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Los últimos compases de las FARC en la guerra

Los guerrilleros del Bloque Sur viven plácidamente después de décadas de terror, ajenos y desconectados del mundo al que se asomarán cuando se firme la paz

VÍDEO: JUAN CARLOS ZAPATA | FOTOGRAFÍAS: CAMILO ROZO
Selvas del sur de Colombia

El final de la guerra se baila en las montañas de Colombia a ritmo de ranchera, vallenato y mucha cumbia. El silencio de los fusiles, de las bombas, del terror, ha traído de vuelta a la selva el sonido de Los Rebeldes el Sur, el grupo de música formado por guerrilleros de las FARC. En algún rincón de la región del Putumayo, sobre un escenario de madera, celebraban el primer fin de semana de julio el cese al fuego bilateral y definitivo con un concierto. Durante años, las ondas sonoras hubiesen sido el anzuelo perfecto para un bombardeo del Ejército. Ahora lo son para arrastrar a unos cincuenta guerrilleros a rumbear. Despojados de una vida de plomo, ajenos al abismo de un futuro incierto.

En el último año, la guerrilla más antigua de América Latina, alzada en armas desde 1964, se ha abierto al mundo. Después de casi cuatro años de negociaciones, y a medida que el desenlace final se ve más nítido, las FARC se han vuelto más accesibles, siempre salvaguardando los parámetros de seguridad y siendo muy escuetos en las indicaciones. Apenas un correo electrónico indica con unos días de antelación el punto de Colombia al que acudir. En este caso, la cita es en Mecaya, un corregimiento en la región del Putumayo a donde se llega después de cuatro horas en lancha desde el municipio más cercano.

Ya en Mecaya a nadie le extraña la presencia de los desconocidos que se instalan en uno de los billares. Dan por hecho que si están ahí es porque tienen la venia de quien controla el lugar. Todos miran, nadie pregunta en territorio fariano. Ni siquiera la propietaria del local, que saluda alegremente y ofrece café. Después de un par de horas y al explicarle la situación, regala una palmada en el hombro: “Ya vendrán, los camaradas siempre vienen”.

Al cabo de un rato, un hombre entra en el local y sin mediar palabra tiende la mano mientras suelta: “Yo soy el que los va a llevar”. Cargado con varias sacas de alimentos, el bote de Tulio, el guerrillero vestido de civil que hace las veces de anfitrión, sube el Caquetá y se adentra por un laberinto imposible de memorizar. El único sonido que se percibe más allá del motor es el de las aves o los monos que saltan entre la selvática vegetación, cada vez más frondosa. Apenas unas casas de campesinos se otean durante la hora de recorrido hasta llegar a un rincón donde esperan dos guerrilleros, ya vestidos de verde oliva y desarmados. Falta una buena caminata por una trocha embarrada en estos lluviosos primeros días de julio hasta llegar al campamento central del Bloque Sur de las FARC, en el área de operaciones del frente 48. Más sencillo: un lugar de la selva colombiana donde no hay otra forma de llegar que de la mano guerrillera. O por un ataque militar desde el aire. No muy lejos de esta zona fue bombardeado, en 2008 en suelo ecuatoriano, el campamento de Raúl Reyes, entonces número 2 de la guerrilla, uno de los mayores golpes de la última década.

Los comandantes Martín Corena y Robledo –todos los nombres responden al alias guerrillero- aguardan a la entrada del campamento, protegido por inmensos árboles que impiden intuir desde lejos lo que puede haber en el interior. Parapetado por un sombrero de cowboy y enfundado en la camiseta azul de la selección brasileña de fútbol, cubierta solo por el chaleco del que asoma una pistola, Corena, de 63 años y 38 en las FARC, marca el paso hacia el interior del lugar.

-Vivimos más aliviados. Antes, dormíamos aquí una noche y al día siguiente en otro sitio.

Antes, no supone tanto tiempo. Después de que las FARC iniciaron un cese al fuego unilateral en julio del año pasado, el Gobierno suspendió un mes después los bombardeos contra los campamentos y cedió la presión sobre el terreno. Con el tiempo, la tregua donde verdaderamente se instaló fue en las vidas de los guerrilleros. Los más de 50 que conviven en este campamento no se han movido de él en los últimos dos meses. Nunca habían permanecido tanto tiempo en un mismo lugar. “Deberíamos conservarlo tal cual está cuando nos vayamos”, repetirá varias veces Yudi, de 34 años, casi 19 en las FARC, vestida con una camiseta rosa fosforito. Si durante años cualquier signo de distinción podría ser percibido desde el aire, ahora las prendas son el primer síntoma de cambio. Los colores llamativos abundan tanto entre ellos y ellas como las camisetas de fútbol: Manchester City, selección alemana, Barcelona y, cómo no, el omnipresente 10 blanco de James. Hasta en la selva.

Los guerrilleros aprovechan los tiempos muertos para estudiar y ver películas en algunos de los ordenadores con los que cuentan. ver fotogalería
Los guerrilleros aprovechan los tiempos muertos para estudiar y ver películas en algunos de los ordenadores con los que cuentan.

Todos los cambuches, el espacio en el que duermen, cuentan con toldo para la lluvia, una cama levantada con sólidos tablones de madera y algunos palos de los que cuelgan el chaleco, el fusil y el morral. Algunos incluso han perfeccionado una suerte de baldas donde reposan jabones, perfumes y botes varios. Por el campamento corretean más de un centenar de gallinas, pavos, cuatro perros, monos, loros que ríen descolgados de los árboles…

El almacén de comida solo se ve vacío unas horas, después de trasladar frutas y verduras a otros campamentos cercanos. Las inundaciones, cuentan, se han llevado por delante los baños que tenían preparados, así que han improvisado varias letrinas cerca de alguna de las salidas del campamento. El agua no ha afectado a ninguna de las dos cocinas suficientemente equipadas, con hornillos, vajilla de diversos tamaños y un frigorífico. Salvo el día del concierto, donde todo el mundo degustó lechona –de uno de los 20 marranos que crían-, los guerrilleros se salen poco del arroz con frijoles servido en pocillos de metal. Para los mandos e invitados, el menú es más amplio: copiosos desayunos de caldo con carne o pescado, almuerzo contundente y cena nada ligera, servido siempre en platos. “Es por una cuestión de salud y porque también nos lo hemos ganado”, argumenta Corena. También hay clases en esta guerrilla de origen comunista. Si la mayoría se baña en ropa interior en el río, los comandantes se asean ante sus cambuches gracias a un barril enorme del que van cogiendo agua con un caldero.

El centro del campamento queda delimitado por una tarima, donde todas las mañanas forman y el comandante da el parte. La jornada arranca muy temprano, a las cuatro, aunque las primeras ráfagas de luz se resisten hasta casi las seis. El sol cae 12 horas después. A partir de las siete de la tarde todo el mundo carga con una linterna, algo impensable antaño. Unos aprovechan el final del día para leer algún libro, ver alguna película arremolinados en torno a algún ordenador o ir al barracón que hace las veces de aula, donde se sientan ante la tele todas las noches. A las puertas del posconflicto, las FARC se permiten también DirectTV, uno de los sistemas de televisión por cable de Colombia. Entre semana, toca ver las noticias; los fines de semana, alguna película. “Factura vencida”, reza el rótulo. “Esto lo paga algún camarada”, dicen sin mayores explicaciones.

Los quehaceres también han cambiado los últimos días. Ya no se preparan ataques ni operaciones militares. Los esfuerzos se concentran en empezar a capacitar a los guerrilleros para la vida sin armas, para cuando en unos meses se tengan que desprender de los M-16, R-15, AK-47, los fusiles que han sido parte de ellos y cuya omnipresencia entre tanto confort propio de un campamento de verano aterriza a la realidad guerrillera. No hay rastro, eso sí, de explosivos ni armamento pesado. “Está guardado para la verificación”, asegura Martín Corena.

Varios guerrilleros bailan durante una actuación de los Rebeldes del Sur, grupo formado por miembros de las FARC. ver fotogalería
Varios guerrilleros bailan durante una actuación de los Rebeldes del Sur, grupo formado por miembros de las FARC.

El comandante pasa el día coordinando lo que será el traslado a las zonas de concentración. Hace apenas una semana del anuncio del cese al fuego bilateral y definitivo y Yudi vuelve a leer el comunicado de La Habana a primera hora de la mañana. Un galimatías para muchos. Andrea Rojas, 53 años y 32 en la guerrilla, reclama ante sus compañeros más pedagogía, poco después, ya en privado, completa: “Confiamos en los camaradas del secretariado, pero creo que necesitamos más información, que nos expliquen mejor la vaina”. Es una sensación generalizada: saben que se concentrarán y dejará las armas –la palabra entrega es tabú-, pero ninguno tiene ni la más remota idea de lo que vendrá después.

A diferencia de lo que ha ocurrido en al menos el Frente 1, aquí no se contemplan deserciones. La rigidez de la estructura militar se ha colado hasta las entrañas. Cualquier sueño o deseo de futuro queda supeditado “a lo que diga la organización”, bien por convicción, por miedo, por inseguridad.

“Hay guerrilleros que nunca han contestado un celular o han encendido un computador”, asume Ramiro Durán, uno de los mandos del Bloque Sur. Él sí conoce un mundo que el resto, como ocurre en esta Colombia tan desigual, ni imagina. A punto de cumplir 36 años, decidió dejar su carrera de Derecho en Bogotá cuando tenía 20 y era líder estudiantil. Con un discurso elaborado, transmite la sensación de que el desembarco de las FARC en el día a día de la política tradicional estará liderado por gente como él, hasta ahora anónimos. Se desconoce, sin embargo, cuántos perfiles hay así entre los 8.000 guerrilleros –y otros tantos milicianos- que las autoridades estiman hay en las FARC. “Tenemos que lograr una apertura democrática en Colombia y eso no lo hacemos con dogmatismo ni con sectarismo, que desafortunadamente ha existido en la izquierda”, se lanza cuando se le pregunta por el papel que jugarán las FARC en la política colombiana.

El desafío es ingente. En algunas zonas de Colombia son la única ‘institucionalidad’ que conocen los campesinos, pero el rechazo que generan en los núcleos urbanos es abrumador. Las encuestas apuntan que en torno al 90% de la población tiene una imagen desfavorable de la guerrilla. La autocrítica no termina tampoco de estar instalada. Los asesinatos, los secuestros, el reclutamiento… Para ellos todo responde a una campaña de criminalización y, en el mejor de los casos, a errores de la guerra de carácter individual.

-Tenemos que darnos a conocer como seres humanos, de nosotros han hecho monstruos, se queja Ramiro Durán.

-¿Y cómo piensan hacerlo?

-Necesitamos innovar, ser creativos, menos esquemáticos, más abiertos a escuchar al otro.

Durante décadas organismos internacionales, como Unicef, han denunciado el reclutamiento de menores por parte de los grupos armados en Colombia. Uno de los acuerdos alcanzados en La Habana implica que las FARC sacarán de sus filas a los menores de 15 años e iniciarían un protocolo para garantizar que ocurra lo mismo con los que no hayan cumplido 18. Es el caso de Sofía. “Mi familia no me quería y mi padre era guerrillero, así que fui a buscarlo, lo mataron en una emboscada antes de que lo encontrara”, son las explicaciones que da sobre su entrada en las FARC con 12 años, hace cuatro. La suma no cuadra con los 19 años que dice tener y que está lejos de aparentar. Martín Corena lo confirma: “No quiere saber nada sobre la posibilidad de acabar en Bienestar Familiar”. El promedio de edad en el campamento central del Bloque Sur es de unos 25 años. Prácticamente todos los guerrilleros fueron reclutados siendo menores. Ninguno lo esconde. “Suele ser así”, asume María Elena, de 28 años, 15 en las FARC, mientras repasa en su cambuche unos apuntes sobre imagen y fotografía y revela un sueño para su próxima vida de civil: “Quiero ponerme unos tacones”.

Otro de los retos será contribuir a la erradicación de cultivos ilícitos. Las FARC niegan todas las acusaciones y denuncias sobre narcotráfico que pesan sobre ellos. Solo admiten que han cobrado un impuesto a las mafias que operan en su territorio, por no hacerlo al campesino que cultiva la hoja de coca y al que protegen, dicen, por ser el eslabón más débil. “El narcotráfico nos ha hecho mucho daño, corrompió a todo el mundo y explota al campesino. A nosotros nos lo imponen para poder matarnos por narcotraficantes”, asegura Robledo.

El Putumayo, región fronteriza con Ecuador y Perú, ha sido un corredor histórico de la coca. Es imposible obviar los cultivos de hoja de coca que hay en torno a este campamento. Los mandos guerrilleros insisten en que pertenecen a los campesinos de la zona y que ellos solo se dedican al cultivo de la yuca, el plátano y demás plantaciones también bien visibles y a las que dedican buena parte del día. El cuidado por tratar de no mostrar cualquier relación con la coca es extremo. El escenario donde actúan Los Rebeldes del Sur está incrustado en una plantación. Martín Corena pide que no se tomen imágenes de las hojas de coca.

-Es para evitar confusiones injustas.

Lo dice sereno, susurrando al oído, casi opacado por el sonido de la cumbia que mueve el disfrute de los guerrilleros. Los últimos compases de la guerra en Colombia, los inciertos primeros pasos de la paz.

Maria Elena tiene 28 años, ingresó a la guerilla cuando tenía 13. ver fotogalería
Maria Elena tiene 28 años, ingresó a la guerilla cuando tenía 13. "Suele ser así", resume, sin querer darle más importancia. A punto de iniciar un curso para aprender a usar ordenadores, confía en poder seguir estudiando en su vida como civil. "Seguir mejorando con la fotografía, los vídeos...". Una sensación, la de querer seguir aprendiendo, que comparte con Guzmán, de 21 años, desde hace 5 en la guerrilla. Su sueño es vivir en una ciudad, concretamente en Medellín. "Siempre me han hablado bien de los paisas", sonríe. Allí confía en estudiar Medicina. "Hay que mejorar el sistema de salud".
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