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IDEAS

En España ya todo está preparado para que se enamoren los sacerdotes

Templos, seminarios y conventos se están quedando vacíos. La crisis de la Iglesia, agravada por los casos de pederastia, tiene solución: acabar con el voto de castidad

El Papa bromea con unos sacerdotes en la plaza de San Pedro, en 2016. 
El Papa bromea con unos sacerdotes en la plaza de San Pedro, en 2016.  AFP / GETTY IMAGES

Estaba ojeando el único número de la revista En España ya todo está preparado para que se enamoren los sacerdotes y me he dado cuenta de que… ¡se publicó en 1931! Si entonces estaban listos los curas para enamorarse, no digamos hoy, 90 inviernos después. Pero siguen, los pobres, sin poderse enamorar ni casarse, ni…

No soy yo uno de esos Hitchens que culpan a la religión de todos los males del mundo y fletan autobuses para proclamar por calles y carreteras que “Dios no existe”. He visto en cien iglesias a las beatas pobres y lacrimosas hablándole a Dios e implorándole fervorosamente ayuda, y ese rato entre las luces de las velas y el olor del incienso era el rato en que estaban menos solas, más confortadas, más comprendidas. Sólo por eso queda justificado el colosal esfuerzo de la Iglesia.

Por eso, y aunque me deprime y mortifica, la mañana del domingo, oír tras la pared del dormitorio, en la tele de mi vecina, la voz meliflua de un cura predicando con melosa santurronería el amor de Dios…

… he decidido seguir el ejemplo de Antonio Elorza, que en el año 2015 publicó una Carta abierta al papa Francisco, y de Nancy Huston, que hace sólo unos días publicó su propia carta sobre el escándalo colosal de los supuestos abusos a 1.000 niños, en los últimos 70 años, en las diócesis de Pensilvania, que viene a sumarse al reciente caso de la alta clerecía chilena: últimas cuentas de un rosario siniestro. Sí, he querido escribir al Papa. ¡Que por cartas no quede! Porque no puede ser que en pleno siglo XXI se le siga teniendo tal respeto al sexo que se recomiende con vehemencia doctrinal la abstinencia y se someta a los curas —que están perfectamente preparados para enamorarse— al cilicio de la castidad.

¡Francisco! La tarea de salvar a esta institución bimilenaria te estaba reservada a ti, y ya tardas

“Venerado Padre, Su Santidad”, diría mi Carta Abierta al Papa Francisco: “En nombre del sufrimiento de miles de curas, te pido, te ruego, te suplico que levantes la imposición del voto de castidad y el celibato. Durante el primer milenio de la historia de la Iglesia, muchos obispos y curas se casaban, y no pasaba nada. Creo que fue en los concilios de la Baja Edad Media cuando se “implementó”, como se dice ahora, esa severa restricción a la naturaleza, últimamente refrendada por Pablo VI en la encíclica Sacerdotalis Caelibatus y por Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis. Reiteraciones doctrinales que ya indican que hay un problema de desacuerdo general que así se quiere frenar.

“Dos de los argumentos más citados para justificar celibato y castidad son, el primero, que permiten que el clérigo se dedique enteramente al servicio de Dios. En efecto, la familia es una institución muy absorbente y reclama mucho tiempo, pero considere Su Santidad que los enormes cambios sociales y el recurso general a instituciones educativas y la moderna maquinaria doméstica facilitan esta cuestión para los laicos. Igual podría facilitársela a los curas casados”.

“El segundo argumento es el de la representación: el principio tradicional que subraya la superioridad del clérigo sobre el laico mediante un blasón de sacrificio y mérito extremo. ‘El matrimonio es para la clase de tropa’, escribió san José María Escrivá de Balaguer”.

Por América se extienden como una mancha los evangélicos… ¡cuyos pastores pueden casarse!

“Pues bien, Reverendo Padre… En esas estaba, llegando al meollo mismo de la carta, cuando se ha despertado Chuky, el muñeco diabólico que vive en mí. Porque no es cierto que ‘dentro de cada uno de nosotros habita un niño al que tenemos que cuidar’, como suele decirse. No, lo que habita dentro de cada uno es un muñeco diabólico. El mío se llama Chuky, se parece de cara al político Monedero, y viste levita verde y plastrón”.

—Mira —me ha dicho Chuky con su típico tono desagradablemente agudo y agresivo—, rompe esa carta que no tiene ni pies ni cabeza pues en dogmática y de doctrina nunca podrás discutir con el Papa, y escribe lo que te voy a dictar. ¿Listo? Apunta: “¡Francisco, despierta!”.

—Hombre —he protestado—, me parece un poco irreverente…

—Tú escribe lo que yo te digo: “¡Francisco, despierta, los templos, los seminarios, los conventos y santuarios están vacíos! ¡De los signos de la Iglesia sólo se acuerdan la petarda de Madonna y los modistas de la gala Met 2018 que cubren a sus modelos con tiaras obispales sacrílegas y les cuelgan de las orejas y entre los senos crucifijos de diamantes!… ¡Francisco! La tarea de salvar a la Iglesia te estaba reservada a ti, y ya tardas. Llegaste muy animoso al trono de san Pedro pero está visto que el Vaticano, la edad y los reiterados escándalos de pederastia están menguando tus fuerzas y tu voluntad. Como no tomes medidas contundentes pasarás a la historia como ‘el que apagó la luz”.

Ten una papisa, como recomienda Jodorowsky. Te hará mucho bien compartir con ella penas y alegrías 

—¡Hombre, Chuky, esto es muy fuerte! ¡Un respeto, por favor, que es el Papa!

—Tú calla y apunta: “Precisamente en esta época nihilista en que tanta gente desorientada busca sentido y meta para sus vidas, esta crisis de la bimilenaria institución tiene una solución muy sencilla: acabar de una vez con el voto de castidad”.

“Verás cómo las vocaciones se multiplican a la enésima potencia. Porque si no hubiera que someterse a ese celibato masoquista, y sin algún otro detalle que habrá que pulir, la vida religiosa —dedicada al estudio, la oración y la celebración de formidables ceremonias rituales, y apartada de esta carrera de ratas que es el mundo— sería objetivamente muy atractiva. Te impetro, Francisco: ¡publica ya una encíclica en este sentido y verás a la Iglesia resplandecer, de regreso a sus mejores tiempos!”.

“Mientras asistes pasivo y horrorizado al goteo de escándalos de clérigos pederastas, por América se extienden como una mancha los siniestros evangélicos… ¡cuyos pastores pueden casarse! Por no hablar de la Cienciología y otras sectas pavorosas. Ahora, este momento histórico marcado por el feminismo y la conciencia de las mujeres sobre sus derechos, es el momento ideal para que los curas puedan formar familias; y no sólo eso, sino que también las mujeres puedan profesar el ministerio sacerdotal. ¡Qué mensaje feminista más seductor!”.

—¿Mujeres celebrando la misa? ¡Chuky, eres un visionario!

—No me adules, que sabes que conmigo eso no sirve de nada. A mí sólo me importa la verdad. Venga, apunta, que estamos acabando: “¿Te imaginas el potencial de apostolado que tendría esta revolución? ¡Atrévete a romper ya con esa tradición caduca! ¡Cuántos hombres y mujeres se sentirían atraídos de nuevo a la Iglesia! Esto sí que sería una religión del siglo XXI, sin dejar de ser eterna. Y un freno a la expansión del islam. Porque ¿cuál te parece que sería más atractiva para las mujeres de todo el mundo, o sea para la mitad de la población mundial: esta Iglesia que te propongo o esa sumisión donde la mujer va velada, cuando no amortajada en negro?”.

—¡Chuky, esto yo no lo escribo! ¡Esto es… islamofobia!

—Bueno, pues bórralo. Y vamos acabando: “Tú mismo, Francisco, recuerda el Génesis: ‘No es bueno que el hombre esté solo’. Ten una papisa, como recomienda Jodorowsky. Te hará mucho bien compartir con ella penas y alegrías, mientras puedes seguir reservando para ti, si quieres, el privilegio exclusivo de la infalibilidad”.

—¡Basta, esto ya roza la blasfemia!

Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem nominavit. Cristo no se llama a sí mismo Costumbre, sino Verdad. Por supuesto, habrás reconocido la cita de Tertuliano en De virginibus velandis.

Es tan arrogante y esnob, el maldito muñeco, con sus latinajos…

Ignacio Vidal-Folch es periodista y escritor.

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