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Muere a los 91 años ‘La Quina’, exlíder del sindicato petrolero mexicano

Joaquín Hernández Galicia, detenido en 1989, simbolizó la corrupción del sindicalismo en México y acabó eliminado por las viejas disputas de poder en el PRI

Joaquín Hernández Galicia, 'La Quina', en 2005.
Joaquín Hernández Galicia, 'La Quina', en 2005. EFE

Joaquín Hernández Galicia, conocido como ‘La Quina’, ha fallecido este lunes en Tampico (Estado de Tamaulipas, noreste de México) a los 91 años. Fue durante décadas el patrón de facto del sindicato petrolero mexicano y su figura se convirtió en un símbolo de la corrupción caciquil del movimiento sindical de este país en la segunda mitad del siglo XX. Pero fue también un ejemplo de cómo la cercanía al cetro del poder en México puede valer tanto para encumbrarse como para despeñarse. En 1989 el presidente entrante Carlos Salinas de Gortari, necesitado de un golpe de efecto que asentase su autoridad tras unos comicios marcados por la sospecha del fraude electoral, ordenó la detención de La Quina por cargos que poco tenían que ver con las labores sindicales –homicidio y tráfico de armas– y el líder petrolero fue sacrificado en el altar de la enésima renovación moral de la política mexicana.

"Un poco rudo, pero un buen patriota", lo definió en su momento José López Portillo, presidente de México entre 1976 y 1982. Hernández Galicia fraguó su fuerza, sobre todo, en tiempos de López Portillo, quien durante el boom petrolero anunció a los mexicanos que debían prepararse para "administrar la abundancia", y de su predecesor Luis Echeverría, presidente entre 1970 y 1976. Por entonces, La Quina logró que su sindicato se llevase un porcentaje de los contratos mercantiles de Pemex (Petróleos Mexicanos), el monopolio estatal de explotación y venta de crudo. Esto le dio un poder económico que trascendió hacia la esfera de las influencias empresariales y políticas. Desde finales de los años cincuenta, cuando empezó a medrar hasta la cima del sindicato petrolero, Hernández Galicia mantuvo una buena relación con los sucesivos mandatarios, relación que solía escenificar con efusivos abrazos que siempre llegaban a las primeras planas.

La Quina aseguraba al Estado la fidelidad del sindicato y el Estado no intervenía en su gestión

En una entrevista concedida al periodista Rafael Ramírez Heredia para el libro La otra cara del petróleo (1979), el patrón petrolero definió así sus lazos con los distintos presidentes: “Con López Mateos fue de amistad íntima. Con Díaz Ordaz, seca pero respetuosa y buena. La de Echevarría, al principio un poquito fría, pero ya después muy animosa y comprensiva, y a mi juicio muy equilibrada. Con López Portillo, nunca ha habido titubeos”. Hernández Galicia fue una pieza depurada del sistema de equilibrios de poder creado por el Gobierno priista en buena parte de las siete décadas que señoreó México (1929-2000). La Quina aseguraba al Estado la fidelidad de las bases petroleras y el Estado no intervenía en la manera en que el caudillo del crudo y su gente dirigían el sindicato y manejaban los fondos del gremio o de lo que se compraba –y a quién se le compraba– en Petróleos Mexicanos.

De la fortuna que llegó a acumular el sindicalista nunca ha habido una idea precisa, aunque el propio Hernández Galicia, ya en libertad después de su encarcelamiento, que duró hasta 1997, llegó a decir que su patrimonio era de unos 2.000 millones de pesos, unos 150 millones de dólares, conseguidos, según él, gracias a lo que ahorró a lo largo de su vida. La cantidad es incierta, aunque se especula que pudo haber llegado a amasar más de 3.000 millones de dólares.

A La Quina, de todos modos, no le cohibía hablar de dinero. En 1986, tres años antes de su caída en desgracia, le decía lo siguiente a los trabajadores reunidos en una asamblea de petroleros en Ciudad Madero (Tamaulipas): “Sí soy riquillo, porque tengo más de 700 vacas que me producen más de 30 millones [de pesos] por año. Y tengo sembradas mil hectáreas que producen más de cinco a diez millones de pesos, de acuerdo con la seca o la lluvia, de utilidades con sorgo, maíz y frijol. Sí soy riquillo, pero me lo he ganado: no con puestos de gobierno ni con puestos de líder”.

Su fortuna nunca se conoció con certeza; él decía que era "riquillo"

A Hernández Galicia no le importaba hablar de dinero, pero probablemente no hablaba de todo lo que debiera. En el libro La Quina, el lado oscuro del poder (1989), de los periodistas Salvador Corro y José Reveles, los autores resumían el enigma de su patrimonio: “Hoy todavía no se sabe cuál es su fortuna. Tampoco donde comienzan las propiedades del sindicato y dónde las de él. Según versiones periodísticas, es dueño de una flota de aviones (jets, helicópteros y avionetas). Tiene cuentas en dólares en el extranjero, por una suma que el gobierno aún no termina de investigar”. En este mismo libro se mencionan las riquezas de Sergio Bolaños, al que se presenta como su “prestanombres”. Bolaños, según este trabajo de investigación, tenía multitud de bienes, como una casa en el centro invernal de Avon (Colorado, Estados Unidos) que según se relata inauguró con invitados como Lionel Ritchie y Frank Sinatra.

Joaquín Hernández Galicia llegó a ser “riquillo”, pero sus inicios fueron humildes. Su padre era un marino de la flota petrolera y su madre, que se separó de su esposo cuando su hijo era todavía un niño, era ama de casa. Pasó su infancia y su adolescencia en una localidad petrolera, Ciudad Madero (Tamaulipas). Allí le pusieron el sobrenombre de La Quina. Cuando su madre lo llamaba para que le hiciera algún recado le gritaba “¡Quino!”, y como por aquel tiempo estaba de moda un tónico llamado Quina Laroche, los otros niños, para meterse con él, le pusieron el nombre con el que luego pasó a la historia del atribulado siglo XX mexicano, La Quina. En ese territorio petrolero de la costa del Golfo, Hernández Galicia arrancó a los 15 años su carrera petrolera como aprendiz (sin sueldo) en un taller mecánico y alrededor de los veinte empezó a involucrarse en el sector sindical –justo en la época en que Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo (1938) y se dio un estallido de nacionalismo basado en la reconquista del crudo–.

Portada de una vieja biografía panegírica sobre La Quina.
Portada de una vieja biografía panegírica sobre La Quina.

Hernández Galicia arrancó su carrera desde abajo y con el tiempo su crecimiento en el sindicato, del que se hizo secretario general en 1961, le dio una dimensión de señor feudal. El tamaño de su poder en la zona quedó retratado con el operativo que implementó el Gobierno para detenerlo en 1989 en su residencia familiar de Ciudad Madero: para evitar que la acción fuese torpedeada por algún escape de información a nivel local, los militares y los policías que la llevaron a cabo fueron trasladados de la Ciudad de México hasta Tamaulipas exclusivamente para atrapar a La Quina, que luego fue expuesto como un criminal en imágenes en las que se le veía rodeado de compinches delante de una mesa repleta de balas y de armas de fuego.

El mito de corrupción e influencias de Hernández Galicia es un referente de una historia de supuestas corruptelas sindicales a gran escala que se prolonga en el México del siglo XXI. El propio sindicato petrolero sigue estando bajo sospecha de una fuerte corrupción tolerada por las autoridades. De su actual líder, Carlos Romero Deschamps (Tampico, Tamaulipas, 1943), se conoce todo un abanico de detalles que apuntan a un enriquecimiento sin justificación aparente. En febrero se hizo público que Romero le había regalado a su hijo José Carlos un Ferrari valorado en dos millones de dólares, y en primavera se supo que el propio hijo del líder se había comprado dos casas de lujo en Miami Beach. En 2012 hubo otro escándalo de buena vida en la familia Romero Deschamps, cuando la prensa mostró fotos de su hija Paulina en aviones y yates privados en compañía de sus tres perros de raza bulldog: Boli, Morgancita y Keiko. Carlos Romero Deschamps, como La Quina, tuvo unos comienzos humildes. Vendía bocadillos a los obreros a las puertas de las refinerías de petróleo.

Hernández Galicia pasa a la historia de México como un icono de la corrupción sindical

Antes del fallecimiento este lunes de Joaquín Hernández Galicia, su nombre había resurgido con intensidad en febrero de 2013 con la detención de una poderosa sindicalista contemporánea, Elba Esther Gordillo, apodada La Maestra, jefa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. La caída de Gordillo, acusada de apropiarse de fondos del sindicato de maestros para cosas dispares como comprarse casas o hacerse operaciones de cirugía estética, se codificó en la memoria política mexicana como una repetición de la caída de La Quina, hecho al que popularmente se le dio el nombre de El Quinazo. Su poder quedó retratado en la novela Morir en el Golfo, una de las obras más celebradas de Héctor Aguilar Camín.

Ya anciano, Hernández Galicia dio su opinión sobre la detención de Gordillo. “Me parece bastante bien; ya era hora de modernizar la educación. La Maestra había pasado de un liderazgo a un cacicazgo”. Él deslindó su caso del de Gordillo. “A mí nunca me acusaron de ratero. Jamás dejé un peso del sindicato a favor mío, todo fue a favor del sindicato”, afirmó Hernández Galicia, un hombre que gustaba de que lo apodasen El rey de los pobres pero cuyo nombre ha pasado a la historia íntimamente ligado a la pobreza moral del institucionalizado sindicalismo mexicano.