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El descenso en la llegada de refugiados concede un respiro a Angela Merkel

Berlín se aferra al cierre de la frontera exterior europea como única solución a la crisis migratoria

Refugiados sirios llegan a Hannover (Alemania) el pasado 4 de abril, como parte del plan de reasentamientos directos desde Turquía. Ampliar foto
Refugiados sirios llegan a Hannover (Alemania) el pasado 4 de abril, como parte del plan de reasentamientos directos desde Turquía. AFP

La política de ofrecer “una cara amable” a aquellos que huyen de la guerra o de la persecución defendida por la canciller Angela Merkel es ya historia. Presionada por una opinión pública cada vez más crítica y por la escasa voluntad de los países europeos de repartir la carga de refugiados, Alemania centra ahora todos sus esfuerzos en sellar la frontera exterior europea. Y este intento empieza a dar sus primeros resultados. Frente a las 120.000 personas que entraron en el país el pasado mes de diciembre, la cifra cayó en marzo a 21.000, según los datos oficiales conocidos el viernes.

La paradoja es que este descenso es consecuencia directa de una decisión que Merkel criticó duramente: el cierre de la ruta de los Balcanes que Austria acordó a principios de marzo con los países de paso hasta Macedonia. Este bloqueo provocó un fenomenal efecto tapón en la frontera con Grecia y llevó a la canciller alemana a rechazarlo por considerar que descargaba toda la presión sobre Atenas. Pero Merkel empieza ahora a beneficiarse de sus efectos.

Los datos presentados en Berlín por el ministro del Interior, Thomas de Maizière, dan lugar a muchas interpretaciones. Por una parte, las peticiones de asilo siguen en niveles altísimos. Las más de 180.000 solicitudes del primer trimestre —presentadas en muchos casos por personas que llegaron a Alemania a lo largo de 2015— suponen un incremento del 112% respecto al mismo periodo del año pasado.

Pero al mismo tiempo, las entradas han caído drásticamente. Y con ello Merkel obtiene un alivio temporal y parece algo más fácil lograr el objetivo al que ha ligado su supervivencia política: reducir este año “de forma considerable” la cifra de un millón de refugiados que acogió Alemania en 2015. “El problema no está ni mucho menos solucionado, pero la presión se ha reducido”, asegura Josef Janning, jefe de la oficina berlinesa del centro de estudios European Council on Foreign Relations.

El pacto europeo con Turquía para sellar la frontera griega, impulsado de manera personal por Merkel, tiene muchas grietas. Los expertos alertan que es cuestión de tiempo el que los traficantes de personas busquen nuevas rutas de entrada por el Mediterráneo. Pero el Gobierno alemán ya ha avisado de que, si eso ocurre, podría buscar acuerdos con los países del norte de África parecidos al sellado con Ankara. El gran agujero en este plan podría ser Libia, un Estado al borde de la descomposición. "La gran complicación del año pasado consistía en que la UE no tenía una idea clara sobre cómo proteger nuestra frontera exterior”, dijo Merkel el jueves junto al presidente francés, François Hollande, tras un Consejo de Ministros conjunto de los dos países.

“El pacto con Turquía supuso un éxito para Merkel, porque le permitió mostrar una salida que permitiera reducir los flujos de llegadas y que, al mismo tiempo, no consistiera en un cierre de fronteras como los que propugnaban Hungría o Austria”, señala Janning.

Más crítica es la politóloga y antigua candidata socialdemócrata a la jefatura del Estado alemán Gesine Schwan, que reprocha a la canciller Merkel una creciente falta de solidaridad. “Su Gobierno no ha sido nunca claro en su respuesta a la crisis migratoria. Oscilaba entre la política de puertas abiertas y la intimidación. Pero desde que selló el pacto con Turquía ha quedado claro que la intimidación se ha convertido en el centro de su política”, concluye la presidenta del laboratorio de ideas Humboldt-Viadrina.

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