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Europa se tiñe de inestabilidad

La renovación total de la cúpula de la UE con una Eurocámara sin mayoría clara, una bancada euroescéptica crecida y el Brexit pendiente augura una legislatura complicada

Europa remata este domingo una semana electoral de dimensiones desconocidas, con unos comicios al Parlamento Europeo (425 millones de votantes) que coinciden en varios países con elecciones generales (Bélgica), presidenciales (Lituania), regionales y/o locales (España, Alemania, Rumania, Bélgica, Grecia, Irlanda). A falta de conocerse el reparto de escaños, los análisis apuntan a que Bruselas camina hacia un periodo de inestabilidad y volatilidad política ante la renovación total de la cúpula de la UE con una Eurocámara sin mayoría clara, una bancada euroescéptica crecida y el Brexit pendiente. La Comisión actual no descarta prorrogar su mandato más allá del 1 de noviembre, cuando está previsto el relevo. La negociación del reparto de nuevos cargos se augura complicada.

Elecciones Europeas 2019
Bandera dela Union Europe durante los comicios AP

Pocas veces se han colocado en Europa tantas urnas al mismo tiempo. Y nunca se ha esperado que un escrutinio europeo desencadene una transformación política del continente tan tremenda como la prevista a partir de los resultados oficiales que empezarán a publicarse a las 23.00 de este domingo (cierre de colegios en Italia).

A falta de concretarse el reparto de escaños, el único pronóstico que tienen claro los analistas es que Bruselas se contagiará de la inestabilidad y volatilidad política que domina la mayoría de las capitales europeas. Los dos grandes grupos —los populares del PPE y los socialistas de S&D— no sumarán, probablemente, más del 50% de los escaños. Los liberales (con la esperada aportación de los eurodiputados de Emmanuel Macron) y los Verdes (en ascenso en Alemania) esperan convertirse en la bisagra de la nueva legislatura. Pero no está claro que ninguno de los dos lo consiga por sí solo.

“El nuevo Parlamento será más complicado y para muchas decisiones será necesario, probablemente, sumar al menos cuatro grupos parlamentarios”, resume Guntram Wolf, director del centro de estudios Bruegel.

Gobiernos en minoría y elecciones anticipadas se han convertido en un rasgo habitual de las políticas nacionales desde que la crisis del euro, la emergencia de los populismos y la contestación social reventaron el bipartidismo a principios de esta década. Europa se estrena este 26M en el mundo de hoy e iniciará una nueva andadura en la que deberá construir consensos de nuevo cuño.

El alcance de la inestabilidad en ciernes dependerá en gran medida de la participación electoral (la abstención ha aumentado ininterrumpidamente desde los primeros comicios en 1979) y del ascenso o no de las fuerzas antieuropeas, capitaneadas por un Matteo Salvini que espera arrollar en Italia y por el imprevisto refuerzo del Partido del Brexit en un Reino Unido que, en contra de lo esperado, participa en estas elecciones.

Ambos fenómenos se retroalimentan, porque la baja participación suele redundar en beneficio de los euroescépticos, favorecidos por la movilización del voto de protesta y la desmovilización del votante habitual en otros comicios. Aun así, Bruselas confía en que las fuerzas euroescépticas, ahora con el 20% de los escaños, no superen el umbral de dolor del 33% a partir del cual, según fuentes comunitarias, podrían entorpecer la maquinaria legislativa.

Europa, en cualquier caso, cambiará de cara a casi todos los niveles. El resultado marcará el proceso de elección de los principales altos cargos de la UE —presidencia de la Comisión, del Consejo, de la Eurocámara, el Banco Central Europeo y de la Alta Representación de Política Exterior de la UE—; provocará casi con certeza una reestructuración de los principales grupos de la Cámara, con trasvases y fugas de eurodiputados; y puede debilitar o precipitar la caída de varios Gobiernos, desde Italia a Holanda o, incluso, Alemania, donde los socialistas pueden verse abocados a corto plazo a abandonar la gran coalición de Angela Merkel.

En los dos países donde arrancaron el jueves las elecciones, el Reino Unido y Holanda, han bastado los sondeos a pie de urna (a la espera del resultado este domingo) para desatar sacudidas. La primera ministra británica, Theresa May, ha anunciado su dimisión a la espera de un escrutinio que anticipa el hundimiento de los tories y la amplia victoria del Partido del Brexit recién creado por Nigel Farage. En Holanda, los socialistas de Frans Timmermans han dado la vuelta a los pronósticos y parecen haber arrebatado la victoria a los liberales del primer ministro, Mark Rutte, y arrasado a los eurófobos de Geert Wilders. El Gobierno de Rutte, ya de por sí frágil, sale aún más debilitado. Y esa inestabilidad puede contagiarse a Bruselas, con dos grandes focos potenciales de incertidumbre, coinciden las fuentes consultadas: el nombramiento del sucesor de Jean-Claude Juncker al frente de la Comisión y la negociación del presupuesto de 2020 y del marco presupuestario para el periodo 2021-2027.

Negociación complicada

La renovación total de la cúpula de la UE tendrá que llevarse a cabo con un Parlamento Europeo que se anuncia sin mayorías claras, con pocas posibilidades de formar una gran coalición (entre populares y socialistas) y con una bancada euroescéptica crecida y dispuesta a bloquear el proceso legislativo. Si el bloqueo, como se teme, se instala en Bruselas, “podemos tener un verano de crisis institucional”, avisa una alta fuente del Partido Popular Europeo, dominante en Bruselas (ahora ocupa las presidencias de la Comisión, Consejo y Parlamento) y cuyo poder puede verse seriamente debilitado por las urnas.

El regateo de cargos y dinero coincidirá, además, con un periodo especialmente sensible en la política del continente, marcado por el cambio de Gobierno en varios países (Bélgica, Austria, Finlandia, Dinamarca y, sobre todo, Reino Unido), el plazo para ejecutar el Brexit (31 de octubre) y la posible retirada de Merkel como canciller. Con ese telón de fondo, crece, más que nunca, el riesgo de que la UE se quede con Juncker como presidente en funciones de la Comisión y con las cuentas prorrogadas a partir del próximo enero.

La Comisión de Juncker ya admite en público que no descarta prolongar la estancia en su sede del edificio Berlaymont más allá del 1 de noviembre, fecha prevista para el relevo. En privado se reconoce que los preparativos en marcha contemplan incluso una prórroga más larga, que podría llegar hasta bien entrado 2020. “Al final se llegará a un acuerdo, pero puede llevar tiempo”, advierte Wolf. El director del think tank Bruegel duda de que el nuevo escenario pueda abocar a una parálisis. Y cree que el reparto de poder obligará a buscar un “gran acuerdo” en torno a los puntos fundamentales, aunque la negociación pueda ser complicada.

En teoría, la sucesión de Jean-Claude Juncker al frente de la Comisión debería pactarse en la cumbre de junio y ser aprobada en julio en un pleno del Parlamento Europeo. En la práctica, se puede “ir a un largo periodo de negociación”, admite un alto cargo de la Comisión. En Bruselas, casi nadie se atreve a descartar la posibilidad de “un verano negro” en el que se desencadene una trifulca sin precedentes entre las grandes familias políticas del continente (democristianos y socialdemócratas). La cuña euroescéptica liderada por Salvini y la francesa Marine Le Pen podría agravar la situación en un momento en que las fuerzas que golpean a la UE desde dentro (populistas y ultraderecha) y desde fuera (Donald Trump y Vladímir Putin) ponen en peligro la estructura del club. Por primera vez, las formaciones euroescépticas o eurófobas podrían alzarse con la victoria hasta en seis socios de la UE que suponen el 40% de los escaños a repartir, incluidos tres de los más grandes (Francia, Italia y Reino Unido).

La Comisión, en cambio, se mantiene en estado de negación. Y aunque reivindica el final de un quinquenio en el que se ha dado la vuelta a la situación económica (con cifra récord de empleo e inversión al nivel de antes de la crisis), se desentiende de la deriva política hacia la intolerancia que vive buena parte del continente. “¿Qué tiene que ver la Comisión con el ascenso de Vox en España, de Salvini en Italia o de Farage en el Reino Unido?”, se pregunta un alto cargo del organismo. La pregunta retórica se queda en el aire a la espera de las urnas.

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