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“Amo a los saudíes”: la larga y lucrativa relación de Trump con Riad

Arabia Saudí ha sido tradicionalmente un gran aliado político de Estados Unidos, pero la relación con Trump ya empezó cuando era empresario

Trump junto al heredero saudí Mohamed bin Salmán y su yerno, en mayo de 2017 en Riad.
Trump junto al heredero saudí Mohamed bin Salmán y su yerno, en mayo de 2017 en Riad. REUTERS

Una frase de julio de 2015 se ha vuelto incómoda para Donald Trump. “Amo a los saudíes. Son muy simpáticos. Hago mucho dinero con ellos. Me han comprado todo tipo de cosas. Me pagan millones y cientos de millones”, alardeó el político republicano en un acto en su primer mes de campaña electoral. Más de tres años después, con Trump en la Casa Blanca, esas declaraciones adquieren un nuevo significado a raíz del posible asesinato de Jamal Khashoggi, que murió —como admitió este sábado Riad— en el consulado de su país en Estambul el pasado día 2.

La desaparición del periodista saudí, que era crítico con la monarquía de su país y se autoexilió a EE UU hace poco más de un año, ha desatado una crisis entre Washington y Riad. Trump ha titubeado, pero se ha esforzado en evitar las críticas a su mayor aliado en el mundo árabe. Consideró creíble la versión oficial saudí de que el periodista murió en una pelea en el consulado, pese a que no aclara por qué fue interrogado cuando solo iba a hacer un trámite ni dónde está su cuerpo. Destacados congresistas de ambos partidos se mostraron escépticos y los servicios de inteligencia estadounidenses han sugerido que la operación fue ordenada por el régimen. Turquía asegura tener pruebas de que Khashoggi fue descuartizado.

“Arabia Saudí ha sido un gran aliado, pero lo ocurrido es inaceptable”, afirmó el presidente. Volvió a amenazar con “algún tipo de sanciones” a Riad, pero también a enfatizar que no deben afectar a las millonarias ventas de armas. Hasta ahora, el mandatario ha ignorado la presión del Congreso para castigar a Riad. Su yerno, Jared Kushner, ha hecho amistad con el príncipe y está considerado como el artífice de la renovada alianza con Riad. Bruce Riedel, que fue asesor para Oriente Próximo de los últimos cuatro presidentes y trabajó 30 años en la CIA, considera insólita la reacción de Trump ante la desaparición de Khashoggi. “Cualquier presidente anterior habría sido más crítico con el príncipe heredero”, dice en referencia a Mohamed bin Salmán. “Trump es el único presidente estadounidense que ha dejado de lado los derechos humanos y la libertad de prensa como objetivos de la política exterior”, añade Riedel, de Brookings Institution.

“Me gustan los saudíes. Hago mucho dinero con ellos”, dijo el magnate en la campaña de 2015

En Washington se ha empezado a debatir si el apoyo a Arabia Saudí, cimentado en una estrecha relación económica y militar desde hace siete décadas, debe ser incondicional. Pero el caso Khashoggi ha colocado a Trump —el único presidente norteamericano que eligió Riad como destino de su primer viaje oficial— ante una de sus mayores crisis internacionales en sus 20 meses de presidencia. Su tibia respuesta ha desatado un sinfín de elucubraciones. ¿Es un crudo reflejo de la Realpolitik en la que priman los intereses estratégicos? ¿O la afinidad con Riad se puede deber también a cuestiones personales?

“No tengo ningún interés financiero en Arabia Saudí”, proclamó Trump el pasado martes. La realidad es que, como magnate inmobiliario, ha hecho suculentos negocios con los saudíes. En 1991 vendió un yate a un príncipe saudí y Riad compró en 2001 por 4,5 millones de dólares (3,9 millones de euros) un piso entero de un rascacielos de Trump en Nueva York. Puede haber muchas más transacciones que se desconocen.

Trump es el presidente de la historia reciente con más conflictos de intereses y, al rechazar publicar sus declaraciones fiscales, los entresijos de su fortuna son un misterio. Sí se sabe que los lazos entre el republicano y Riad se han estrechado desde su victoria en 2016. Arabia Saudí se ha convertido en un buen cliente de los hoteles de Trump y casi ha triplicado su gasto en hacer lobby en Washington.

En 1991 vendió un yate a un príncipe saudí y Riad compró en 2001 por 4,5 millones de dólares un piso entero

Desde que Franklin Roosevelt y el primer rey de Arabia Saudí, Abdul Aziz, se reunieron en 1945, ambos países mantienen una relación estratégica basada en un principio muy nítido: Washington provee apoyo militar a Riad y no alecciona en asuntos sociales al país ultraconservador a cambio de petróleo y respaldo político en el turbulento Oriente Próximo. La gran incógnita es si Khashoggi cambiará en algo la ecuación.

La relación ha sufrido tensiones pero ha resistido a numerosos vaivenes. Se enfrió en los últimos años de presidencia de Barack Obama a raíz de la guerra siria y del acuerdo nuclear con Irán. Aunque, como candidato, Trump se había quejado de la dependencia militar saudí, su llegada a la Casa Blanca fue balsámica para la monarquía de los Saud. El republicano, que denosta el papel de árbitro del mundo y concibe la política exterior bajo un prisma ultranacionalista, ha convertido a Arabia Saudí en el epicentro de su estrategia en Oriente Próximo. La necesita como contrapeso a Irán, archienemigo de Riad y de Trump, para su desconocido plan de paz entre israelíes y palestinos y en la lucha contra el terrorismo.

Trump apostó por el ascenso del príncipe heredero, que ha impulsado una agenda reformista pero ha estado envuelto en polémicas internacionales. Eso ahora persigue al republicano, y sobre todo a su yerno y asesor Jared Kushner, el mayor aliado del vástago en Washington. “La reputación de Mohamed bin Salmán está irremediablemente dañada y eso impactará la relación”, sostiene Riedel.

La reacción de Trump a la muerte de Khashoggi ha desatado un sinfín de elucubraciones: ¿se debe a cuestiones personales?

El Congreso ha dado claras muestras de impaciencia con los excesos del príncipe heredero, por ejemplo en la sangrienta guerra en Yemen, en la que EE UU ofrece apoyo logístico, y Trump sufrirá ahora una enorme presión para castigar a Riad por la muerte de Khashoggi. Jim Phillips, experto sobre Oriente Próximo en Heritage Foundation, un think tank conservador, sostiene que, si se confirma que Arabia Saudí es responsable del asesinato, EE UU debe imponer sanciones, por ejemplo a las personas culpables. “El caso Khashoggi amenaza con hacer descarrilar los lazos bilaterales a no ser que los saudíes tomen una acción correctiva”, señala.

Phillips, sin embargo, coincide con Trump en que sería un error cancelar la venta de armas a Arabia Saudí porque, esgrime, podría “dañar permanente una alianza clave en una región volátil”. Y considera que el presidente debe hallar un buen equilibrio entre un castigo y la “necesidad de proteger los intereses de seguridad” de EE UU.

The Washington Post, el diario en el que escribía Khashoggi, publicó esta semana un editorial que refleja un creciente sentimiento en la capital norteamericana. El título era elocuente: “¿Quién necesita a Arabia Saudí?”. El rotativo consideraba “imperativo” un cambio fundamental en la relación bilateral. Y argumentaba que Riad, pese a su enorme poder geopolítico como el mayor exportador de petróleo, “lo tiene todo a perder con una ruptura de las relaciones mientras Estados Unidos ya no necesita al reinado tanto como antes” gracias a su mayor independencia energética.

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