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El Campito, la tumba olvidada de 4.000 víctimas de la dictadura argentina

Organismos de Derechos Humanos se oponen al proyecto de Macri para construir una reserva natural en el lugar

Ceremonia religiosa en El Campito de Campo de Mayo, el viernes 7 de diciembre
Ceremonia religiosa en El Campito de Campo de Mayo, el viernes 7 de diciembre

La caravana de coches acaba de cruzar un retén militar y levanta polvo detrás de un camión del Ejército. Como un tajo abierto en el bosque, el camino de tierra parece algún tipo de pasadizo secreto. A los lados, la pared de vegetación es tupida y los rayos del sol no tocan el suelo. Cuesta creer que la ciudad de Buenos Aires está a sólo 30 kilómetros. O que a unos cien metros más adelante habrá otro retén, y luego una casa de material abandonada y más bosque. Mucho más difícil es imaginar que hace 40 años, entre esas casuarinas, acacias y eucaliptos hubo galpones atestados de detenidos ilegales y salas de tortura. Estamos en El Campito, el centro de exterminio más letal de la dictadura argentina: de los más de 4.000 prisioneros que pasaron por allí entre 1976 y finales de 1978 sólo sobrevivieron una treintena. Representantes de organizaciones de Derechos Humanos visitaron este viernes el lugar. Están en alerta ante la decisión de Mauricio Macri de construir allí una reserva natural donde, según, “las familias podrán tomar mate y hacer deporte”.

El Campito estaba en el corazón de Campo de Mayo, el mayor predio militar de Argentina. En sus 5.000 hectáreas alberga hoy escuelas del Ejército, una pista de aterrizaje, un hospital y hasta una prisión militar. En los setenta, la dictadura montó allí tres centros de detención y una maternidad clandestina. Las estructuras de El Campito, destruidas en 1982 por el Ejército, lindaban con un pequeño aeropuerto. Desde allí despegaban los aviones desde donde los represores arrojaban a sus víctimas vivas al Río de la Plata. El 14 de mayo de 1976, uno de esos cuerpos apareció en las costas de Uruguay. Estaba atado de pies y manos con alambre y tenía una profunda herida abierta en una pierna. Era el cadáver de Floreal Avellaneda. Aquel día, Floreal hubiese cumplido 15 años. Fue el detenido más joven de El Campito. No estuvo sólo. Durante dos semanas lo acompañó Iris, su madre. Los militares se los llevaron juntos cuando su padre, un dirigente sindical afiliado al Partido Comunista, logró escapar por la azotea de su casa.

El árbol marcado que permitió ubicar los restos de El Campito.
El árbol marcado que permitió ubicar los restos de El Campito.

Iris Avellaneda tiene hoy casi 80 años y es de las pocas supervivientes de El Campito. Su testimonio fue clave para reconstruir cómo funcionaba el centro y para que en 2009 recibiese perpetua al general Omar Riveros, el responsable de la muerte de “el Negrito”, como Iris llama a su hijo. “Nuestro secuestro fue el 15 de abril del 76. Buscaban al papá, pero como no lo encontraron nos secuestraron al Negrito y a mí. Al Negrito lo mataron como represalia”, dice la mujer. “A mí me trajeron primero y después a él, pero yo nunca supe que él estaba acá. Lo supe después, cuando estaba en libertad. Recuerdo poco porque estaba encapuchada. En un momento pedimos para salir al baño y el baño tenía esas puertas abiertas arriba, y me corrí la venda y vi cuchas de perro”. Los perros. Los supervivientes recuerdan cómo los perros los atacaban a mordiscones cada vez que un carcelero lo ordenaba.

El Campito tuvo capacidad para 200 detenidos a un mismo tiempo. En lo que alguna vez fueron caballerías se amontonaban los detenidos, encapuchados y encadenados sobre pequeños colchones. En otra estructura de material se encontraba la oficina de los guardias, junto a las salas de tortura. Iris se puso este viernes al frente de la comitiva que visitó El Campito. Está alarmada por la posibilidad de que las pruebas contra los represores de Campo de Mayo se pierdan si finalmente se construye allí un gran parque, como pretende Macri. El decreto presidencial aclara que las actividades del parque “deberán garantizar la preservación de todos los sitios de memoria del terrorismo de Estado" y "la realización de las investigaciones judiciales pertinentes". Pero las ONG desconfían. Las Abuelas de Plaza de Mayo advirtieron que el proyecto oficial pone en riesgo “un espacio fundamental para la búsqueda de Memoria, Verdad y Justicia”.

En 1998, el presidente Carlos Menem firmó un decreto que ordenaba la demolición de la ESMA, el centro de detención a cargo de la Armada. Las organizaciones lograron pararla porque había abiertas causas por delitos de lesa humanidad relacionadas con el edificio. En 2001, la Corte Suprema puso punto final al asunto y abrió las puertas a la creación de un espacio de memoria histórica. “Queremos que aquí haya un espacio como en la ESMA”, dice José Schulman, de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, una ONG que se ha puesto al frente de los reclamos por la preservación de los restos de El Campito.

José Schulman, de la Liga por los Derechos del Hombre, e iris Avellaneda (centro), superviviente de El Campito.
José Schulman, de la Liga por los Derechos del Hombre, e iris Avellaneda (centro), superviviente de El Campito.

Ante una pequeña construcción de cemento, donde alguna vez hubo dos habitaciones y una cocina, están reunidas casi un centenar de personas. Tras una ceremonia religiosa, un sacerdote pide recordar a las víctimas. La letanía hiela la sangre. Los nombres se suceden, a veces de a cuatro con el mismo apellido, toda una familia desaparecida. A cada nombre, la gente grita “presente”. En el grupo está René Flores. Sus hermanos mayores fueron secuestrados entre 1976 y 1977 y están desaparecidos. Flores nunca tuvo noticias de ellos, pero supone que al menos uno, Jorge, murió en El Campito. “Jorge desapareció en Vicente López y el centro clandestino correspondiente a esa zona era Campo de Mayo. Yo no tengo testimonio que haya pasado por acá porque casi no hay sobrevivientes para atestiguarlo. Hoy es la primera vez que puedo venir a conocer el lugar donde creo que estuvo mi hermano”, revela Flores.

Si la ESMA está toda allí, sobre una de las principales avenidas de Buenos Aires, El Campito se oculta a la memoria. “Ahí estaban los galpones”, dice Schulman. Y señala hacia la maleza. “Este lugar pudo reconocerse gracias a que Cacho Scarpati [otro superviviente, fallecido en 2008) recordó unas marcas que había visto en un árbol”. El árbol aún está en su sitio. Tiene las cicatrices que le dejaron unos alambres que rodeaban el tronco. A unos pocos metros, están los restos de las excavaciones que en 2010 realizó el Equipo Argentino de Antropología Forense. Los militares hicieron bien su trabajo de borrado de huellas. Los peritos sólo encontraron los cimientos de algunas construcciones, hoy expuestos para que la justicia tenga pruebas de que allí funcionó El Campito, el mayor centro de exterminio de la dictadura.

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