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El discurso conciliador de Humberto De la Calle contra el escepticismo de Colombia

“Muchos querían castigo para las FARC, pero también hubo otros responsables”, dice el jefe negociador del Gobierno

Humberto de la Calle, en una rueda de prensa en La Habana el 25 de agosto. Ampliar foto
Humberto de la Calle, en una rueda de prensa en La Habana el 25 de agosto. AFP

Humberto de la Calle ha hecho muchas cosas en la vida, porque uno con 70 años puede haber sido ministro de Gobierno de César Gaviria en la Constituyente de 1991; vicepresidente en la época de Ernesto Samper, con quien después rompió; embajador en España, en Reino Unido, dirigir un bufete de abogados… Quienes han tratado de cerca al que quizás sea el último gran referente de la política tradicional colombiana de liberales y conservadores coinciden, no obstante, en que ante todo es un hombre que trata de que las cosas sucedan. Incluso despertar ilusión ante el manto de escepticismo que cubría el pacto con las FARC, después de 52 años de guerra.

“Seguramente el acuerdo logrado no es un acuerdo perfecto, pero tengo la certeza de que es el mejor acuerdo posible. Probablemente todos hubiéramos querido algo más. Nosotros mismos hubiésemos querido algo más”, se sinceró De la Calle, que leyó en nombre de todo el equipo negociador un texto con una gran dosis personal. Empezaba así el que fue el discurso de mayor altura política que se recuerda en las últimas décadas en Colombia. Por lo conciliador, esperanzador y pedagógico, una rara avis en estos cuatro años. También por la valentía, aún más complicada de encontrar entre los dirigentes de las élites colombianas, al asumir sin tapujos la parte de responsabilidad del Estado en 52 años de terror: “Muchos colombianos quisieran castigo para las FARC. Pero también con igual fervor deberíamos pedir el mismo castigo para todos los responsables. Agentes estatales que desviaron su misión y terceros financiadores de graves crímenes y masacres”, aseguró, poco después de alertar de la crisis institucional de Colombia: “Este marco es también una oportunidad para profundizar en la lucha contra la corrupción. Es un cáncer que nos devora”.

Dotado de una gran capacidad de consenso, como coinciden al menos la decena de personas cercanas a él en distintas épocas consultadas, su tolerancia y pragmatismo político han conseguido que sea el único actor de todo el proceso de paz al que no le han llovido ataques directos. Ni siquiera el uribismo más ortodoxo, crítico con él como con todo el proceso de paz, ha levantado la voz ante De la Calle. Él volvió a tenderles la manos. “Agradezco a quienes han expresado sus reservas y críticas. Ellos no son los enemigos de la paz. Los enemigos de la paz son los que han llenado las redes sociales de falacias y mitos”.

De la Calle, una figura del establishment tradicional colombiano de liberales y conservadores, asumió liderar el equipo negociador después de una reunión con el presidente, Juan Manuel Santos, a principios de septiembre de 2012. “Caramba, en qué lío me he metido”, fue su primera sensación, como recordaba en una entrevista con este diario en noviembre. Aceptó, confesaba, porque pensaba que el proceso no se extendería muchos meses. Cuatro años después, el cansancio acumulado por la “doble vida” que llevaban los negociadores, en palabras de una colaboradora, le devora por dentro. Apenas tenía tiempo siquiera para hacer ejercicio, algo con lo que ha sido juicioso. El agotamiento no le limitó para seguir trabajando hasta lograr el acuerdo.

Como todos los negociadores, la distancia de la familia ha sido lo que más le ha pesado a De la Calle. En su caso, se acentuó entre marzo y abril del año pasado, cuando nació uno de sus nietos con unas complicaciones, ya resueltas, lo que le tuvo en un ir y venir continuo entre Bogotá y La Habana. Al inicio de las conversaciones, De la Calle aprovechaba para conocer más la isla, pero poco se fue enclaustrando en la casa donde convivía la delegación. La lectura fue su refugio. Desde la biografía del Che, de Jon Lee Anderson; hasta el ensayo Back Channel to Cuba, de LeoGrande o un libro sobre el genoma humano que terminó en las últimas semanas. En el celular conserva poemas de Borges. “Antes de que llegue el sueño leo dos o tres, me parece un compañero muy importante”, confesaba en noviembre. Con Netflix, y series como House of Cards, conseguía también sobrellevar los ratos libres.

No todo ha sido un camino de rosas tampoco durante las negociaciones. De la Calle vivió uno de los momentos más delicados el 23 de septiembre del año pasado, después de que Santos y Timochenko firmaran lo que se consideraba el acuerdo de justicia. “Parecía que el proceso había entrado en tierra derecha”, recordaba De la Calle, que suele recurrir a dichos y expresiones hechas, en este caso de hípica. Sin embargo, él salió a aclarar que se trababa de un documento en desarrollo, lo que crispó a las FARC. La confianza que tanto le costó entablar con la guerrilla, se quebró. Uno de los acuerdos más importantes de las negociaciones se demoró tres meses más. Además, en la recta final de las conversaciones aparecieron actores, como el hermano del presidente, Enrique Santos o la canciller, María Ángela Holguín, que adquirieron un papel protagónico que no siempre sentó bien a De la Calle. Aunque se le notase bravo, la forma en que los colombianos definen a alguien enfadado, quienes trataron con él esos meses no le recuerdan un mal gesto.

En los últimos meses, ya no en este último cónclave, logró restablecer la confianza con las FARC. “Consiguió que le creyesen de nuevo”, asegura una persona implicada. Con ellos ha pasado más tiempo que con su familia, y aunque no llegó a entablar una relación de amistad ni de complicidad, tuvo palabras de reconocimiento para ellos el pasado martes: “Desde orillas opuestas, debemos reconocer su disciplina. Fueron conversaciones complejas, a veces amargas. Pero el resultado es suficiente recompensa”.

Las intervenciones de los negociadores solían pasar antes por varias manos. El texto que leyó De la Calle el martes fue en un 99% de su autoría, asegura una persona muy cercana a él. Parte lo tenía ya preparado. El resto, lo ultimó desde el domingo, en los pocos ratos libres que le dejaban los temas pendientes, cuando empezó a sentir que todo terminaba.

En noviembre pasado, ante el enrevesado lenguaje de los comunicados y la falta de claridad de los mensajes, que no terminaban de calar entre los colombianos, tan escépticos ante lo negociado, asumía con sorna: “Hemos caído en esa libido jurídica que cada colombiano lleva entre pecho y espalda. Todos nos sentimos constitucionalistas desde la cuna.” El miércoles se despojó de cualquier corsé y se permitió una licencia que sus compatriotas, por fin, entendieron como algo cercano: “Hoy conozco mejor a Colombia. Hoy me duele más el sufrimiento de muchos compatriotas. He aprendido mucho de la capacidad de resistencia de los colombianos, de su generosidad y de su alegría”.

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