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La mujer más audaz de Bruselas

La comisaria de Competencia Margrethe Vestager inspiró a la protagonista de la serie danesa ‘Borgen’ y ha planteado batalla a EE UU (Google) y Rusia (Gazprom)

Margrethe Vestager fotografía a los periodistas tras una conferencia de prensa en Washington el 16 de abril pasado.
Margrethe Vestager fotografía a los periodistas tras una conferencia de prensa en Washington el 16 de abril pasado. Reuters

La voz más poderosa de Bruselas suele entretenerse tejiendo elefantes en las reuniones. A su sucesor en el Gobierno danés le regaló un ejemplar colorido con un mensaje chocante, que parece sacado de una película de Lars Von Trier: “He tejido esto para ti. Es un elefante. Los elefantes son sociables; son animales perspicaces. Viven en comunidad y —tengo que decirlo— en sociedades matriarcales. No tienen rencor, pero sí buena memoria”. La comisaria europea de Competencia, la liberal Margrethe Vestager (Copenhague, 1962), es una de las figuras más pujantes de la capital europea. Hija de pastores luteranos, con menos de 30 años fue ministra de Educación y Relaciones con la Iglesia: se convirtió, en la práctica, en la jefa de sus padres. Metida en política desde los 21, su indudable atractivo cautivó a los creadores de la serie Borgen —una especie de El ala oeste de la Casa Blanca en formato nórdico—, cuya protagonista está inspirada en Vestager. En su trayectoria van y vienen los elefantes: en las dos últimas semanas, más que tejerlos, ha cazado dos, con la apertura de titánicas batallas legales contra Google y Gazprom. Vestager contra el epítome de la revolución tecnológica estadounidense, Google; Vestager contra el gigante paraestatal ruso Gazprom.

No es fácil saber quién es de veras Margrethe Vestager. Marcada por la educación religiosa de sus padres, se sabe que prefiere la bici al coche oficial. Está loca por Twitter. Es feminista, estilosa, cosmopolita, abierta, comunicativa. Su bisabuelo fundó el partido que ha liderado hasta hace bien poco, llamado por azares del destino Izquierda Radical, aunque es cualquier cosa menos de izquierdas y radical: quizá pueda encasillarse como socioliberal nórdico (si es que eso significa algo); en el Parlamento Europeo se alinea en el grupo liberal. Estudió economía y al acabar entró como funcionaria en el Ministerio de Finanzas. Y, tras una fulgurante carrera, en su última etapa en Dinamarca capitaneó las carteras de Economía e Interior —así conoció al presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker: en los Ecofines, las reuniones de ministros de Economía—, y fue viceprimera ministra en un gobierno de coalición. Está “felizmente casada”, según suele repetir, con un profesor de matemáticas y filosofía, y tiene tres hijos. Habla inglés al menos tan bien como Yanis Varoufakis, ese ministro griego con aires de personaje de Shakespeare. Y es asombrosamente próxima. “Cuéntenme quiénes son ustedes: no dónde trabajan ni para quién, sino qué tal están en Bruselas, qué quieren hacer con su vida”, espetaba hace unas semanas a un grupo de sorprendidos corresponsales para abrir fuego en una cena informal. “Tiene fama de dama de hierro, pero a la vez es próxima, amable y extremadamente educada”, dice de ella un estrecho colaborador.

Ha llevado nuevos aires a su cartera, con una versión menos politizada que la de su predecesor, Joaquín Almunia

Tampoco es sencillo saber qué piensa. Entre el ejército de lobistas bruselenses —valga la redundancia— que la han perseguido en estos últimos seis meses hay dos versiones del vestagerismo. Hay quienes creen que es una mujer obsesionada con las reglas, dogmática, defensora a ultranza de la transparencia, con una desmedida confianza en sí misma. Otros, y estos son cada vez más numerosos, destacan su irreverencia, su pragmatismo, su estilo claro y directo, su sentido del humor, los nuevos aires que ha llevado de Competencia con una versión menos politizada que la que ofrecía su predecesor, Joaquín Almunia. No es fácil encasillar a Vestager. Cuando estaba en el Gobierno danés defendió con uñas y dientes limitar las prestaciones por desempleo y las pensiones. La coalición de Gobierno se tambaleó por esas medidas, pero Vestager no pestañeó: “Así es como funciona este negocio”, dijo. Se ha opuesto con fiereza a la tasa de transacciones financieras, con el controvertido argumento que suele usar la City: “Costaría a Europa centenares de miles de empleos”. Y solo una anécdota más: en lo más duro de la crisis dio una conferencia en la Universidad de Copenhague de la mano del alemán Wolfgang Schäuble. Uno de los asistentes le recriminó que las recetas que defendían tanto Vestager como Schäuble para Grecia y para el conjunto de la eurozona son exactamente las contrarias de las que ofrecen los libros de texto y los manuales de historia económica. Corría el año 2012: la sobredosis de recortes, tal como predijo aquel tipo, se le ha atragantado a la crisis europea. Respuesta de Vestager: “Cambien los libros de texto. Deberían ustedes cambiar esos manuales”.

A su llegada a Bruselas pidió un tiempo para dominar los dosieres más controvertidos en Competencia. No tardó demasiado, quizá porque nunca ha olvidado el lema del Parlamento danés (“hazte oír en lo que haces mientras lo hagas”). Almunia buscó hasta tres veces un acuerdo con Google que no funcionó; Vestager ha limitado la ambición del caso, pero ha abierto un pliego de cargos (el primer paso hacia una multa) en una jugada arriesgada que ha levantado ampollas en Washington. Con Gazprom, Almunia nunca consiguió la luz verde geopolítica que Vestager ha logrado a las primeras de cambio.

Fuentes europeas apuntan que el tempo de esas dos decisiones, tomadas con una semana de diferencia, no es casualidad: “Unos la acusarán de antirrusa y otros de antiamericana; esas dos acusaciones se neutralizan”. Le queda una tercera flecha: los acuerdos fiscales en varios países con multinacionales, que permiten a las grandes firmas pagar impuestos donde les conviene con tipos efectivos misérrimos. Se trata de un asunto con gran enjundia política: afecta a su jefe, Juncker, que fue primer ministro de Luxemburgo cuando su país firmó más de 300 acuerdos de ese tipo con firmas como Disney, Ikea o Pepsi. Tanto con Google como con Gazprom o los acuerdos fiscales, el relato de Vestager en la sala de prensa es invariable: “No es un caso político”; “las reglas deben ser iguales para todos”; “no creo en las teorías de la conspiración”.

Más allá de los convulsos últimos días, Vestager tiene que disipar aún las dudas de quienes temen que Competencia deje a un lado la doctrina liberal de los últimos tiempos y apoye a los campeones europeos (con decisiones favorables a las fusiones en el sector de las telecomunicaciones, por ejemplo) por imperativo político. Su equipo cierra filas —“Hechos y pruebas. Argumentos de unos y otros. Vestager no quiere oír hablar de nada más”— y destaca su arrojo: tras la apertura de cargos contra Google se marchó de inmediato a EE UU, buscando pelea. Se vio con una influyente asociación de abogados en Washington. Y pasó por una iglesia de Brooklyn, Nueva York: allí dejó un regalo para una subasta benéfica. El precio inicial de la puja era de 200 dólares; va por 2.800.

Ese regalo es un animalillo perspicaz, matriarcal y memorioso. Sí: un elefante. Tejido por la mano más poderosa de Bruselas.