duda presión de enorme dificultad.

Puede argüirse, a la luz de la breve vida de tantos Gobiernos italianos, que semejante tipo de flexibilidad no sirve para mucho. Pero cabe apreciar la voluntad de buscar compromisos y evitar volver a los electores para decirles que votaron mal y que, por favor, vuelvan a hacerlo mejor.

Estas divergencias —además de razones de competencia geopolítica y comercial— explican quizá la escasa colaboración política entre ambos países, pese a los muchos intereses compartidos y a la sintonía a veces extraordinaria entre ambos pueblos.

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