Italia trata de desmarcarse de la situación desesperada de España

Monti quiere que los problemas italianos pasen inadvertidos en la cumbre

El primer ministro italiano, Mario Monti.
El primer ministro italiano, Mario Monti. EFE

Al personaje revelación de la última cumbre le conviene ahora pasar desapercibido. En la del pasado mes de junio, Mario Monti, con la complicidad de Francia y España, se impuso a la canciller alemana Angela Merkel y logró que la Unión Europea diera luz verde a la capitalización directa de la banca. Más que un triunfo técnico —los fondos tardarán todavía más de un año en estar disponibles—, fue un éxito político. Desde entonces, la figura política del primer ministro técnico no ha hecho más que crecer hasta el punto de ser, hoy por hoy, el candidato más firme a seguir al frente del Gobierno italiano después de las elecciones de la primavera próxima (aun sin la necesidad de presentarse a ellas). Así que ahora, salvo sorpresas, lo que a Monti y a Italia le convienen es que la cumbre del 18 y 19 de octubre termine de perfilar el indulto parcial a Grecia y el rescate a España sin tiempo siquiera para volver su mirada hacia Italia.

Lo último que quiere el Gobierno de Monti es que se asocie el nombre de Italia al de España. De hecho, en las últimas horas —y ante los rumores poco consistentes de que Alemania quisiera meter también a Italia en el saco del rescate a España— los esfuerzos del Ejecutivo tecnócrata han estado dirigidos a colocarse en la acera de los que pagan y no de los que reciben. Sirvan de ejemplos estas declaraciones del ministro de Economía, Vittorio Grilli, al diario La Repubblica: “Italia soportaría el coste mayor [de conceder una prórroga a Grecia]. Ya en el último bienio nuestro débito público ha aumentado cuatro puntos a causa de los préstamos a Grecia, Irlanda y Portugal. Si se activaran las ayudas a España por no menos de 100.000 millones de euros, la parte de la cuota italiana será la equivalente a un punto y medio del PIB. Debemos ser generosos, pero también debemos evaluar con prudencia el impacto sobre las finanzas públicas”.

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No obstante, Italia aún no la tiene todas consigo. Aunque la actual situación política y económica de España es mucho peor, a nadie se le escapa que, pese a los duros ajustes del último año, la herencia de los gobiernos sucesivos de Silvio Berlusconi siguen pasándole factura al país. Sus problemas estructurales no son ni pocos ni leves. Como dejaba patente un análisis reciente del diario económico Il Sole 24 Ore, “la presión fiscal es excesiva, la burocracia asfixiante, la corrupción está muy difundida [el cuarto país más corrupto de Europa, según Transparency International], la justicia es demasiado lenta...” Aunque la imagen —sobre todo en el exterior— de Mario Monti sigue siendo inmejorable y los últimos datos son condescendientes con su gestión —la prima de riesgo bajó el miércoles hasta los 313 puntos y los bonos del Estado tuvieron una cogida excelente—, la economía no remonta al ritmo deseado. El pasado 20 de septiembre, el Gobierno italiano volvió a revisar a la baja sus previsiones de crecimiento. El PIB de 2012 se contraerá un 2,4% (en vez del 1,2% previsto en el mes de abril) y el de 2013 un 0,2% (en vez del +0,5% estimado). Habrá que esperar a 2014 para que los números dejen de ser rojos y el PIB vuelva a crecer un 1,1%. Todo ello sin contar los ecos de la calle. El último informe de Caritas refleja una situación alarmante, “inédita”. La petición de ayuda ha subido un 33% con respecto a los últimos tres años.

Monti parece que marcha a Bruselas con un objetivo más bien modesto: “Hay que consolidar las decisiones adoptadas en el Consejo europeo de junio sobre la estabilización de los mercados de los títulos soberanos, y sobre la recapitalización directa de los bancos por parte del ESM, apenas entre en vigor el mecanismo único de vigilancia bancaria”. Pero tratándose de Monti nunca se sabe.

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