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Por siempre y para siempre (Yumbo, Valle del Cauca)

¿Cuántas veces tiene que repetirse un horror en Colombia para que por fin se acabe?

Colombia ha estado funcionando con el deseo desde que tengo memoria. De tanto en tanto ocurre un acto de barbarie que lo devuelve a uno a la ensangrentada tierra de siempre: “Usted sigue aquí”. Y adiós, optimismo, adiós, hasta nueva orden. Por ejemplo: era vox populi que habíamos logrado superar esta manía de amenazar de muerte a los candidatos, esta vocación a convertir las elecciones en una guerra traicionera y miserable que puede acabar en tiroteos en las plazas –ya habíamos pasado de los asesinatos en las calles a los asesinatos morales, mejor dicho–, pero el clima político que estamos soportando en estos últimos días es uno de los más asfixiantes de los últimos tiempos. Quiere uno gritar “¡atención!”, como señalándole al país el humo allá adelante, pero quizás sea menos eufemístico pedir auxilio.

Hace ocho años ya, unas horas después de ser derrotado en las presidenciales por aquel establecimiento uribista y unánime comandando por el exministro Santos, el candidato Antanas Mockus dio las gracias a sus enemigos por no haberlo matado, sino apenas haberlo desprestigiado con mentiras y bajezas y propaganda sucia. Me temo, sin embargo, que hoy deshonrar ya no les basta. Me temo lo que pasaba antes: lo peor.

En 1949, el candidato liberal retiró su nombre de las elecciones adelantadas, en lo peor de la violencia bipartidista, porque no veía garantías luego del asesinato de su hermano. En 1958, después una dictadura misericordiosamente corta, comenzó un pacto entre los dos partidos de siempre para presentar candidaturas únicas durante los siguientes cuatro períodos. En 1970, como cerrando esa pacificación del establecimiento que dio la razón a sus disidencias, el exdictador Rojas perdió la presidencia por 63 mil votos en un conteo que pocos se creen. En 1990, en pleno auge de las guerrillas, las autodefensas y los carteles, fueron asesinados cuatro aspirantes presidenciales. Desde 1994 se empezó a hablar de las financiaciones perversas de las campañas. Desde 1998 se usó la guerra contra las Farc como un as en la manga para ganarse a los votantes.

Y es como si en Colombia no se acostumbrara pasar la página. Pues, por culpa de la decadencia de los partidos, del resurgimiento, en pleno posconflicto con las Farc, de las tropas de la droga, y de la mentalidad de pandilla de las redes, en estas elecciones se ha dado el viejo horror: las Farc han suspendido su campaña luego de enfrentarse por tercera vez, en Yumbo, Valle del Cauca, a una muchedumbre irrefrenable; la candidata de izquierda Aida Avella, una de las pocas sobrevivientes del exterminio de la Unión Patriótica, ha sido agredida en el centro de Medellín; las congresistas Lozano y López han sido difamadas e injuriadas por aquel exprocurador ultraderechista de apellido Ordóñez –perito en bajezas– con las palabras “hacen politiquería diciendo a los niños que se acuesten con sus amigos y a las niñas que se enamoren de otras mujeres”.

Y, para que la izquierda siga siendo estigmatizada, el cobarde ELN atemoriza a los mismos pueblos que ha asolado desde el comienzo. Y, para que la derecha siga prediciendo la venezolanización del país, miles de venezolanos cruzan la frontera a diario como rezándole a Colombia. Y, para que nadie tenga el monopolio de la vileza, el uribismo –que hoy se llama Centro Democrático– denuncia que le han robado un computador con información “sensible e importante”.

Es una pregunta de fondo: ¿cuántas veces tiene que repetirse un horror en Colombia para que por fin se acabe? Es un recordatorio importante para una sociedad que no tiene tiempo de respirar hondo: de aquí a las elecciones puede ocurrir lo peor, que ya ha estado a punto, pero en ninguna parte dice que sea obligatorio.