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Cicatrices de una frontera sangrienta

La matanza de miles de haitianos en los años 30 aún sobrevuela Dajabón, el mayor cruce entre República Dominicana y Haití, marcada hoy por el tráfico legal e ilegal de productos y personas

Personas cruzan desde Ouanaminthe, Haití, hacia el Mercado Fronterizo en Dajabón, República Dominicana. Ver fotogalería
Personas cruzan desde Ouanaminthe, Haití, hacia el Mercado Fronterizo en Dajabón, República Dominicana. EL PAÍS
Dajabón (República Dominicana)

El general Rafael Betances tenía la costumbre de pasarse las manos por la cara. Era el típico gesto de cansancio o de calor, pero cada vez que los vecinos de Dajabón veían como se levantaba las gafas para arrastrar sus manos desde la frente hasta el mentón, había un murmullo: “se está quitando los fantasmas de los haitianos que ha matado”.

En una casita del lado dominicano de la frontera con Haití, Nancy Betances, 67 años, recuerda que su abuelo la sentaba en sus piernas cuando se reunía con sus amigos a contar historias de aquella época. Su abuelo, de origen alemán, blanco y de ojos azules como su nieta, fue uno de los militares enviados a Dajabón (87.000 habitantes) por el dictador Rafael Trujillo en 1937.

La frontera fue la avanzadilla de una terrible limpieza étnica ejecutada contra los haitianos en todo el país vecino. En apenas un mes, de septiembre a octubre, las tropas dominicanas asesinaron a casi 20.000 haitianos, convertidos en el enemigo público número uno del régimen racista y homicida que dominó el país durante más de 30 años.

Nancy recuerda que su abuelo le contaba que el dictador amenazó a los militares con asesinar a sus familias si no cumplían las órdenes. La matanza provocó incluso el malestar de EE UU, socio de la dictadura Trujillista, que la calificó como una “campaña sistemática de exterminación”. Nancy recuerda también lo que le decían otros niños en el colegio: “tu abuelo tiraba a los niños haitianos hacia arriba y los pinchaba con la bayoneta”.

Los cientos de cadáveres bajaban flotando por el río que separa ambos países, tiñendo el agua de rojo. El río se llama Massacre, en francés. El nombre es de mucho antes de Trujillo, pero su bautismo también viene de la sangre. Desde que a finales del siglo XVII se convirtió en frontera natural entre las dos colonias, los franceses le pusieron este nombre por las escabechinas entre las tropas españolas y los ladrones de vacas y cerdos, los llamados bucaneros.

En realidad, la matanza del 1937 fijó definitivamente los límites territoriales entre los vecinos. “Además de reforzar la construcción del haitiano como antagonista sobre el que definir la identidad dominicana, también había la intención de detener el comercio agrícola y ganadero haitiano, que iba en aumento. El corte, como se llamó, inauguró la frontera como hecho político”, explica Wilfredo Lozano, sociólogo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

“Antes aquí no había frontera, todos iban de un lado a otro sin problema. Después del 37 muchos se fueron y quedaron los militares como mi abuelo”, añade Nancy, que preside una asociación de comerciantes dominicanos y, en su tiempo libre, dirige también una asociación contra la trata infantil. “Yo me siento en deuda por aquel problema. Los haitianos son seres humanos como nosotros”.

El Massacre, que trasportaba los cadáveres río abajo, es hoy una sucia mancha marrón que apenas llega a las rodillas por donde cruzan haitianos con bolsas en la cabeza o pilas de sillas atadas. Dajabón es uno de los puntos fronterizos más populosos porque alberga dos veces a la semana el llamado mercado binacional. Haití es el segundo socio comercial de dominicana. Representa el 12% total de exportaciones. El camino de vuelta, es de apenas el 3%

Un hombre cruza por el Río Massacre para llegar de Dajabón, República Dominicana a Ouanaminthe, en Haití.
Un hombre cruza por el Río Massacre para llegar de Dajabón, República Dominicana a Ouanaminthe, en Haití. EL PAÍS

Los niños de la calle

Es lunes y a las ocho de la mañana los guardas fronterizos armados con aparatosos fusiles acaban de abrir los portones metálicos de la entrada. Una estampida de gente cruza a uno y otro lado del puente. A pie, en moto, en carromato. Por debajo, más haitianos pasan descalzos por el río. Arroz y manufacturas van para un lado, textiles y animales para el otro.

No todo son mercancías y no todas son legales. “Los días que hay mercado, es más difícil controlar los flujos y no todos vuelven. Se producen situaciones irregulares que son aprovechadas por traficantes. Las personas muchas veces terminan en una situación de sometimiento y violencia. Y los menores son los más vulnerables”, dice Bridget Wooding, directora de OBMICA, un think tank dominicano sobre migración. Por las calles de Dajabón se ven grupos de niños varones, cargando cajas de limpiabotas o con cartones para cubrir los cristales de los coches del angustioso calor caribeño. No hay niñas trabajando en las calles de la ciudad.

“Las redes de prostitución infantil femenina están bien organizadas. Suelen funcionar a pedido. Las menores cruzan de su ciudad de origen con el traficante y son enviadas al destino ya en Dominicana”, dice Carlos Alomia, responsable del programa Hogar de Cristo del Centro Montalvo. La organización jesuita tiene un albergue de paso infantil con 40 literas. Abre de 5 de la tarde a 8 de la mañana del día siguiente.

“Así evitamos los horarios de más riesgo. Suelen ser niños sin familia o con familia en Haití que intentan ahorrar algo de dinero aquí. Están expuestos a explotación laboral y sexual, muchos la tienen ya normalizada. Nos encontramos con niños de 13 años, a quienes al hablarles del tema de la explotación sexual alegan que se cuidan porque usan preservativos”, dice Maireni Santos, psicóloga del centro.

Nancy Betances, frente al Altar Votivo de Dajabón
Nancy Betances, frente al Altar Votivo de Dajabón EL PAÍS

El mercado tiene su epicentro en un edificio de dos pisos distribuidos por cajones de cemento que separan cientos de puestos. Por fuera, la actividad comercial se desparrama como un zoco árabe entre las calles sin asfaltar. Mckencie Eppie atiende un puesto de sandalias y pantalones. Es haitiano, tiene 25 años y lleva desde 2012 trabajando en el mercado. “Me va bien, mis jefes son dominicanos y me cuidan para que no me pase nada malo”. En otro puesto, Rosa Martínez, dominicana, 62, ha venido a buscar calcetines para sus nietos. “Compro algo y me voy. No me gustan nada los haitianos. Cuando llega uno, llegan todos”.

Los registros oficiales dicen que hay cerca de medio millón de migrantes haitianos en República Dominicana. Algo menos de la mitad, en situación irregular. La mayoría trabajan en la construcción o en la agricultura. Los flujos son constantes desde que a comienzos del siglo XX, una sucesión de golpes de estado, asonadas militares —incluida la ocupación estadounidense— y catástrofes naturales arrasaron las instituciones y la economía del país. Haití es el país más pobre de América. 

En otro parteaguas de la relación reciente entre ambos vecinos, el Tribunal Constitucional dominicano negó en 2013 la nacionalidad a casi medio millón de descendientes de migrantes haitianos irregulares. El fallo afectaba a tres generaciones de dominicanos de origen haitiano, hijos en su mayoría de jornaleros contratados durante el último siglo por la industria del azúcar dominicana en condiciones, muchas veces, de semiesclavitud.

“La lógica es: el haitiano es bueno en cuanto trabaja para ti”, apunta Gustavo Toribio, responsable durante 16 años de la coordinación nacional de migración del centro de los Jesuitas. “En las escuelas se nos decía que los haitianos son gente mala y que nos quieren quitar el país. Hay que tener en cuenta que nuestra independencia la proclamamos ante la expulsión de Haití en 1844. Pero lo que no se cuenta, por ejemplo, es que los haitianos nos ayudaron durante la primera invasión estadounidense”.

Toribio es un dominicano negro de 47 años, que hoy dirige un departamento del gobierno estatal. “De todas maneras, en la República Dominicana no se persigue directamente el extranjero, sino al negro. Es más, el dominicano negro es el que más odia al haitiano”. Un ejemplo fácil es el mismo dictador que ordenó la matanza de los años 30: Rafael Trujillo se embadurnaba cada mañana de polvos de talco para disimular su piel mestiza.

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