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Bruselas admite que será “difícil” trabajar con Donald Trump

Tusk y Juncker reclaman "cooperación" a Estados Unidos ante los desafíos del ISIS, Ucrania y Oriente Próximo, y reclaman una cumbre transatlántica

El presidente electo, Donald Trump, junto al vicepresidente Mike Pence.
El presidente electo, Donald Trump, junto al vicepresidente Mike Pence. REUTERS

Conmoción en los mercados financieros desde el Pacífico hasta el Atlántico. Y temporada de huracanes políticos: Europa se ha despertado hoy con la tremenda sacudida política por la inesperada victoria del republicano, multimillonario y excéntrico --no necesariamente por ese orden-- Donald Trump en las elecciones estadounidenses. Trump, que en campaña ha amagado con debilitar los tradicionales lazos de Estados Unidos con Europa e incluso con cambiar el papel de Washington en la OTAN, abre una etapa de incertidumbres en todo el mundo.

Los líderes ultraderechistas del Viejo continente han madrugado para felicitar al nuevo presidente norteamericano y ponerse a su servicio, empezando por Marine Le Pen. Los presidentes de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y el Consejo Europeo, Donald Tusk, han hecho un llamamiento a la "cooperación" entre Europa y Estados Unidos ante los desafíos que suponen el Estado Islámico, la actitud de Rusia en Ucrania y la inestabilidad en Oriente próximo. Bruselas ha invitado a Trump a una cumbre transatlántica. El jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha asegurado que el liderazgo de EE UU es "más necesario que nunca" y también ha confiado en una pronta reunión con el nuevo presidente estadounidense. Pero tras las felicitaciones de todos esos líderes hay una mezcla de incertidumbre y miedo ante la formidable convulsión que representa el trumpismo para el viejo orden internacional posterior a la II Guerra Mundial.

Barack Obama, el hombre que en su visita a Alemania durante la campaña para llegar a la Casa Blanca fue aclamado en Berlín por 200.000 personas con un discurso de esperanza que llamaba a derribar los muros entre razas, naciones y credos y estrechar los lazos con Europa, dejará su lugar a Donald Trump, el más firme defensor de levantar junto a su vecino México una inmensa pared infranqueable y con varios frentes abiertos en el Viejo Continente. Europa trata de asimilar el nuevo escenario. En medio de una visible decepción, sus dirigentes se han valido de palabras tan corteses como vacías de emoción: "Como presidente del Parlamento Europeo felicito al nuevo presidente de EE UU, Donald Trump. La UE está lista para cooperar con el nuevo presidente", ha declarado esta mañana Martin Schulz.

El presidente de la Eurocámara había evitado refugiarse en la comodidad del silencio para pronunciarse con claridad sobre sus preferencias: “Trump no es solo un problema para la UE, es un problema para el mundo entero”, dijo al diario alemán Der Spiegel hace apenas dos meses. Este miércoles su rol se ha ceñido al de representar la corrección diplomática de la institución no sin reconocer que "el trabajo será más difícil que con anteriores Administraciones".

Algo parecido han hecho los demás dirigentes. El noruego Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, ha felicitado a Trump y le ha recordado la importancia de "mantener fuerte" el vínculo trasatlántico y que todos los países de la OTAN han hecho "un compromiso solemne" de "defender al otro". Pero Trump ya ha anunciado durante la campaña que las relaciones de su país con la OTAN van a cambiar. Los ministros de Exteriores y Defensa europeos son conscientes de que la Alianza Atlántica puede sufrir un viraje. Berlín ya ha calificado el resultado de Estados Unidos como "un tremendo shock", en palabras de su ministra de Defensa, Ursula von der Leyen.

La victoria de Trump tiene consecuencias más allá del claro posicionamiento favorable a Hillary Clinton que han expresado en voz alta sus líderes, desde la canciller Angela Merkel hasta el presidente francés François Hollande pasando por el de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. “Predicador del odio”, llegó a llamarle el ministro de Exteriores alemán, Frank-Walter Steinmeier. Todos ellos deberán tratar ahora cara a cara con el Gobierno de Trump, primer socio comercial de la UE, del que esperan una evolución de candidato agresivo a gestor prudente. "Los lazos entre la UE y EE UU son más profundos que cualquier cambio político", ha declarado la alta representante de la Política Exterior europea, Federica Mogherini.

En este ámbito, el primer efecto claro del triunfo republicano es el entierro definitivo del tratado de libre comercio que desde hace tres años negocian la UE y Estados Unidos, el llamado TTIP. Se abre además un nuevo periodo en el que la mayor potencia económica mundial tendrá como líder a un firme partidario de políticas proteccionistas que ha cuestionado a los principales organismos que regulan los intercambios mundiales al calificar de “desastre” la Organización Mundial del Comercio y desconfiar de la OCDE.

Pero sobre todo, eleva a cotas inesperadas la inquietud ante los próximos procesos electorales que afronta el Continente, con el xenófobo Geert Wilders en liza en los comicios holandeses de marzo, la ultraderechista Marine Le Pen liderando las encuestas para las presidenciales francesas de abril y mayo, y la antiinmigración Alternativa por Alemania lista para dar un salto cualitativo en las elecciones federales germanas previstas para la segunda mitad del año.

El calendario juega ahora a favor de las fuerzas populistas. Los partidos tradicionales no encuentran la fórmula para frenar el ascenso del antiestablishment que ya dejó muestra de su potencia en el continente con el Brexit. La tendencia no entiende aparentemente de claves macroeconómicas, pero la debilidad de la recuperación europea la hace más vulnerable ante este tipo de mensajes: Estados Unidos crece casi el doble y tiene la mitad de paro que la eurozona, unas cifras que de nada le han servido para acortar la distancia sideral que parece separar hoy a las élites del ciudadano.

La magnitud de los fuegos que los Veintiocho tendrán que apagar con Trump tras sus desencuentros públicos abarcan materias tan trascendentes como la Defensa, donde el nuevo presidente mira más a Moscú que a Bruselas, sede de la OTAN. Trump ya vertió duras críticas contra sus aliados durante la campaña, acusándoles de aportar poco dinero al organismo, y amenazó con dejarles fuera del paraguas americano. Estados Unidos supone casi el 75% del gasto militar de los miembros de la Alianza. Y aparte de Grecia, Reino Unido, Estonia y Polonia, ninguno de los aliados europeos cumple el objetivo de gastar en defensa una cifra equivalente al 2% del PIB (España se sitúa en el 0,91%).

La imprevisible actitud del nuevo presidente en un campo de importancia estratégica podría empujar a Europa a asumir un papel más relevante en el tablero internacional y acelerar la integración militar en la UE ante la envergadura de retos como el conflicto en Ucrania o la guerra en Siria.

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