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El general Flynn negoció cobrar 15 millones de Turquía por entregar al clérigo Fetulá Gülen

El primer y efímero consejero de Seguridad Nacional de Trump trató con Ankara la extradición de su archienemigo, según 'The Wall Street Journal'

Michael Flynn, el pasado 1 de febrero, cuando aún era consejero de Seguridad Nacional.
Michael Flynn, el pasado 1 de febrero, cuando aún era consejero de Seguridad Nacional. REUTERS

El teniente general Michael Flynn ha vuelto al disparadero. El fiscal especial, Robert Mueller, investiga si el primer y efímero consejero de Seguridad Nacional de Donald Trump negoció cobrar 15 millones de dólares a cambio de la entrega forzada al Gobierno turco de su archienemigo: el clérigo Fetulá Gülen. Este nuevo capítulo, revelado por The Wall Street Journal, muestra la extensión que han cobrado las indagaciones de Mueller. Una investigación que ya desborda el perímetro de la trama rusa y se adentra de lleno en el turbio juego de connivencias, presiones y pagos del entorno de Trump.

Flynn es el eslabón más débil del caso. Considerado en su día uno de los hombres de la máxima confianza del presidente, este militar aguarda ahora las imputaciones formales de Mueller. El abanico de las acusaciones, según fuentes conocedoras del caso, será casi tan amplio como su currículum: el de un general que tocó cielo en la era Obama y luego se precipitó al vacío.

En la anterior Administración, Flynn era considerado uno de los grandes valores del Ejército. Brillante, implacable y disruptivo, ganó batallas, fue jefe de inteligencia de unidades de élite como los SEAL y Delta Force, y en 2012 pasó a dirigir la Agencia de Inteligencia Militar.

Destinado a alcanzar la cima de la carrera militar, su ascenso se torció por su propio pie. En la agencia su carácter tiránico y su islamofobia le incapacitaron para el diálogo con sus superiores y quebraron su liderazgo hasta el punto de que en 2014 fue destituido.

Fue entonces cuando el teniente general dejó el empleo militar y abrió una consultoría, Flynn Intel Group. Un negocio de influencia que pronto entró en la órbita de Rusia y de Turquía. Como asesor recibió pagos de la compañía de ciberseguridad Kaspersky y de la aerolínea Volga-Dnepr. También trabajó para el grupo mediático estatal ruso RT, considerado por la CIA como uno de los eslabones de la campaña de intoxicación contra Hillary Clinton. Su ascenso en este universo fue de tan fulgurante que en 2015 llegó a asistir a una gala en Moscú en la que se sentó en la misma mesa que el presidente Vladímir Putin.

Atraído por su capacidad influencia en Washington, su empresa fue contratada asimismo por un intermediario turco. Su objetivo era que ejerciera como lobista del Gobierno de Recep Tayyip Erdogan.

La nueva empresa la iba bien. El dinero entraba y Flynn iba extendiendo sus tentáculos. Pero jugaba en la trastienda. No se había declarado agente de intereses extranjeros y, como se supo meses después, tampoco consignó los pagos en su declaración de bienes cuando fue elegido consejero de Seguridad Nacional, cargo del que fue destituido a los 24 días por ocultar el contenido de sus conversaciones con el embajador ruso en Washington.

Tanto estos cobros como las irregularidades formales alertaron desde el inicio a los investigadores del FBI. Eran una grieta alarmante en un personaje que había estado en contacto directo con secretos de Estado y que hasta prácticamente el momento de ser nombrado consejero de Seguridad Nacional mantenía ambivalentes relaciones con Moscú y Ankara.

Ahora, las pesquisas muestran que Flynn fue mucho más allá del asesoramiento. Él y su hijo mantuvieron en diciembre una reunión en el Club 21 de Nueva York con representantes del Gobierno turco. Ahí trazaron un plan, siempre según The Wall Street Journal, para expulsar a Gülen y transportarle en un avión privado a la prisión turca de Imrali. En aquel momento, Trump ya había ganado las elecciones y Flynn era uno de sus hombres más próximos.

Si en el Club 21 estaba actuando como lobista, futuro consejero de Seguridad Nacional o ambas cosas a la vez es algo que la investigación aún debe determinar. Pero en cualquier caso la cita revela la enorme proximidad de Flynn con los intereses de Erdogan.

Para el Gobierno turco, Gülen y su organización Himet forman parte de un peligroso entramado islamista y son los responsables del intento de golpe de Estado de julio de 2016. Durante años, Ankara ha pedido que el clérigo, que vive en EEUU desde 1999, sea extraditado por la vía rápida. Obama rechazó de plano la exigencia, pero con la llegada de Flynn se abrió una puerta que Turquía trató de aprovechar.

Pese a la dimensión que ha cobrado el escándalo, Flynn ha mantenido silencio. Consciente de que el FBI le pisa los talones, ha llegado a pedir la inmunidad al Senado a cambio de prestar declaración. El intento ha sido baldío. Los parlamentarios han preferido dejar el campo libre al fiscal especial. La investigación avanza.

El informe Steele, las prostitutas y Moscú

Las sombras rodean a Donald Trump. Los manejos de su primer consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn; el dinero negro de su exjefe de campaña, Paul Manafort, y sus propios guiños a Vladímir Putin forman parte de la trama que el fiscal especial, Robert Mueller, trata de desentrañar. De momento, ya han cristalizado tres acusaciones formales: contra Manafort y su socio Rick Gates por delitos fiscales y fraude, y contra el exasesor George Papadopoulos por haber mentido sobre sus contactos con Rusia. Pero aún queda mucho camino por recorrer.

Uno de los puntos más controvertidos del caso procede del denominado informe Steel. Un documento elaborado por el agente de inteligencia británico Christopher Steele y financiado indirectamente por los demócratas, que pretendía ofrecer material tóxico contra el presidente. El expediente, sobre el que los servicios de seguridad estadounidenses mantienen dudas, describe un supuesto encuentro de Trump con prostitutas en Moscú en 2013. La cita, incluida en el informe a partir de fuentes no contrastadas, ha sido negada con vehemencia por el mandatario y no se ha hallado ninguna prueba que lo valide. En la hipótesis de Steel sería parte de una operación de los servicios secretos rusos para chantajear a Trump. El famoso kompromat.

Hasta ahora, el contenido del documento había sido tratado marginalmente por los medios y los investigadores. La polémica se había centrado más en su financiación, sobre todo después de descubrirse la mano de los demócratas tras del informe. Esta semana, sin embargo, el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes abordó la espinosa cuestión. Al interrogar a Keith Schiller, antiguo jefe de seguridad de Trump, este contó que en 2013, cuando su jefe visitó Moscú con motivo de la celebración del concurso de Miss Universo, un empresario ruso sin identificar le ofreció enviar cinco prostitutas a su habitación del hotel Ritz-Carlton. Schiller señaló que la propuesta fue rechazada e incluso que se la tomó como una broma.

La declaración, lejos de haber apaciguado las aguas, ha sacudido los medios estadounidenses. Aunque niega la premisa mayor, admite que sí hubo ofrecimiento y abre la puerta a futuras pesquisas.

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