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Una bomba de racimo contra la estabilidad

La decisión de Donald Trump de romper el acuerdo nuclear con Irán aísla a Estados Unidos y daña al comercio y al precario orden global.

Protesta contra Estados Unidos en Teherán el 9 de mayo.
Protesta contra Estados Unidos en Teherán el 9 de mayo.

Donald Trump es un destructor nato. Nada hay positivo en su balance. Su incapacidad para construir es tan explícita como su verbosidad, tergiversadora y amenazadora. La única construcción que ha proyectado es el muro con México, que sirve para dividir. Todo lo demás, hasta ahora, ha sido destrucción. Ni siquiera el incipiente y todavía incierto acuerdo nuclear con Corea del Norte le pertenece como proyecto, sino que es en propiedad de las dos Coreas, con méritos compartidos con China y Japón.

El paisaje de destrucción en año y medio ya es devastador. En el capítulo internacional, ha roto el acuerdo del clima de París; y los grandes pactos comerciales con Europa, con los países de la cuenca del Pacífico e incluso con sus vecinos México y Canadá han pasado ya por su incansable trituradora. En el plano nacional, lo mismo ha sucedido con la reforma del sistema sanitario, los programas de integración de los hijos de inmigrantes o su recorte de impuestos para los más ricos, que destruye la redistribución y la equidad.

Washington ha dilapidado su credibilidad como promotor del orden multilateral internacional
en el siglo XX

Con tales antecedentes, no debía extrañar el puñetazo mortal que acaba de asestar al acuerdo nuclear con Irán. No ha sido así: la sorpresa y la estupefacción, especialmente entre los países aliados de EE UU, no hace más que crecer a medida que se evalúan los efectos de un golpe tan lamentable que repercutirá negativamente en el comercio mundial, en la estabilidad en Oriente Próximo, en el incremento de los precios del petróleo y, especialmente, en la geometría y la calidad de las relaciones internacionales.

Ante todo, por la envergadura, la eficacia e incluso la ejemplaridad del acuerdo, una auténtica joya del multilateralismo, forjado a contracorriente en 2015, en un momento en el que ya regresaba el unilateralismo y el aislacionismo. En ningún caso el "peor acuerdo de la historia", como el mentiroso compulsivo que ocupa la Casa Blanca ha predicado desde que arrancó su campaña electoral. El resultado del acuerdo fue que la peligrosa potencia regional chií que es Irán suspendió su programa nuclear durante un largo periodo; a cambio, quedaron descongelados sus haberes depositados en el extranjero y levantadas las sanciones comerciales impuestas en castigo por su desobediencia a las resoluciones de la ONU.

La ruptura del acuerdo dinamita la relación trasatlántica, estimula la guerra en Oriente Próximo y oscurece el horizonte de desarme

La Agencia Internacional de la Energía, que realiza las inspecciones, ha certificado de forma continua el cumplimiento del acuerdo, que no es fruto de un capricho de Obama, tal como Trump da a entender, sino de un arduo trabajo diplomático durante 15 años de complejas y torturadas negociaciones, en las que han participado Rusia, China, Alemania, Reino Unido, Francia y Estados Unidos, además de Naciones Unidas y la UE; dos presidentes estadounidenses, George W. Bush y Obama, y tres presidentes iraníes, Mohamed Jatamí, Mahmud Ahmadineyad y Hasan Rohaní.

Quien lo ha roto ahora, en incumplimiento de sus compromisos internacionales, no ha sido Teherán, sino Washington, que ha merecido el calificativo de rogue State o Estado gamberro, reservado hasta ahora para Libia o Siria en las páginas del Financial Times (Philip Stephens, 'Cómo debe reaccionar Europa ante Trump', 11 de mayo).

Los desperfectos son enormes y globales, y empiezan por la propia superpotencia americana, definitivamente desprovista de credibilidad y previsibilidad en sus decisiones y pactos. Es cosa de Trump, naturalmente, pero no solo. Hasta hace apenas unas semanas el presidente estaba rodeado de personas con un mínimo de sensatez en la consideración de los asuntos internacionales, pero esto se terminó con la sustitución del secretario de Estado Rex Tillerson por Mike Pompeo y del consejero de Seguridad Herbert McMaster por John Bolton, dos halcones belicistas que ansían liquidar el régimen de Teherán a bombazos.

Estados Unidos ya sabe cuánto cuesta restaurar su capacidad de disuasión militar, especialmente después del desastre de Siria, donde Obama amenazó con intervenir en caso de que el régimen de Bachar el Asad utilizara armas químicas, como ha hecho reiteradamente. Ahora y en los próximos años, EE UU conocerá además los enormes costes de restaurar la fiabilidad de sus presidentes y de su Administración a la hora de sostener los pactos, y puede que los conozca muy pronto cuando se disponga a negociar con Corea del Norte un acuerdo nuclear como el que ha destruido con Irán. ¿Quién confiará a partir de ahora en la palabra de su presidente?

El segundo capítulo de los desperfectos es uno de los artefactos más delicados y cruciales del orden occidental, como es el lazo trasatlántico. Esta relación de cooperación, a la vez bilateral y multilateral, con el conjunto de países europeos fue forjada a lo largo del siglo XX durante dos enormes tragedias como fueron las dos guerras mundiales y tras la Guerra Fría con la Unión Soviética, una larga y angustiosa etapa de 40 años de confrontación ideológica y amenazas nucleares.

La confianza que se ha minado no ha sido únicamente institucional, sino también personal. Macron y Merkel han invertido todos los esfuerzos imaginables, hasta pisar la zona de riesgo con propuestas como renegociar o ampliar el acuerdo con Irán, para evitar que Trump tomara la fatídica decisión.

Las sanciones económicas al más alto nivel que Washington va a imponer van a afectar a los intereses legítimos y legales de numerosas empresas europeas, entrando en resonancia con las guerras comerciales que Trump está dispuesto a librar en su cruzada contra el déficit comercial y en nombre de la protección de los puestos de trabajo estadounidenses. El regreso al régimen de sanciones a Irán, en cambio, apenas afectará a las multinacionales chinas e indias, y será muy directo para las japonesas y surcoreanas, además de las europeas. Es decir, para quienes han sido hasta ahora los aliados de EE UU.

Pero el mayor golpe lo sufrirá Oriente Próximo, una región crucial para la estabilidad europea, productora de terrorismo y de migraciones masivas que pueden multiplicarse en caso de una guerra entre Israel e Irán sobre territorio sirio. La ruptura del acuerdo con Irán se ha producido casi simultáneamente al ataque iraní con misiles contra el Golán ocupado por Israel y las represalias devastadoras de la aviación israelí sobre contingentes iraníes en Siria, como si Trump hubiera dado permiso para pasar de la actual guerra por procuración a la guerra abierta.

El puñetazo de Trump deja pocos vencedores. Son a corto plazo los rendimientos que puedan sacarse, por ejemplo en los precios del petróleo para los países productores. La Rusia de Putin, superpotencia spoiler que suele sacar beneficios de la inestabilidad de todos, intentará explotar la crisis tras­atlántica e incrementará su paternalismo protector sobre Teherán.

Los extremistas israelíes e iraníes y los belicistas de todo bordo son los mayores beneficiados. También Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, enemigos jurados de Irán, de quien temen menos el arma nuclear que su vitalidad económica, social y diplomática. Los príncipes petroleros quieren sacar de este envite el beneficio de la hegemonía regional por la que ya pelean en Siria y en Yemen. El embargo sobre el petróleo iraní les da una propina a corto plazo con la subida de los precios.

Vence Trump, ciertamente. El mentiroso en jefe puede seguir exhibiendo que cumple sus promesas, algo que le permite amarrar a su electorado más extremista y buscar un segundo mandato en 2020. No es America first, sino Trump first, como ha señalado Javier Solana, que conoce bien el acuerdo con Irán porque participó en su construcción como alto representante de la UE.