Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
ANÁLISIS

El muro de Colombia

Muchos colombianos siguen empeñados en creer que su país no puede ser la buena noticia

Guerrilleros del Bloque Sur se dirigen a las zonas de transición.
Guerrilleros del Bloque Sur se dirigen a las zonas de transición.

Si algo ha conseguido el proceso de paz es anestesiar a buena parte de Colombia. Después de cuatro años de negociaciones tan ininteligibles y complejas sobre el papel como necesarias en la práctica; de un Gobierno que no supo transmitir el ingente trabajo en el que se embarcaron; de la actitud soberbia, aún hoy, de muchos miembros de las FARC que sienten no haber roto un plato en su vida cuando lo que en realidad rompieron fueron vidas; de la arrogancia de un sector de la oposición que no apoyará el proceso hasta que venzan en las presidenciales de 2018 o queden tan apartados que su respaldo será intrascendente, da la impresión de que muchos colombianos, como dicen aquí, están mamados de la paz. Cansados.

Desde este fin de semana, más de 6.000 guerrilleros armados transitan hacia las zonas donde iniciarán el camino a la legalidad. Lo han hecho, casi literal, de la mano de la ONU y de las Fuerzas Armadas. De los mismos contra los que se han dado plomo durante más de 50 años. Nunca en todo ese tiempo guerrilleros y militares han estado tan cerca sin dispararse.

El reto era descomunal. Llegar el pasado julio, por ejemplo, desde Bogotá al campamento central del Bloque Sur, en la región del Putumayo, en la frontera con Ecuador, supuso tomar dos aviones, circular por una carretera de tierra una hora, cuatro horas en lancha, una en bote entre manglares y unos 40 minutos de caminata por trocha embarrada. Para hacer la mitad del camino inverso y movilizar a 365 guerrilleros, se necesitan casi tres días de traslado por 225 kilómetros de río en 24 lanchas y cinco más de carga; otros 220 kilómetros por tierra en 13 autobuses, cuatro camiones y una camioneta especial para enfermos y embarazadas.

De aquí en adelante se producirán bailes que no deberían darse, como si evitarlos en Colombia fuese sencillo; habrá reclamos de las FARC por unas casas que no llegan y a muchos colombianos -incluyendo funcionarios del Gobierno- les costará entender que los guerrilleros también son personas. Falta el proceso de paz con el ELN y a los líderes sociales los matan como chinches esos que el Gobierno se niega a llamar paramilitares… por una cuestión del lenguaje. Todo eso empaña, no obstante, otra realidad: que en los cinco meses desde el cese al fuego no ha habido ni muertos ni heridos entre la población civil por el conflicto. El año pasado el país cerró con la cifra más baja de homicidios en 42 años.

Colombia no puede recibir más apoyo internacional del que ya tiene, más buenas palabras que ya casi empachan a los convencidos, se pierden entre la indiferencia de otros tantos y rebotan al topar con la intransigencia muchos. El mismo fin de semana que el mundo asistía con pavor a la política persecutoria de Donald Trump, muchos colombianos seguían empeñados en creer que su país no puede ser la buena noticia. Como si no hubiesen tenido décadas de portadas trágicas. En estos días de muros infames, bien harían en derribar de una vez el de la intransigencia y la indiferencia, el único que puede impedir que la paz siga avanzando.

Más información