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El doble órdago de Berlusconi y Monti ensombrece el futuro de Italia

Al presentarse, ‘Il Cavaliere’ impide leyes que no le gustan y aplaza sus juicios

Silvio Berlusconi discute con Mario  Monti en el parlamento italiano, en noviembre de 2011.
Silvio Berlusconi discute con Mario Monti en el parlamento italiano, en noviembre de 2011. AP

La prima de riesgo tiene la palabra. Ella, que precipitó hace 13 meses la caída de Silvio Berlusconi y la llegada al Gobierno de Italia del profesor Mario Monti, será la primera en opinar sobre los dos golpes de efecto que han convulsionado la vida política italiana en las últimas horas: el regreso con pinturas de guerra de Berlusconi a la refriega electoral y, como respuesta, el anuncio de Mario Monti de que, una vez aprobados los presupuestos generales, presentará su dimisión irrevocable ante el presidente de la República, Giorgio Napolitano. Ha sido el propio Napolitano quien, a preguntas de los periodistas, ha advertido: “¿Los mercados? Veremos qué harán”.

El temido lunes negro será la consecuencia de un sábado más oscuro todavía en el que el futuro inminente de Italia quedó sembrado de dudas y amenazas. Por la mañana, durante el entrenamiento del equipo de su propiedad —el AC Milan—, Berlusconi confirmó que volvería a ser candidato a primer ministro, otorgando carta de naturaleza a lo que unas horas antes había escenificado en Roma el partido político también de su propiedad. El secretario general del Pueblo de la Libertad (PDL), Angelino Alfano, pronunció el viernes un discurso en la Cámara de Diputados en el que, contradiciendo su propio apoyo al Gobierno técnico durante el último año, tildó de fracasadas las reformas emprendidas por Monti y anunció que retiraba la confianza al Ejecutivo.

El actual primer ministro tuvo conocimiento del ataque furibundo de Alfano durante la inauguración de la temporada de ópera en la Scala de Milán. En un intervalo, unos periodistas le hicieron notar que estaba muy pálido, a lo que Monti, siempre socarrón, contestó: “El rey Sol se ha alejado un poco de mí”. Pero la procesión ya iba por dentro. La estrategia ventajista del PDL destrozaba de un golpe la red de acuerdos tejida durante un año. A la mañana siguiente, de regreso de una conferencia en Cannes, Monti escuchó el tono bélico de Berlusconi en el entrenamiento del AC Milan y recordó unas palabras que horas antes le había dicho Pier Luigi Bersani, el líder del Partido Democrático (PD): “Sabes que desde hoy el PDL transformará el Parlamento en un Vietnam. Cada voto será una verdadera batalla”. Esa misma noche, tras una reunión de dos horas con el presidente Napolitano —su valedor político desde hace 13 meses—, Monti pidió al Palacio del Quirinale que hiciera pública su decisión de dimitir irrevocablemente tras aprobar la ley de presupuestos.

El golpe de efecto fue brutal. Con su anuncio, Monti ponía frente al espejo de su responsabilidad a Berlusconi. La decisión de Il Cavaliere de retirar el apoyo que hasta ahora había prestado su partido al Gobierno no solo reproducirá previsiblemente la antigua desconfianza de los mercados hacia Italia, sino que también dará al traste con una docena de proyectos que estaban aún pendientes, entre ellos la reforma electoral, la eliminación de 35 provincias o una serie de medidas contra la evasión fiscal. Y aquí, hablando de evasión fiscal, no viene mal preguntarse por los motivos de Berlusconi para, a sus 76 años, regresar a la primera línea de la política. ¿Qué gana? La respuesta es clara: todo. Hace 48 horas solo era un ex primer ministro, contestado por los suyos y con varias sentencias inminentes —la del caso Ruby por abuso de poder y prostitución de menores y la de Mediaset por evasión de capitales— apuntándole en la nunca. Ahora, además de impedir la aprobación de las leyes que no le gustan, Berlusconi puede conseguir que sus juicios se aplacen —por “legítimo impedimento” al estar en campaña electoral— y ya ha conseguido que sus diputados díscolos se lo piensen mejor. Hay un dato muy curioso, representativo de la política italiana. Unos 70 diputados que días o semanas atrás habían cuestionado la continuidad de Berlusconi al frente del partido, han buscado enseguida a los medios para aplaudir de forma calurosa la decisión de su viejo líder de volver a ser candidato. El motivo del peloteo es claro: aun confirmándose los tristes resultados electorales que le auguran los sondeos —nunca más de un 15%—, el PDL con Berlusconi a la cabeza lograría un centenar de escaños. Y, a pesar de los recortes, ¿quién le hace el feo a un sueldo de senador o diputado?

Y Monti, ¿qué gana el profesor con su portazo final? Al margen de la contrariedad de ver mutilada su gestión, también mucho. El presidente del Gobierno técnico ha demostrado ser en estos meses un político de raza. No es descartable que Monti, gran aficionado a la ópera, haya calculado muy bien el tempo y las ventajas de su dimisión anunciada. Culpabilizando a Berlusconi, dándole tiempo a los mercados para que la mañana del lunes otorguen una sonora reprimenda al viejo primer ministro y, además, revistiendo su decisión de responsabilidad de Estado, al condicionar su marcha a la aprobación de los presupuestos. Cuando eso suceda —probablemente en torno al día de Navi-dad— Monti presentará su dimisión al presidente Napolitano, que disolverá las Cámaras y convocará elecciones, casi con toda seguridad para el domingo 24 de febrero.

A partir de ese momento, ¿qué hará Monti? Hasta ahora, el jefe del Gobierno no ha querido escuchar, al menos públicamente, los reclamos de una parte del centro político, del mundo empresarial e incluso de la Iglesia para que dirija el Gobierno tras las próximas elecciones. Al ser, todavía, juez y parte de la vida política italiana, Monti ha evitado decir esta boca es mía. Pero ahora está libre. Y delante de él se abren tres posibilidades. La de ser cabeza de lista de una plataforma política ya creada al efecto por el presidente de Ferrari, Luca Cordero di Montezemolo. La de esperar a los resultados de las elecciones generales y, en el caso de que ningún partido obtuviese los votos necesarios para sostener en solitario el Gobierno, volver a ser el primer ministro de “la extraña mayoría”. La tercera opción tampoco hay que echarla en saco roto: sustituir a Giorgio Napolitano al frente de la presidencia de la República.Sobre la castigada arena de la situación política y económica italiana, dos pesos pesados se disponen a librar una batalla en la que ya no caben pactos ni medias victorias.