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¿Se acabarán las guerras civiles?

Las luchas fratricidas no responden a una maldición inevitable. Un recorrido por 2.000 años de historia de estos destructivos conflictos ofrece lecciones para evitarlos

Protesta chií en Bagdad, en febrero de 2006. Ampliar foto
Protesta chií en Bagdad, en febrero de 2006.

No iba buscando el tema de las guerras civiles, pero tuve la sensación de que me había atrapado, y en un lugar inesperado. Hace 12 años, en el apogeo de la segunda guerra del Golfo en Irak, estaba trabajando en la magnífica Biblioteca Huntington, a las afueras de Los Ángeles. El centro alberga una colección de arte y jardines de fama mundial y uno de los mejores archivos de manuscritos y libros raros de Estados Unidos. Ocupa unos edificios neoclásicos que parecen relucir bajo un sol perpetuo, así que no es precisamente el escenario en el que uno pensaría que se va a topar con las acciones más salvajes cometidas por un ser humano contra otro. Y, sin embargo, fue allí donde me encontré con el tema de mi libro Las guerras civiles: una historia en ideas.

El conflicto de Irak fundió ante mí el pasado y el presente en torno al tema de la guerra civil. En aquella época, finales de 2006 y principios de 2007, la guerra provocaba aproximadamente 3.000 muertes al mes. Los comentaristas no tenían claro cómo etiquetar una violencia tan persistente y letal. ¿Era insurgencia? ¿Terrorismo? Algunos lo llamaban “guerra civil”; entre otros, Kofi Annan, entonces secretario general de Naciones Unidas. Otros negaban categóricamente que lo fuera, como el primer ministro iraquí Nuri al Maliki y el Gobierno del presidente estadounidense George W. Bush.

Se discutía con pasión qué era exactamente una guerra civil. ¿Se definía en función del número de víctimas o de la comunidad que la padecía? ¿Dependía de la identidad de los combatientes o de los objetivos de los bandos enfrentados? Las acepciones del término eran volátiles y parecía que no hubiera forma de ponerse de acuerdo. Descubrí entonces que esa misma confusión ya se había producido antes, en la década de 1860, durante la Guerra de Secesión de 1861 a 1865, un conflicto que los estadounidenses denominan la Guerra Civil.

El pasado no se repite, según una frase que atribuyen al escritor estadounidense Mark Twain; pero desde luego se parece mucho. Y así, en el soleado sur de California encontré una notable semejanza entre la guerra de Irak y la guerra civil estadounidense. La Biblioteca Huntington tiene los papeles de Francis Lieber, un abogado prusiano que en el siglo XIX emigró a EE UU y durante la Guerra de Secesión elaboró las primeras leyes de guerra, el antecedente directo del Convenio de La Haya y los Convenios de Ginebra que rigen los conflictos bélicos todavía hoy. Cuando estaba redactándolas, pensó que tenía que ofrecer una definición de guerra civil para situar el tipo de conflicto al que se aplicarían las normas. No pudo encontrar ninguna descripción legal de guerra civil y dedicó mucho tiempo a crear una.

Usar una categoría como guerra civil para definir lo ocurrido en Siria o Irak tiene consecuencias morales y políticas dentro y fuera de allí

En California, mientras arreciaba el debate sobre cómo llamar al conflicto que asolaba Irak, leí las cartas de Lieber en las que se quejaba de cuán resbaladizo resultaba el concepto de guerra civil. En 1863 era difícil definirlo porque no existían precedentes. En 2006 también, porque había demasiados, y porque el término estaba cargado de política e ideología. ¿Serían quizás esos dos momentos parte de una misma cadena de la historia? Tardé casi 10 años en responder esa pregunta.

Nunca imaginé que la investigación me empujaría a recorrer 2.000 años de historia. Seguí la pista de lo que denomino la “historia de las ideas” en torno a guerras civiles desde la invención del concepto en el siglo I a. C. hasta sus controvertidos significados en nuestra época. Al hablar de “historia de las ideas” me refiero al relato, hilado durante mucho tiempo, a través de sucesivas batallas, sobre el significado y la aplicación de determinados conceptos; en este caso, en torno a guerra civil. Mi objetivo era demostrar que los debates contemporáneos sobre lo que es y lo que no es una guerra civil, en países como Irak y Siria, nacieron del choque entre concepciones de lo que es una guerra civil opuestas y heredadas del pasado.

Las heridas más profundas

Ideas

David Armitage repasa en su ensayo Las guerras civiles la historia intelectual del enfrentamiento fratricida, sobre el que se teorizó por primera vez durante la Roma clásica. “Nuestras ideas sobre la guerra civil transmiten el dolor de dos milenios. Y ese dolor continúa perturbando nuestra política incluso hoy”, escribe el profesor de Harvard.

1. La ‘stasis’ de los griegos

Los griegos vivieron numerosos enfrentamientos entre las diferentes ciudades Estado (polis), pero no acuñaron el término de guerra civil. Se referían a esas luchas internas como stasis, un concepto con el que definían el mal que dividía a las diferentes polis. Aunque viene del adjetivo “estático” —de hecho, es una palabra que se utiliza en griego moderno para designar una parada de autobús—, pasó a significar “tomar posición” en una discusión y finalmente se transformó en una actitud política hostil y divisoria. “Para los atenienses, la política era en realidad la cura de la stasis”, escribe Armitage. Para el gran historiador heleno Tucídides, autor de La guerra del Peloponeso, la stasis era una desgracia “cada vez más permanente mientras la naturaleza humana siga siendo la misma”.

2. Cruzar el Rubicón

Tanto la República romana como el Imperio, tras la muerte de Julio César y la llegada al poder de Augusto, vivieron terribles enfrentamientos fratricidas. Fueron ellos los que acuñaron el concepto, en apariencia contradictorio, de bellum civile, guerra civil porque no existen conflictos tan inciviles como los internos. El poeta cordobés del siglo I de nuestra era, Lucano, sobrino del filósofo Séneca, fue el primer gran narrador de una guerra civil en sus versos. “Jamás una espada extranjera se ha hundido / de esta manera: son las heridas infligidas por manos de conciudadanos las que más profundamente han penetrado”. El símbolo de las guerras civiles romanas fue cuando Julio César decidió cruzar el Rubicón y entrar con sus legiones en Italia, lo que estaba prohibido para cualquier general.

3. Matanza en París

Michel de Montaigne, autor del libro que inventó un género, los Ensayos, fue testigo de las guerras de religión que se abatieron sobre Francia durante el siglo XVI. De hecho, Europa vivió durante los siglos XVI y XVII un interminable periodo de guerras civiles, que en Francia fueron especialmente crueles, con episodios terribles como la matanza de San Bartolomé, durante la que fueron asesinados miles de hugonotes (el nombre que recibían los protestantes) en varios días de agosto de 1572. “En verdad, una guerra extranjera no es en absoluto tan peligrosa como una civil”, escribió el gran sabio.

4. Revolución o conflicto interno

“La necesidad de distinguir entre guerra civil y revolución es un supuesto fundamental de la política moderna”, escribe Armitage. La revolución americana es un ejemplo claro: para algunos historiadores fue claramente una guerra civil en la que combatieron entre sí los propios americanos más que contra tropas extranjeras. Lo mismo puede decirse de la Revolución Francesa. El pensador conservador Edmund Burke se mostró muy hostil con esta revolución, que calificó de enfrentamiento civil. Curiosamente, muchos historiadores le darían hoy la razón por episodios como las matanzas de la Vendée.

Los abogados han intentado definir la guerra civil. Los científicos sociales han analizado numerosos ejemplos. Yo he querido abordar el reto de definir la guerra civil con los instrumentos del historiador. Mi tesis es que estos conflictos no son ni eternos ni inexplicables. Este tipo de enfrentamientos bélicos tiene una historia con un principio identificable, aunque todavía no se vea el final. Conocer esa historia puede ayudarnos a comprender por qué la compleja historia de las guerras civiles ha conducido a semejante perplejidad en nuestro tiempo.

Mi historia de las guerras civiles abarca desde la antigua Roma hasta el presente. En primer lugar investigo las distintas concepciones de la guerra civil desde el siglo I a. C. hasta el siglo V d. C. Los romanos inventaron el concepto de guerra civil para referirse a conflictos entre conciudadanos —en latín, cives, palabra de la que derivan “civil”, “civismo” y “civilización”, entre otras— que adquirían el carácter de guerra. Los griegos no tenían más que tumultos y sediciones, apuntaban los romanos: nosotros fuimos los primeros que tuvimos guerras civiles.

Las ideas romanas influyeron de manera decisiva en los debates sobre la guerra civil, sobre su normativa y su definición legal, sobre cómo reconocer sus síntomas, sobre su génesis, sobre las probabilidades de que se repita. Las guerras civiles fueron tan frecuentes en la historia de la República de Roma y las primeras décadas del Imperio Romano que parecían formar parte del tejido mismo de la vida pública. Esta terrible historia dio lugar a un relato —a una serie de relatos— en el que Roma figuraba como una civilización propensa a la guerra civil, incluso condenada a ella, una idea que persistiría durante siglos e inspiraría interpretaciones de la guerra civil en la edad moderna, en Europa y más allá. Durante más de milenio y medio, la guerra civil se vio a través del prisma romano.

Los modelos romanos proporcionaron el repertorio del que los pensadores posteriores en Europa y América extrajeron sus propias nociones de guerra civil hasta bien entrado el siglo XIX. Para entonces había surgido un rival conceptual a la concepción establecida sobre guerra civil: la idea de revolución. Desde la Ilustración, las dos categorías conceptuales, guerra civil y revolución, se habían ido apartando y diferenciando entre sí, con connotaciones morales y políticas muy definidas cada una.

La guerra civil parecía retrógrada, destructiva y reaccionaria; la revolución, por el contrario, era fértil y progresista, y miraba hacia el futuro. A las guerras civiles que triunfaron —como la de la independencia de EE UU— se les cambió el nombre para denominarlas revoluciones, y los participantes negaban que hubieran librado jamás una guerra civil. Todo esto desembocó en una conjugación política muy moderna: yo soy revolucionario, tú eres rebelde, ellos están envueltos en una guerra civil.

La gran contribución del siglo XIX a la historia de las ideas en torno a la guerra civil fue el intento de “civilizarla”, de regirla por medio del derecho, empezando por la redacción de las leyes de la guerra iniciada por Lieber en la década de 1860 y que tuvo su continuación en las revisiones de los Convenios de Ginebra tras la II Guerra Mundial.

En el siglo XX, la guerra civil se extendió a todo el mundo. Los límites de la comunidad en la que se libraban estos conflictos se ampliaron más allá de los de los Estados y los imperios para abarcar a toda la humanidad, bajo la idea de “guerra civil global”, que apareció por primera vez en la década de 1960, en el contexto de la Guerra Fría.

Imagen de la Guerra Civil en EE UU. ampliar foto
Imagen de la Guerra Civil en EE UU.

Esta noción de una guerra civil mundial resucitó envuelta en islamofobia después de los atentados del 11-S, para designar la expresión a escala mundial de la división fundamental entre suníes y chiíes dentro del islam como motor del terrorismo internacional.

En la conclusión, las antiguas ideas de la guerra civil permanecen en el ADN de las organizaciones internacionales, los órganos periodísticos y los debates académicos. Son lo que causa gran parte de nuestra confusión conceptual sobre qué es, y qué no es, una guerra civil. La historia sedimentada de los conceptos en torno a la guerra civil se remonta a la República Romana y sobre ella se añadieron después las capas legislativa —con el lenguajes del derecho— y la de las ciencias sociales. Todo esto genera controversias en nuestras propias interpretaciones del concepto.

La elección de una categoría como guerra civil para definir lo ocurrido en Irak o Siria tiene consecuencias morales y políticas. Decidir si lo que estamos viendo es una guerra civil puede tener repercusiones políticas, militares, legales y económicas tanto para los que viven en el país desgarrado por la guerra como para quienes están fuera de él. Puede ser cuestión de vida o muerte para decenas de miles de personas, normalmente las que tienen menos capacidad de forjar su propio destino. Y todo esto parece especialmente urgente en nuestra época porque los principales conflictos que se libran hoy en el mundo —como Afganistán y Yemen— son guerras civiles.

Ahora hay 50 guerras civiles en el mundo, pero parece que son cada vez menos numerosas después de que alcanzaran un pico en 1989

Las guerras civiles han causado más de 25 millones de muertes desde 1945 y se calcula que cuestan más de 123.000 millones de dólares (casi 100.000 millones de euros) al año, aproximadamente la misma cantidad que destinan los presupuestos de los países del hemisferio norte a ayudar a los países del sur. Nuestro mundo sigue siendo un mundo de guerra civil.

A pesar de los horrores que describo, mi tesis es que la guerra civil no es una maldición congénita de la humanidad, como han dicho muchos, sino una enfermedad de la que podemos curarnos gradualmente.

A pesar de que en este momento hay casi 50 guerras civiles abiertas en el mundo, da la impresión de que son cada vez menos numerosas, después de que alcanzaran un pico en 1989. En los últimos años han terminado dos guerras civiles importantes, la primera en Sri Lanka (1983-2009) y luego en Colombia (1964-2016), tras décadas de muerte y destrucción. El hemisferio occidental está totalmente libre de guerras civiles casi por primera vez en dos siglos.

Tal vez la humanidad esté a punto de desinventar lo que inventaron los romanos hace algo más de 2.000 años. Hasta que esto ocurra, creo que necesitamos la historia —y una visión muy larga de la historia— para evaluar y sopesar las posibilidades de huir de uno de nuestros males más destructivos.

David Armitage ocupa la cátedra Lloyd C. Blankfein de historia en la Universidad de Harvard y es autor, entre otros libros, de Las guerras civiles: una historia en ideas (Alianza Editorial), que se publica esta semana.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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